miércoles, 24 de febrero de 2016

la dignidad de los sefardies - capitulo 6


la dignidad de los sefardies

Capítulo 6
Durante los siguientes meses, siguieron llegando prisioneros a Natzweiler-Struthof y cada vez llegaban en peores condiciones. Eran, en su mayoría, franceses y polacos.
Samuel se fue adaptando poco a poco a nuestra forma de sobrevivir, a las continuas perrerías y maltratos del Arbeitsdienfuhrer y a la dureza del Campo de Concentración. Descubrió que, aún en aquellas condiciones, intentar sobrevivir merecía la pena.
Nosotros nos adaptamos a su fe, su ilusión y a sus bendiciones y tradiciones hebreas, que aunque nosotros tres éramos rojos y ateos, nos reconfortaban el alma. Al fin y al cabo no nos podía hacer ningún daño que el bueno de Samuel rezara por todos nosotros.
Una noche, en el barracón, le pregunté a Samuel sobre su fe y su Dios. Le insisti si no era el mismo Dios que el resto de las religiones, lo llamaran Buda, Dios o como quisieran.
- Te confundes amigo Serafín. Te confundes y te lo demostraré. Siempre he dicho que los hombres inteligentes se forman estudiando o haciendo preguntas para que alguien se las aclare. Tu inteligencia es de ese tipo y yo, tu amigo Samuel, te lo voy a aclarar. Veras, Serafín, el pueblo de Israel o judío, es el pueblo elegido de Dios. Nosotros no buscamos a Dios, fue el quien nos eligió a nosotros. Abandonamos nuestras tierras y nos encaminamos a una tierra libre llamada Canaán o Israel. Nuestro Rey en aquellos años era David, por eso, la estrella que simboliza a los judíos o hebreos, es la estrella de David. Dos personajes simbolizan nuestra religión: Abraham, que es nombrado por Dios, antepasado por excelencia, padre, patriarca y héroe, descendiente de uno de los hijos de Noé, superviviente del gran diluvio y, por otro lado, Moisés, que fue quien nos salvo de la esclavitud en Egipto, lideró a mi pueblo por el paso del desierto y recibió la “Torá” de manos del Señor en el Monte Sinai.
- Pero yo, Samuel, he leído mucho en la religión cristiana sobre lo que me cuentas…
- Por supuesto Serafín, pero cada hermano es muy libre de tomar el camino que desee aunque éste no sea el acertado. Nosotros seguimos fieles a la Torá, que son los cinco primeros libros de la Biblia, a la Misná, que significa en hebreo instrucción y es una recopilación de las leyes e interpretaciones religiosas hechas por los maestros hebreos y, finalmente, al Talmud, que es la parte legislativa, las leyendas, las anécdotas de la Torá a través del compendio de la Misná. ¿Me sigues?
- Sí, sí, continúa por favor… - replique.
Samuel no se había percatado mientras hablaba, de que se habían ido aproximando compañeros del barracón a oír sus palabras, arremolinándose a su alrededor, unos por simpatía, otros por curiosidad y ansia de saber, algún que otro por afinidad religiosa.
- La Torá ocupa el lugar máximo en la sinagoga, que es nuestro templo o iglesia, pues en ella está la base de nuestra religión. Para que lo entiendas, es una reina a la que se adora y atavía. La Torá se soporta sobre unas guías, llamadas “es ha-jayim” que significa el árbol de la vida y éstas giran para leer y enrollar la Torá. Como la Torá es un texto sagrado no se puede tocar con la mano al leerlo, pues se impurificaría, nosotros utilizamos un “yad” o puntero, en forma de mano normalmente, para señalar la línea de lectura. Habitualmente estas dos piezas de la Torá son de metales y piedras preciosas.
- Pero entonces, algunas creencias son comunes con los cristianos… ¿No? -  le preguntó Marcelino, también interesado en el tema.
- Sí, os lo repito. Pero la diferencia estriba en la interpretación y en seguir unos principios de fe. Nosotros creemos en Dios como máximo exponente religioso. Los cristianos creen en la figura de Jesús, mitificando sobremanera a un humano. Otro de nuestros principios es que creemos que allí dónde hay 10 hombres judíos para rezar, hay una sinagoga.
- De ésas hay unas cuantas en España, Samuel. – Le dijo Jesús.
- Hay unas cuantas en Sefarad, sí señor. Sinagogas, esperanzas, Torá e ilusiones quedaron en Sefarad a miles, por un estúpido edicto de los Reyes Católicos…
- Granada, 31 de Marzo de 1492 – le contesté.
- Me sorprendes, Serafín, con tus conocimientos – me dijo con una amplia sonrisa.
- España abría en aquella época las puertas a un nuevo mundo y se las cerraba a su propia gente y su propia historia… - afirmé.
- Sabias palabras. Yo, personalmente, daría cualquier cosa porque mi gente pudiera volver a Sefarad. Incluso me gustaría morir allí… - dijo aganchando la cabeza.
Se hizo un silencio que nos envolvió a todos los presentes. Sus palabras calaban hondo.
- Pues claro, en cuanto esto termine nos vamos a marchar todos a Sefarad, primero, a vivir, después, si es menester, a morir – le dijo Marcelino rompiendo el hielo. – Pero venga, síguenos contando cosas de los hebreos Samuel…
- ¡Que más deciros!. No sé… ¡Nuestro día sagrado por excelencia es el Sabat, lo que todos conocemos por el sábado. En ese día tenemos prohibidas todas las actividades, tanto laborales como domesticas. Es un día dedicado a la oración y el estudio de la Torá. Somos los varones los que tenemos la principal obligación religiosa, el Sabat, mientras nuestras mujeres ultiman los preparativos para la cena. Tantas y tantas cosas os podría contar…
¡Ah!. Sí, otra cosa muy importante que contaros, algunos incluso ya lo sabéis – se agachó sobre las mantas de su cama y saco de allí su apreciado Kipá –, ésto sirve para identificar a los hebreos o judíos, es el llamado Kipá y marca el territorio donde Dios los es todo, que es todo el espacio por encima del kipá y donde yo no dejo de ser un insignificante hombre que está por debajo de éste…
- Tu no eres insignificante Samuel – le dije intentando animarle.
- Perdón Samuel… ¿Te puedo hacer yo una pregunta? – era Francisco Feijoo el que esta vez se atrevía a interrogarle – Entonces, los hebreos sois gente sin tierra, ni patria ¿No?
- Tenemos tierra y patria, amigo Francisco. Tenemos la tierra de Canaán e Israel que son las tierras que nuestro Dios nos ha prometido. Otra cosa es que estén ocupadas por infieles, pero tarde o temprano podremos unirnos todos los hebreos al amparo de una bandera y una religión…
Estaba claro que Samuel era hombre de ideas fijas y claras y con esas ideas acabarían sus días. Después de un silencio nuevamente nos comentó a todos los presentes:
- Pero si hay algo que añoro más que Sefarad y la tierra prometida, eso es mi familia, de la que no se nada desde hace ya casi un año. Sólo le pido a Yahvé que hayan tenido la misma suerte que yo al caer entre tan buena gente.
- Seguro que sí, Samuel – le contesté.
- Seguro que sí – me contestó y se acurrucó en su cama, hundiéndose en los recuerdos y la añoranza de su familia.
Aquel hombre tenía el corazón partido entre la ausencia de su familia y de su tierra. Tan sólo el recogimiento espiritual le ofrecía paz. Nosotros no dudábamos en ayudarle.
Aquella noche cuando todos se habían acostado, Jesús nuevamente volvió a vomitar…
El resto de los que formábamos el grupo habitual, nos volvimos a tapar la cabeza intentando no escuchar su sufrimiento noche tras noche.
Samuel, en numerosas ocasiones, intentó consolar y tranquilizar a Jesús para evitar que se destrozara el estómago. Jesús nos respondía a todos con una frase que nos sorprendía y aturdía:
- Amigos, lo que a mí me quita la vida a otros se la dignifica.
No volvimos a comentarle nada ante la extrañas respuesta, pero soportábamos, sufriendo, sus vómitos.
Marcelino continuaba con las tareas habituales de transmisión de mensajes codificados y reparación de los equipos de comunicación y se obsesionaba sabiendo que, como parte conocedora de los secretos alemanes de comunicación, jamás saldría de allí con vida. Por ello, aprovechaba cada receso para poner al día los datos de los prisioneros y duplicar las fichas y esconderlas, porque también tenía claro que, llegado el momento en que los aliados descubrieran aquel Campo de Concentración, los nazis no tardarían nada en destruir todos los documentos que les pudieran comprometer con las barbaries que ocurrían en aquel lugar. Las fichas de Marcelino quizá pudieran resultar una parte esencial para que la gente que había llegado hasta aquel Campo, a vivir o a morir, no quedara para siempre jamás en el olvido.
Francisco Feijoo y yo continuábamos con las tareas de limpieza y reparación de los exteriores del Campo. Bajo el frío, bajo el calor sofocante, bajo el hambre pudimos los dos ver como caían muchos de los compañeros de labor y, por suerte o fortuna, la sombra de la muerte no nos había tocado ni a Francisco, ni a mi.
Friederich Ulm continúo matando, presionando y torturando a diestro y siniestro.
Para Jesús y Samuel la hecatombe final llego pocos meses mas tarde, cuando Friederich Ulm les comentó que los Servicios Médicos del Campo tenían previsto realizar, en un plazo de unos meses, para la Universidad de Estrasburgo, un estudio antropológico sin parangón en el cúal se demostraría la superioridad de la raza aria. Para ello sería necesario el sacrificio de unos cuantos judíos.
Friederich Ulm sonrió al ver la cara de ambos y pasándoles el brazo por encima de los hombros a ambos, les felicitó por tener la suerte de hacer grande la historia de Alemania, aunque lo que en realidad hacía era meter el dedo en la llaga, conocedor del carácter de ambos.
Aquello significaba tener que ver como se gaseaba a pobres inocentes y ver incluso las disecciones de estos “en pro de la ciencia”.
Sufrir recogiendo los cadáveres, ya no de los que morían de hambre y agotamiento cada mañana, sino de aquéllos que los alemanes consideraran aptos para demostrar lo indemostrable en nombre de la ciencia. Pura miseria.
Y después de recogerlos, amontonarlos y comprobar su fallecimiento, verificar uno por uno que no se marcharan al otro mundo con oro o cualquier otro metal en los dientes.
Realmente, Jesús era quien realizaba aquella dura tarea de tener que abrir las bocas y arrancarles los dientes mientras el Arbeitsdienfuhrer no estuviera presente. Mientras tanto, Samuel daba la Semá o bendición entre los que ya no podían responderle, pero él con paciencia divina iba cerrándoles a todos los ojos, siendo el último punto de conexión entre aquellos hebreos y los brazos de Dios. Eso sí, cuando aparecía en las proximidades la figura de Friederich Ulm tomaba los alicates en la mano y arrancaba los dientes como lo hacia Jesús, cayéndosele el alma en cada operación.
Y Jesús, por las noches, vomitaba incesantemente.
Llegó por aquella época un convoy de soldados franceses de la resistencia a los cuales el  Arbeitsdienfuhrer trataba con especial crudeza, matándoles poco a poco mediante trabajos durísimos y haciéndoles sufrir de hambre todos los días.
Lo recuerdo especialmente, porque la patrulla de limpieza de cocinas una de las tardes, sacando los desechos de los comedores de los soldados alemanes tropezaron y toda la basura cayó por la pendiente en la que estaba ubicado el Campo de Concentración. Los hombres destrozados que estaban alrededor se arrojaban como alimañas sobre los restos de la comida, matándose entre ellos por conseguir un maldito bocado de porquería que alimentara sus desdichados cuerpos.
Cómo no, viendo la escena apareció la negra sombra de Friederich Ulm, que se negaba en rotundo a que aquella gente tuviera derecho aunque fuera a dar un bocado sobre la basura. Gritaba como un poseso, intentando separar a la jauría de hombres desesperados que se tiraban unos sobre otros para conseguir algo entre la basura que llevarse a la boca.
Ciego de ira sacó el arma y disparó a todo lo que se movía a su alrededor, matando a muchos de los prisioneros que se arremolinaban sobre los restos de basura.
Con los disparos muchos dieron marcha atrás en el intento, pero cómo no, Friederich Ulm no contento con lo sucedido y con la carnicería producida por los disparos lanzados sobre aquellos desgraciados, levantó su mano señalando a los dos hombres que transportaban el cubo de comida que se había caído.
- ¡ Ilr zwei an den Galgen!…
Vosotros dos, a la horca, les gritó, mientras hacía el gesto a los soldados alemanes presentes para que los llevaran a la visita de la soga.
- El escarmiento os hará más fuertes al resto – gritaba a continuación en alemán.
Mandó a los que estaban alrededor que recogieran todos los cadáveres y los llevaran al crematorio, no sin antes haber hecho una señal a Jesús y Samuel para que retiraran lo que tuvieran de valor para el ejército nazi.
Nos ordenó a todos los presentes que quedábamos, que fuéramos encaminándonos con paso rápido hasta donde se encontraba la horca. Quería que viéramos otra más de sus locas tropelías, por lo que dio las órdenes precisas a otro grupo de soldados para que nos obligaran a ir hasta el lugar indicado.
Luego acompañó personalmente al grupo de soldados alemanes que había detenido a los dos pobres desgraciados que él había señalado, para comprobar que se cumplían sus órdenes.
Colgó a ambos de la horca sin pestañear, dando una patada a la caja en la que ambos se habían subido, de tal manera que no morían realmente ahorcados, sino asfixiados ya que la cuerda era muy corta.
Todos los prisioneros que estábamos presentes tuvimos que comprobar horrorizados cómo se prolongaba la agonía de los dos prisioneros colgados de aquella maldita soga.
Friederich Ulm personalmente había pateado la caja que los sostenía a la vida.
Tras comprobar que estaban muertos, Friederich Ulm indicó a Jesús y Samuel que bajaran el primer cuerpo. Después, cuando iban a retirar el cuerpo del segundo hombre, el Arbeitsdienfuhrer proclamó en voz alta que prefería que lo dejáramos  allí en lo alto, para público escarmiento de todos los judíos de aquel Campo.
Nos habíamos planteado en mas de una ocasión intentar fugarnos de aquel lugar, pero los intentos anteriores de otros compañeros o prisioneros habían tenido éxito en excepcionales ocasiones. Aún así, nosotros lo planteamos infinidad de veces.
El mejor resumen es que quizá era mejor dejarse la vida en el intento y acabar con el sufrimiento de una vez por todas. Primero la Guerra Civil española, ahora la II Guerra Mundial. Demasiadas guerras para mentes cansadas y cuerpos destrozados.
A la mañana siguiente, Samuel y Jesús se dispusieron a pasar con la carretilla de la muerte, así era como la llamábamos los prisioneros, para recoger los cadáveres que esa noche había vuelto a dejar y como ellos dos venían haciendo todos los días.                .
Algunas veces, mirábamos los cuerpos inertes con una mezcla de dulzura y envidia. Al fin y al cabo, el sufrimiento para ellos había terminado y aquel último viaje no era lo peor que le podía pasar a un ser humano, sino el camino que teníamos que recorrer de vejaciones y necesidades hasta llegar a ello.
Cuando se dirigían hacia el crematorio, pasando primeramente por el Servicio Médico, se acordaron del pobre desgraciado que pendía de la horca desde el día anterior y fueron en su busca. 
Antes de ello colocaron los cadáveres en el ascensor que les conduciría al primer piso donde estaba el horno crematorio. A ellos, encargados de recoger los cadáveres solo les cabía el honor de acompañarlos hasta aquel lugar, el resto del viaje era sólo “un privilegio de los muertos”.
Regresaron ambos ya con el carro vació hasta la horca y Jesús con paciencia, volvió a colocar el cajón en su lugar y soltó totalmente la soga para que Samuel, con el cuidado que le caracterizaba, tomara el cuerpo inerte de aquel hombre en brazos y lo descendiera suavemente sobre el duro y frío suelo.
Jesús tras colocar nuevamente en su lugar la soga, bajo del cajón. Samuel procedía a cerrar los ojos del fallecido y otorgarle por voluntad propia, la Semá.
Mientras Samuel procedía con el ritual, Jesús se arrodilló a su lado y ambos juntos despidieron a aquel desconocido en su último viaje.
Subitamente, como aparecida de la nada, vieron una sombra a sus espaldas, pero temerosos, no osaron levantar la cabeza para ver de quien se trataba.
- ¿Qué están haciendo mis cachorros sin mi permiso?
La voz de Friederich Ulm retumbaba en la cabeza de ambos como un castigo. No fueron capaces de articular palabra, ni tan siquiera moverse, tan sólo comenzaron ambos a llorar.
- ¿Acaso os he dicho yo que había que descolgarlos de la horca? Judíos de mierda. Os voy a enseñar un lugar que no habéis visitado aún en el Campo…y no os perdono ni una más, la próxima os columpio en la horca.
Hizo una señal a unos soldados que le seguían y éstos ataron las manos de Samuel y Jesús a la espalda mientras los conducían a una zona donde existía un barracón grande  que llamaban el “bunker”.
Ninguno de nosotros había tenido oportunidad, ni quería tenerla, de ver lo que había en su interior hasta aquel momento. Los gritos de dolor que salían desde su interior se podían escuchar algunas noches. Jamás nos atrevimos a preguntar qué era aquel lugar, hasta que Jesús y Samuel lo conocieron en sus propias carnes.
Friederich Ulm los introdujo al interior y el primero en soportar el castigo fue Samuel.
Lo colocaron sobre lo que ellos llamaban un “caballo de apaleamiento”. Doblaron su cuerpo, exponiendo la espalda al aire. Atado de pies y manos a aquel artilugio solo quedaba soportar el dolor.
Friederich Ulm le dio un último aviso a Samuel:
- ¡Cuenta en alemán mientras te golpeo, porque si no empiezo la cuenta de nuevo! ¿Entendido, Samuel?
Con un gesto de su cabeza en la posición en la que estaba, Samuel contestó afirmativamente al Arbeitdiensfuhrer.
Friederich Ulm levantó en alto la fusta y golpeó con ira a Samuel en la espalda mientras le decía:
- ¡Ein! No te escucho, Samuel.
Samuel respondió repitiendo el número en alemán, apretando los dientes y soportando el dolor.
- ¡Zwei! No te oigo, Samuel – le gritaba Friederich Ulm.
Samuel respondió gritando con fiereza el número dos, intentando soportar el dolor. Y así continuó respondiendo con fuerza, golpe tras golpe hasta un total de 20 azotes que le propinó el Arbeitdiensfuhrer.
Cuando le soltaron del caballo de tortura cayó como una madeja desvencijada sobre el suelo. Friederich Ulm ordenó que lo levantaran y sentaran para que pudiera presenciar el mismo castigo en su amigo Jesús.
Repitió la misma operación con Jesús, dejando a ambos destrozados. Después del castigo, se lavó las manos y la cara en una palangana que le habían aproximado y comentó a Jesús y Samuel:
- Es el último aviso que os doy. La próxima no seré tan benevolente con vosotros. Sois algo especial para mí pues lleváis mis marcas, pero si os torcéis del camino designado, ya sabéis... –.
A continuación ordenó a los soldados presentes:
– Ponedlos a ambos tres días en una de las celdas de aislamiento individual
Aquel lugar supimos tiempo después por boca de ambos, que consistía en una celda donde por su estrechez sólo podías permanecer en pie todo el tiempo. No podías agacharte. Allí permanecieron los tres días que Friederich Ulm indicó y cuando regresaron de nuevo junto a nosotros, no parecían ser los mismos hombres.
Tuvieron suerte de pertenecer al Servicio Médico, pues sus cicatrices pudieron ser tratadas con rapidez antes de que se infectaran, una vez salieron del bunker de castigo.
Lo peor de todo no era el castigo, sino la sensación que teníamos todos de que el Arbeitdiensfuhrer ya tenía entre ojo y ojo a Jesús y Samuel, de manera que cualquier excusa o fallo por parte de ambos, justificaría su asesinato por las propias manos de Friederich Ulm…

La dignidad de los sefardies - capitulo 5


la dignidad de los sefardies
Capítulo 5

Después de haber observado durante un largo rato, la maldita soga que pendía de la horca y haber retorcido mi mente en mil ideas que, no tardando mucho, empezarían con un poco de suerte, a tomar forma y a concretarse definitivamente, emprendí camino hacia las oficinas del Museo para encontrarme nuevamente con el señor Alain Duple.

Me vio llegar y enseguida se interesó por mi opinión acerca de lo que había visto en la pequeña visita al Campo. Departimos nuevamente en francés.

- ¿Qué le ha parecido el Campo Sr. Aller?

- Sinceramente, jamás llega uno a imaginarse que esto haya sido posible en pleno siglo veinte, cuando se supone que el ser humano ha alcanzado su máximo esplendor intelectual y de comprensión, en cuanto a todo lo que le sucede y rodea. Pero quizá lo que más me ha impresionado ha sido la horca ¿Sabe usted si realmente hubo gente que murió en ella Sr. Duple?

- Por desgracia, sí. Muchas personas perdieron la vida en esa horca. Era especialmente utilizada en los casos de intentos de fugas, como escarmiento hacia el resto de prisioneros. Por decirlo de alguna manera era un escarmiento publico para conseguir que el resto de prisioneros no tuvieran la intención de intentar la fuga… pero. por favor, llámeme Alain.

- Lo haré encantado Alain, si usted también  me tutea y me llama por mi nombre de pila, Ramón. Otra pregunta ¿sabe usted si algún español murió en esa horca o consiguió fugarse de este Campo?

- Unos cuantos españoles republicanos vivieron, sufrieron y padecieron en este Campo de Concentración. No muchos, pero algunos hubo. Respecto a si ellos fueron protagonistas de alguna fuga, no lo puedo asegurar. Sé decirle, eso sí, que de este Campo de Concentración consiguieron escapar, desde su apertura, unas 30 personas. No sé decirle qué nacionalidades tenían los que lo consiguieron Pero si sé decirle el número de los que no lo consiguieron: en este Campo murieron 22.000 seres humanos en un calculo aproximado… Por desgracia digo aproximadamente, pues es imposible que jamás lleguemos a conocer con exactitud la cantidad de vidas perdidas en este lugar.

- Casi prefiero callarme, amigo Alain. Ahora me parece ridículo a lo que yo he venido, comparado con esas cifras. Yo he venido a buscar lo que fue de al menos 3 españoles en este Campo de Concentración.

- Tres personas son un motivo más que suficiente, amigo mío, para acudir a investigar un pasado y otorgarles a muchos de ellos un presente y un futuro. Te comento esto, Ramón, por que miles de familias acuden aquí y a otras muchas instituciones vinculadas a nosotros y al Campo de Natzweiler-Struthof para saber quá ha sido de familiares o allegados. Ponerles nombre, saber si murieron aquí y honrar su memoria. Si tú eres capaz de situar a esos tres españoles, sabremos algo más de lo sucedido aquí, e incluso, quizá puedas contarle a su familia, si aún la tienen, lo que les sucedió.

- Tienes razón, Alain. Si me indicas donde tenéis el archivo me pongo en marcha inmediatamente.

- Vamos pues, amigo Ramón.

Acudí junto a Alain, hasta otra nueva oficina contigua a la Exposición Permanente del Museo. Dentro se guardaban los documentos, enseres y cualquier otro elemento que forjó la historia de aquel Campo de Concentración. Cientos de papeles, información, material bélico, equipamientos militares alemanes, trajes de prisioneros, equipos de transmisión, etc. Todo un arsenal a mi disposición para estudio e información.

- Venga usted conmigo, Ramón. Le voy a presentar a alguien muy especial.

Acompañé a Alain hasta el fondo de la estancia. Sentado en una de las mesas se encontraba un hombre de avanzada edad que me recibió con una amplia sonrisa, incorporándose de la silla en la que estaba leyendo el periódico.

- Ramón, este es el señor Gerard Lavalle, deportado, prisionero de guerra en este Campo y persona que colabora al mantenimiento de la historia que encierran estas cuatro paredes.

- Sr. Lavalle, es un placer.

Estreche su mano árida, ruda y la sostuve unos instantes. Quizá podía ser la obsesión pero tuve la sensación de sentir la historia en un apretón de manos. Estaba seguro que aquella piel podía hablar por si sola y aquello me merecía el máximo de los respetos.

- Bonjour, Monsieur Ramón. Enchanté.

Alain aprovechó el momento de silencio para decir que nos abandonaba y que si necesitaba algo allí estaba el teléfono para llamarle, pero que creía que con la presencia de Gerard tendría más que suficiente.

- Bien, joven ¿Qué busca usted exactamente? – me preguntó el señor Lavalle en francés.

- Vengo buscando al menos a tres españoles que estuvieron en este Campo de Concentración…

- Españoles republicanos, claro. Porque nacionales en un Campo de Concentración alemán en la II Guerra Mundial debió de haber pocos. 

- Creo que sí.

- Creo recordar algún compatriota suyo, pero han pasado tantos años, tantas caras por mi mente que me es imposible.

- ¿Pero estuvo usted aquí realmente? ¿Cuántos años tiene? – le pregunté.

- Bien, bien, Ramón. Las preguntas de una en una, que no estoy para complicarme la cabeza con muchas cosas a la vez... Efectivamente, estuve ingresado en este lugar desde enero de 1943 hasta su liberación. Esto responde a su primera pregunta. Respecto a la segunda tengo 87 años. Los justos. ¿Quiere usted que le ayude a buscar la información?

- No se lo pido, se lo ruego monsieur Lavalle.

- Gerard, por favor, Gerard. No me haga usted sentirme más mayor de lo que soy…

- Por supuesto, Gerard

Tenía un ácido y corrosivo sentido del humor el bueno de Gerard, pero sin duda alguna me iba a ser de mucha ayuda para encontrar información que necesitaba entre tanto papel.

- Bien ¿Por donde le parece que deberíamos de empezar Ramón? – me preguntó.

- Tan solo poseo esta información, Gerard. Un mensaje codificado enviado desde este Campo de Concentración. Dicho mensaje contenía la siguiente frase y fecha:

"Serafín huye. Arbeitsdiensfuhrer nos ha descubierto y va en tu búsqueda. Esconde la dignidad de los sefardíes en mi pueblo. Un abrazo de Jesús y mío". 12 de junio de 1943.

Gerard pareció revolverse en su silla al escuchar las palabras que le había dicho, como si algo de lo que hubiera mencionado le hubiera agitado el alma y el cuerpo.

- Gerard, ¿se encuentra usted bien? ¿Necesita algo?

El hombre se quedó pensativo. Tenía en aquel momento la cabeza y la memoria en otro lugar. Su tez pálida delataba que algo no marchaba bien y no cabía duda que alguna de mis palabras había abierto una puerta que estaba cerrada en su alma y en su recuerdo. Sufrí por Gerard unos instantes, porque hay heridas que nunca terminan de cicatrizar en el alma de un hombre.

Después de un instante, levantó la cabeza y me preguntó de nuevo:

- ¿A dicho usted algo de un Arbeitsdienfuhrer?

- Si Gerard y lo siento. No pensé que le causaría ninguna conmoción. Si ayudarme en esto le va a suponer a usted algún problema, yo me marcho de inmediato.

- No, no, por Dios, Ramón. Verá usted, mientras yo permanecí en este Campo, pasaron muchos oficiales alemanes por él. Entre ellos, recuerdo especialmente a uno con categoría de Arbeitsdienfuhrer, que conseguía que cada vez que su negra sombra aparecía cerca de algo o alguien toda la vida a su alrededor se acababa. Se llamaba Friederich Ulm. Un auténtico hijo de puta asesino. Espero, por el bien de los que usted busca, que no sea el mismo personaje del que yo le estoy hablando.

- Pero tan malo era ese tal Friederich Ulm… ¡Hasta el extremo de conseguir que cuando pronuncio su nombre usted se quede en blanco!

- Malo como la mismísima muerte. Afortunadamente para los que vivíamos en este Campo, un día, inesperadamente, desapareció.

- Me alegro por usted y por el resto de que fuera así.

Sentí un escalofrío, pensando si ese tal Friederich Ulm que me estaba comentando Gerard, podría ser el mismo hombre que se ocultaba en el mensaje que estaba intentando desvelar bajo el nombre del Arbeitdiensfuhrer.

- Continuemos ¿Por dónde le parece que comencemos?

- Españoles en este Campo.

- Pues ya sabes Ramón, a echar una mano y revisar ficha por ficha, y lista por lista, nombre y apellidos de españoles en este Campo de Concentración.

- ¿Quién hizo estas listas y fichas, Gerard?

- No se sabe bien. Lo único concreto que se sabe al respecto es que debió realizarlas algún prisionero del Campo. Debía ser el encargado de actualizar los archivos con los datos de los prisioneros. Se encontraron las fichas, guardadas o escondidas, dentro de un equipo de radio transmisión que había sido vaciado por dentro y estaba repleto de ellas, con los datos de muchos de los prisioneros del Campo. Gracias a eso nuestros datos sobre ellos son bastante buenos. También se encontraron archivos alemanes con datos sobre los prisioneros.

- Siempre hay alguien dispuesto a sacrificarse por los demás entre tanta muerte y miseria…

- Casi siempre…-  me rectificó Gerard.

Nos pusimos a buscar, ficha por ficha, nombres de españoles que estuvieron en Natzweiler-Struthof. Debíamos repasar, de esa manera, unas 30.000 fichas.

Pasamos la mañana completa en busca de datos. Invité a Gerard a comer a mediodía y continuamos por la tarde revisando las fichas en busca de pistas, sin darnos tiempo suficiente aquel día para repasar siquiera una pequeña parte de ellas.

De cuando en cuando hacíamos una parada y nos tomábamos un café caliente, pero yo lo que hacía era disfrutar con aquella enciclopedia viviente que resultaba ser Gerard. Cada pregunta tenía respuesta y cada respuesta una nueva pregunta.

Conocía Natzweiler-Struthof como si fuera su casa ya que, por desgracia, lo fue durante bastante tiempo.

Nos retiramos a descansar aquella primera jornada con tan sólo una posible ficha. La de un español llamado José Martínez Solís.

Quizá fuera aquél, el tercer hombre del que desconocía más datos, el que escribía aquel misterioso mensaje. Pero con ayuda de Gerard, lo descarté. En su ficha personal decía que estaba destinado a la carga de piedras de una de las canteras cercanas, por lo que estaba descartado su acceso a los sistemas de comunicación del Campo o, al menos, eso nos parecía. También quedaba descartado por no figurar su nombre en el misterioso mensaje.

A eso de las 6 de la tarde, Alain Duple acudió hasta donde estábamos enfrascados en la busqueda, para ver que habíamos hecho durante la jornada y avisarnos de paso, que había llegado la hora de cerrar.

Me ofrecí a llevar a Gerard hasta su domicilio y el aceptó encantado. Yo debía regresar a casa de Armand para volver a alquilar la habitación de la noche anterior ya que parecía que mi estancia se iba a prolongar en aquel lugar.

Cuando dejé a Gerard en la puerta de su domicilio en el centro de Rothau, se bajó del coche y me preguntó:

- ¿Dónde va a pasar usted la noche Ramón?

- Regreso de camino hacia el Campo por la carretera que hemos venido. Anoche me alojé con la familia de una casa que hay al lado de la carretera. El hijo del matrimonio se llama Armand.

- ¡Ah! La familia Lafleur. Buen sitio y buena gente. Pero quizá a usted le venga bien quedarse en mi casa, así se ahorra un poco de dinero y me hace compañía. Mucho me temo que, revisando las fichas a la velocidad que lo hacemos, tendrá trabajo para algunos días más.

- Pero no quiero molestarle Gerard.

- No es ninguna molestia, amigo Ramón…

- Gracias.

Aparqué el coche y me dirigí hacia la puerta de la casa de dos alturas dónde me aguardaba Gerard. Con un gesto de su mano me invitó a que franqueara el umbral.

- Marianne, tenemos visita. – dijo en tono alto.

Una mujer menuda, se presentó ante mí. Su cara risueña iluminaba todo a su alrededor.

Me plantó dos besos sin que a Gerard le hubiera dado tiempo a decir mi nombre y presentarme. Tenía la sensación de que aquella mujer era pura vitalidad.

- Pase, pase y siéntese. Déme la maleta. Póngase cómodo en el salón. Vea usted, si quiere, la televisión. Necesita algo…

Respiré profundamente y me di cuenta que no era pura vitalidad lo que rebosaba por su piel, era un ciclón lo que definía a aquella menuda mujer. Ni siquiera me daba tiempo a contestarla.

Gerard, al ver el gesto de mi cara, sonrió y se aproximó a mí para decirme al oído:

- Usted lleva con ella dos minutos… yo llevo toda la vida.

Sonreí ante el comentario. Resultaban una pareja sorprendente. Él rebosaba calma y tranquilidad; ella era pura dinamita. Como se dice popularmente, los polos opuestos se atraen y qué razón tenía en este caso.

Marianne consiguió que mi maleta desapareciera en un instante de mi vista y me encontré con una taza de café, sentado en el sillón con Gerard a mi lado y todo esto sin haber dicho ni mú.

- Marianne, Marianne. Ven aquí – le llamó Gerard.

Marianne apareció con rapidez en el salón, atenta a lo que su marido le pedía.

- Marianne, nuestro invitado se llama Ramón, es español y está haciendo un trabajo de investigación en el Campo de Concentración.

Nos miró a ambos sorprendida, sin saber que decir, casi avergonzada.

- Perdóneme Sr. Ramón. Por ser intentar ser amable, he olvidado los buenos modales y ni siquiera he preguntado su nombre. ¿Me perdona usted, verdad?

- Por favor llámeme simplemente Ramón y yo la llamaré Marianne. Por supuesto que esta usted disculpada, es más, no debe de pedirme ninguna disculpa, está usted en su casa.

- Si me perdona, voy a preparar la cena. Usted cenará con nosotros por supuesto.

Intenté decirle que no se molestara por mí pero cuando quise darme cuenta había dado la vuelta con la velocidad del rayo y se había marchado a la cocina.

Gerard me invitó a ver su casa. Un lugar lleno de emotivos recuerdos de la vida que ambos compartían juntos desde hacia muchísimos años. Una casa donde todo parecía estar en perfecto orden. Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. Un orden y una limpieza perfectos debido a la mano de Marianne.

Me sorprendió sobremanera la biblioteca que Gerard tenía a su disposición. Una sala llena de estanterías de libros que versaban sobre los más variados temas. Sobre todo había libros de documentación sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre el holocausto y sobre el pueblo hebreo.

- La belleza de un libro no es comparable con nada, amigo Gerard. – le comenté tomando entre mis manos un tomo anquilosado por el paso del tiempo –. Guardan tantos secretos dispuestos a ser entregados a quien lo abra, sin pedir nada a cambio, que es uno de los mayores regalos que el ser humano puede hacerse. Leer un libro y ampliar el armario de su alma con un nuevo tomo que le otorgue conocimiento, sapiencia y entendimiento para conversar, juzgar u opinar con cualquier otro ser humano… Por cierto, tiene usted unos cuantos libros guardados.

Gerard se quedó sonriente apoyado sobre la puerta, mientras me escuchaba con una mezcla de curiosidad y admiración.

- Nunca nadie que hubiera entrado aquí y había juzgado con palabras tan exactas y con tanta sapiencia, lo que cualquiera de estos libros supone para mí… Así que me tiene que decir de qué trabaja usted, porque el conocimiento se debe de obtener del estudio y de la lectura y usted,  Ramón, por su manera de hablar, es de los que ha leído más de un libro.

- ¡Oh!. Perdón, Gerard. Perdón por el descuido. Soy profesor en la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de historia medieval.

- Ya decía yo que tanta disertación... ¡Así que profesor de historia medieval!

- Sí. Y un enamorado de la historia…

La voz de Marianne nos interrumpió en aquel instante, llamándonos a la mesa para compartir una temprana cena, que para mis hábitos españoles era demoledora.

Gerard me invitó a que pasara delante de él hacia el salón.

Marianne había dispuesto todo en perfecto orden y nos sentamos todos a la mesa para compartir un rato de charla y comida. Cuando ambos estuvieron sentados a la mesa, pregunté a Marianne cómo se habían conocido.

- ¿Cómo nos conocimos? Fue gracias a los aliados, el 23 de noviembre de 1944. Cuando llegaron a Natzweiler-Struthof jamás pensaron encontrarse con el horror que supone un Campo de Concentración. Unos cientos de prisioneros vagaban sin rumbo de un lugar a otro. Otros miles habían sido llevados por los nazis hacia otros Campos de Alemania y Polonia, dejando el camino regado de cadáveres y muerte. Los americanos pidieron ayuda al pueblo para sacar adelante a los que habían quedado exhaustos en el Campo de Concentración, abandonados a su suerte, con la muerte llamando a las puertas de sus destrozados cuerpos y mentes. Gerard era uno de ellos. Lo aproximaron hasta la puerta de casa de mis padres. Era un puro desecho. Se ve que la sopa de mi madre y mis cuidados consiguieron recomponerle el cuerpo. Lo demás se lo puede usted imaginar, no hubo manera de echarle de aquí…

- No me extraña Marianne, cocina usted de maravilla…

- Pelota – me llamó Gerard.

Departimos el resto de la cena y gran parte de la noche entre sonrisas, lagrimas, alegrías y sufrimientos, recordando como habían formado su familia y conseguido escapar con vida de Natzweiler-Struthof.

Yo me acosté no muy tarde, habiendo quedado con Gerard por la mañana a primera hora, para ir juntos de nuevo al Campo. Ya conocía la historia de Gerard y Marianne; ahora debía descubrir la de Serafín, Jesús y quien quiera que enviara aquel extraño menaje.

A la mañana siguiente, Gerard me aguardaba impaciente en el salón de casa con el desayuno ya preparado y ganas de comenzar la tarea. Marianne, cómo no, era quien había preparado el café e incluso había hecho un bollo para tomar en el desayuno.

Desayunamos con calma, intentando que cada bocado nos diera fuerza para la tarea que nos aguardaba y había que reconocer que, a pesar de la edad de aquella pareja, ambos tenían una vitalidad y un apetito sorprendente. Estaban plenos de vida.

Partimos hacia el Campo y aguardamos unos minutos la llegada de Alain Duple, para que abriera el acceso al recinto.

- Buenos días, Gerard. Buenos días, Ramón. ¿Cómo se presenta la tarea?

- Fácil, fácil.- contestó Gerard – Ya sabes que la paciencia y la constancia son la base de toda investigación que se precie.

Me limité a sonreír ante tal afirmación, aunque la verdad es que Gerard tenía toda la razón en lo que comentaba.

Una vez ubicados en nuestras sillas, continuamos repasando ficha a ficha, historia a historia, dato a dato.

Llegada la hora de comer, habíamos conseguido la ficha de otro español y sus datos nos insuflaron a ambos un optimismo rebosante, que nos aportó a ambos mas ilusión y optimismo para continuar en el empeño.

Nos sentamos juntos en la mesa de Gerard, puesto que él había sido quien había encontrado la ficha del prisionero. A continuación saqué mi ordenador e introduje los datos del prisionero. Tardé un poco de tiempo en hacerlo, pues los datos venían escritos a mano en alemán y con esa letra me costaba entenderlos. Fue Gerard, que conocía las fichas como la palma de su mano, quien me leyó los datos con el conocimiento de haber visto esa letra escrita a mano millones de veces.

“Jesús Rebollo Merodio – nacido el 3 de Mayo de 1.916 en Belmonte de San José (Teruel) España – Profesión: Medico-Dentista – destino: Servicio Médico Natzweiler-Struthof. Prisionero tatuado nº 88/759394 – Republicano Español”.

- ¡Creo que es uno de los hombres que buscamos, Gerard! - le interrumpí.

- Dios lo quiera, amigo mío – me contestó con un semblante serio – Pero es raro, muy raro, porque en el Campo de Concentración de Natzweiler-Struthof no solían tatuar a los prisioneros a no ser que fuera alguien muy especial.

- ¿Alguien muy especial? ¿A qué se refiere Gerard?

- Pues que si mal no recuerdo, fue en el Campo de Auschwitz donde solían tatuar a los prisioneros y excepcionalmente sabemos que aquel mal nacido de Friederich Ulm, el Arbeitsdienfuhrer, se dió el capricho de tatuar a algunos de sus prisioneros, los considerados por él de  confianza. Pero tengo que decirte, Ramón, que por desgracia, que yo recuerde, muchos de ellos… - Los ojos se le inundaron en lágrimas antes de pronunciar cualquier otra palabra, de tal manera que parecía que el alma se le ahogaba.

Decidí acabar por la vía rápida con su sufrimiento.

- Lo que sea, será. Lo descubriremos no tardando demasiado tiempo y por favor no quiero que sufra usted con esto… ¿podría hacerme una fotocopia de esa ficha, amigo Gerard?

- Sí, por supuesto. Iré al despacho central para que me la fotocopien. Tú continúa con la labor, que ya ves, Ramón, parece que empieza a dar sus frutos.

- Así lo haré. Gracias Gerard.

- No, gracias a ti, Ramón – cerró la puerta y partió a hacer la fotocopia.

Me quedé mirando la pantalla del ordenador, pensando si Jesús sería uno de los protagonistas del misterioso mensaje. Tenía la corazonada de que no íbamos a tardar en descubrirlo…

viernes, 19 de febrero de 2016

la dignidad de los sefardies - capitulo 4


la dignidad de los sefardies
Capítulo 4


Así pasamos meses y meses, sobreviviendo día tras día, con el Arbeitsdienfuhrer sacándonos hasta la última gota de nuestra sangre.

El frío, el calor, los trabajos y el hambre seguían diezmando por miles a los prisioneros del Campo.

Todas las mañanas nos obligaban a formar en el exterior de los barracones, mientras una Unidad de las SS, acompañados desde hacía un tiempo de Jesús al que le habían obligado a ir a este servicio con ellos, comprobaban los muertos que había en las camas. Los sacaban arrastrando al exterior y los amontonaban en un carro, camino del viaje final. Todos los días morían unos cuantos de extenuación o agotamiento.

La gente se moría de hambre y el simple hecho de encontrar algún resto o algo que llevar a la boca, provocaba peleas desesperadas entre los presos. Los mandos de las SS aprovechaban para azuzar los perros contra la multitud que se mataba por un bocado. Los perros arrancaban trozos de personas con rabia y locura, causando a su vez heridas que serian imposibles de curar o cicatrizar en las condiciones en las que vivíamos.

Una mañana de frio invierno, nos encontrábamos en la explanada cuando observamos la llegada de una larga fila de camiones. Carne fresca para el imperio nazi. Más gente a la que matar, torturar y asesinar sin motivo alguno.

Muchos hombres descendieron del los camiones asustados y muchos salían corriendo sin rumbo alguno, como si la huida fuera posible. Rápidamente los reducían o incluso los disparaban por la espalda, para evitar que escaparan al imposible destino que les aguardaba. La mayor parte eran milicianos franceses y de países cercanos como Bélgica y Polonia.

Nos llamó la atención un pequeño hombre que se mantenía con firmeza y orgullo de pie, entre el caos de la multitud. Cuando los situaron en el patio, seguimos con curiosidad la seguridad y el aplomo de aquel pequeño hombre y observamos cómo entre sus manos movía frenéticamente algo.

- ¿Qué es eso que lleva entre las manos? – pregunté.

Serafín fue quien me respondió con seguridad.

- Es un Kipá, lo que conocemos por ese gorro pequeñito que suelen llevar los judíos a todas partes en la cabeza.

Un soldado intento por dos veces arrebatárselo y no pudo en un principio. Finalmente los perros atacándole, hicieron que el hombre lo perdiera, cayéndosele al suelo.

El soldado alemán dió una patada para alejar el kipa de su dueño y éste fue a caer a los pies de Marcelino. Con la velocidad del rayo se agachó y lo recogió, guardándoselo en el bolsillo.

El pequeño hombre vió el gesto de Marcelino y, cuando se dirigía al barracón que le habían asignado, pasó a una distancia bastante cercana a donde estábamos y nos dijo:

- ¡Gracias!

Los tres nos miramos sorprendidos al oír a alguien, aparte de nosotros y el Arbeitsdienfuhrer, hablar en español, así que con rapidez Jesús le contestó al hombrecillo:

- ¡De nada!

El hombre, mientras caminaba, giró su cabeza y nos miró a los tres sorprendido, al igual que nos había sucedido a nosotros, por encontrar en aquel lugar a alguien que hablara nuestro idioma.

- ¿Compatriotas? ¿Españoles?......

Jesús echo una pequeña carrera para darle un último mensaje:

- Mañana a mediodía en la revisión sanitaria que les efectuarán, hablaremos.

El hombrecillo asentía con su cabeza, con los ojos fundidos en lágrimas de desesperación y amargura, mientras que caminaba hacia su primera noche en el infierno de Natzweiler-Struthof.

A la mañana siguiente, el grupo de nuevos prisioneros fue obligado a visitar el Servicio Médico. Jesús estaba alerta y pendiente de que no se le escapara el pequeño hombre del día anterior.

Los colocaron a todos en hileras. Cuando Jesús le vio en la fila le llamó a la mesa en la que él se encontraba. El hombre, al ver quien estaba llamándole, se dirigió con rapidez hacia su encuentro.

Antes de que aquel hombre pudiese decir nada, Jesús ya le estaba dando las primeras instrucciones para salvarle el pellejo a aquel posible compatriota.

- Bien, guarde silencio mientras le hago el reconocimiento. No se quien es usted, pero si lo que pretende es salvar la vida, hágame caso en lo que le digo. Es usted medico, medico forense, yo personalmente llamare al capitán medico principal y le informaré de ello, le comentaré de igual manera que usted no habla nada de alemán, pero que puede sernos de gran utilidad en el servicio de salud del Campo de Concentración. ¿Quiere y esta usted dispuesto? . Le aseguro que lo que va a ver no le va a gustar nada, pero es la única manera de salir vivos de aquí. No se imagina lo cruel que puede ser esta gente y lo que usted va a tener que ver y vivir. Usted tiene la última palabra…

Lo pensó durante unos breves instantes, agachó la cabeza y asintió con los ojos llenos de lágrimas. Haría lo que fuese necesario para escapar de aquel horror.

- Bien ¿Cómo te llamas? – preguntó Jesús

- Samuel Llevia.

- Bien Samuel, vamos allá - Jesús levantó la mano llamando la atención del Lagerarzt SS,  Médico del Campo.

El Médico del Campo acudió junto a Jesús y el nuevo prisionero con premura. Durante unos momentos se produjo una conversación entre Jesús y el Lagerarzt. Éste, tras pensar unos instantes, señaló a Samuel para que se apartara a un lado y esperara. Luego en señal de aceptación, el Lagerarzt golpeó el hombro de Jesús, aceptando en confianza la proposición que le había hecho.

Una vez que terminaron, a lo largo de la mañana, la revisión medica y clasificación de todos los prisioneros, el Lagerarzt dió permiso a Jesús para que ubicara a Samuel en el mismo barracón que los presos de confianza, es decir en el barracón nº 7, junto a nosotros.

Aquel día lo paso Jesús intentando ubicar a Samuel en el Campo, explicándole con detalle que actitud debía tener en el servicio y preparándole a partir de aquella fecha para los horrores que iba a ver en su trabajo junto a él, en el Servicio Médico, pero que al menos de momento, su vida no peligraría.

Samuel Llevia sonrió por primera vez desde su llegada al Campo, mostrándole a Jesús alguno de los dientes de oro que tenía en la boca. Jesús lo abrazó con fuerza y le dijo:

- A partir de hoy, te lo ruego Samuel, no vuelvas a sonreír en presencia de nadie. Que nadie tenga que ver tus dientes de oro, por que lo que menos deseo es tener que quitártelos, pues eso seria señal de que…-  Jesús calló y soltó a Samuel agachando la cabeza.

- Señal de que estoy muerto ¿verdad? – le inquirió Samuel.

- O quizá sea señal de que ya estamos en la vida buena, por fin, y nos hemos librado de este infierno, amigo Samuel – contestó Jesús intentando relajar la pregunta y su contestación - De todas formas, cuando esta noche lleguemos al barracón, tengo una sorpresa para ti y ya hablaremos con más calma sobre quién eres y de qué parte de España vienes.

Ambos terminaron de limpiar y colocar todo el instrumental del Servicio Médico para el día siguiente. Material con el que nuevamente, otra jornada más, tendrían que volver a cometer mil tropelías sobre pobres inocentes.

Cuando por fin cayó la tarde, Jesús y Samuel se dirigieron hacia el barracón nº 7 y por fin se pudieron reunir con Marcelino, Serafín y el bueno de Francisco Feijoo.

Cuando Samuel cruzó la puerta de entrada al barracón, todo fue silencio y un puñado de ojos mirando al nuevo extraño recién llegado. Jesús, hablando en voz alta, hizo saber a ltodos los compañeros del barracón, de diferentes nacionalidades, que aquél hombre no era una enviado por nadie, sino que era un recogido por todos. Muchos de ellos se dirigieron a estrecharle la mano dándole la bienvenida a aquel cruel lugar, donde su barracón parecía un hotel, tal y como había comentado Samuel, en comparación con los barracones donde dormían el resto de prisioneros.

- Samuel, siéntate aquí. Estos son Marcelino, Serafín y Francisco Feijoo, gente amiga que lo va a compartir todo, si tú lo haces con nosotros de igual manera. Así que bienvenido.

- Gracias a todos por la ayuda. Pero no creo que éste sea mi lugar yo debería estar con mi mujer y mis hijos

- ¿Dónde está su familia, Samuel? – preguntó Francisco Feijoo con su típico acento portugués.

- No lo se. Nos separaron en la estación de tren de Arlon y desde entonces yo he estado metido en un vagón de mercancías hasta llegar aquí. Del resto de mi familia no se nada de nada - nos decía mientras lloraba desesperadamente.

- Tranquilo, tranquilo, veras como todo va a ir bien Samuel. ¿Eres judío? – le preguntó Marcelino intentado calmarle.

- Yo soy Sefardí y Español, a pesar de que vuestras leyes nos echaron de allí hace 600 años.

Entonces le pregunté:

- Así que judío español y ¿En qué parte de España vives Samuel?

- No lo habéis entendido. Soy Sefardí, del reino Sefarad. A los míos los expulsaron de España un edicto de vuestros Reyes Católicos, hace ya casi 600 años y desde entonces mi familia y mi gente residen en un pequeño pueblo de Bélgica.

- Entonces... ¿Cómo después de tantos años hablas tan bien el español? – le volví a preguntar.

- ¿Acaso tu has olvidado tu idioma por estar fuera de tu tierra? ¿Quieres que tus hijos hablen otro idioma y no conozcan las raíces de su familia? Al pueblo de Abraham que es mi pueblo, Dios le prometió una tierra donde vivir. Moisés guió a ese pueblo a través del desierto y Dios le entregó la “Thorá” en el monte Sinai. Allí donde se reúnan 10 de los nuestros, habrá una sinagoga y donde haya una sinagoga habrá un poco de tierra prometida. Para mí y los míos, Sefarad es la tierra prometida y por ello sigo conservando el idioma, para regresar a Sefarad algún día no muy lejano.

Cuando terminó de hablar, guardamos todos un respetuoso silencio. Aquel hombre era una caja de sorpresas. Tenía profundos conocimientos y respuestas para todo.

Tras el silencio, Marcelino alargó su mano y puso ante Samuel el Kipá que le había sido arrebatado por el soldado al llegar al Campo.

Este lo cogió en silencio y lo apretó contra su pecho con fuerza, llorando de alegría como un niño.

- Gracias mil. No sabéis el significado que realmente tiene esto para un Sefardí. Es como colocar a cada uno en su sitio. Este gorro marca el lugar donde esta mi fe como judío y lo que mí Dios domina es todo lo que queda por arriba de este Kipá. Gracias compatriotas. Os puedo considerar así ¿Verdad?. Sefarad para mí y España para vosotros, son lo mismo.

- Por supuesto – contestó Francisco Feijoo con acento portugués, lo que nos hizo reírnos a todos.

- Pero entonces Samuel, usted domina varios idiomas ¿Verdad? – le pregunté yo.

- Si, así es. Domino el Hebreo, que es el idioma de Dios y lengua de los judíos y es ademas la lengua en la que leo y rezo; el Castellano, porque pertenece a Sefarad lugar del que proceden mis raíces. Como consecuencia de estos dos lenguajes también comprendo y entiendo el latín y por causa de mi destierro, hablo francés por residir en Bélgica.

Jesús le contestó.

- Pues que los nazis no lo sepan. Pégate a mi vera día y noche, haz de tripas corazón y sobreviviremos todos, si tu Dios nos ayuda, porque el de los cristianos ayudó a unos en España según ellos dicen, pero se olvidó de otros muchos cientos que quedamos en el camino.

- Yahvé os tendrá en cuenta por lo que habéis hecho por mi.

- Que su Dios se encargue de su familia y de usted Samuel, que nosotros ya somos mayorcitos. Venimos de muchas peleas y sufrimientos y hemos aprendido a sacarnos las castañas del fuego – le contestó Marcelino.

- Gracias por todo.

- Ahora a descansar, que mañana ya veremos que es de nosotros. –  le dije.

Casi todas las noches nos acostábamos al abrigo de la oscuridad y al amparo de la esperanza de un día poder regresar con los nuestros y vivir en paz. En aquel lugar soñar ocupaba muy poco espacio y la muerte lo abarcaba casi todo. Los hombres que convivíamos bajo aquellas cuatro tablas y una pequeña luz, intentábamos a toda costa que esa muerte, bajo ningún pretexto, consiguiera entrar en el barracón número 7 del Campo de Concentración de Natzweiler-Struthof.

Salí al exterior junto a Jesús, mientras Marcelino, Francisco Feijoo y Samuel se arropaban con los sueños de los que hablamos antes.

Nos sentamos en las escaleras que daban acceso al barracón, con cuidado, en silencio. Caía una fina capa de nieve sobre el Campo; pensé que aquello le daba un aspecto de postal navideña. Le hice el comentario a Jesús:

- Y nosotros somos los pavos que éstos se van a comer por Navidad. ¡No te digo! – me contestó y ambos nos echamos a reír un rato de nuestra maldita suerte.

- ¿Jesús, qué te parece este hombre Samuel? – le pregunté.

- Parece buena persona y culta, muy culta. Tiene buen conocimiento de la Historia, enfocada desde un punto de vista religioso pero real como la vida misma. Quizá la historia no ha sido justa con esta gente. Su Dios les prometió una tierra que aún no tienen, Canaan. De España se les expulsó por un edicto de los Reyes Católicos y ahora los malditos nazis los están masacrando. A pesar de ello, este hombre, Samuel, no pierde los orígenes de donde procede; es más, se muestra orgulloso de ellos, cosa que muchos españoles no han hecho nunca. Creo que es buena persona. Con principios.   

- Yo tengo la sensación de que quizá sea una caja de sorpresas, no sé - le contesté, alzando los hombros en señal de duda.

- El tiempo lo dirá. El tiempo lo dirá si este cabrón de Friederich Ulm nos lo permite. Y, por cierto, estoy seguro que no permitirá, que podamos estar sin el tatuaje mucho tiempo más…

- Pues a ver lo que me invento para que me lo ponga en el brazo.

- Vamos a dormir y lo pensamos.

- Vamos Jesús, vamos.

Nos metimos al cobijo del calor en el interior del barracón mientras la nieve seguía cayendo sobre aquellos Campos de Francia, perdidos de la mano de Dios y alejados del mundo, donde cientos de personas morían cada día.

Porque se puede morir una vez y se acabó, pero nosotros éramos muertos en vida y todos los días moríamos un poco mas, hasta que llegara nuestro destino por azar, deseo de algún cabrón, o por pura casualidad.

A la mañana siguiente una capa de dura nieve lo cubría todo.

Francisco Feijoo y yo nos unimos pronto a la patrulla de limpieza, quitando la nieve de alrededor del perímetro de seguridad, limpiando toda la zona.

Marcelino, como todas las jornadas, acudió al Servicio de Comunicaciones y se metió en faena con los códigos encriptados que nos comentaba cada noche y la reparación de los equipos que enviaban mensajes de muerte y violencia. También, por supuesto, puso al día los archivos con los datos de los prisioneros y duplicó con infinita paciencia, las fichas.

Jesús dijo a Samuel que le acompañara, invitándole a que dejara el Kipá escondido en el barracón, porque si le veían con él puesto, borrarían de un disparo la distancia que nos había comentado el día anterior que había entre él y su Dios. Luego Jesús le dió claras instrucciones por si tenía problemas a la hora de ver muertos o de ver cómo mataban a alguien. Ése iba a ser a partir de ahora su día a día.

- Si te entra agonía, cierra los ojos unos instantes y respira profundamente, Samuel. Yo estaré al lado para echarte una mano. No pienses en nada más ¿entendido?

Samuel movió su cabeza en señal de haber entendido perfectamente las instrucciones.

Ambos partieron a dar la vuelta de rutina por los barracones, como solían efectuar todas las mañanas los Servicios Médicos acompañados por soldados de las SS, en busca de cadáveres o gente a punto de morir.

Aquella noche había traído la desgracia sobre más de 70 personas que habían fallecido mezcla del frío, la desnutrición y la desesperanza.

Comenzaron, entre Jesús, Samuel y algún otro hombre de los Servicios Sanitarios, a sacar los cadáveres de los barracones y amontonarlos en el carro que los llevaría hasta los crematorios. 

Samuel llamo a Jesús cuando encontró a un hombre moribundo acostado en su sucia litera. Jesús le observó y le auscultó un momento.

- Le queda poco de vida… – comentó Samuel.

- Dejémosle que descanse en paz en estos instantes – apuntó Jesús.

Samuel se arrodilló con parsimonia y pronunció algunas palabras en hebreo ante el cuerpo exhausto del moribundo:

- Que el señor te muestre el camino hacia la tierra prometida de Israel – aproximó su cara y le preguntó en hebreo - ¿Quieres hacer con este hermano tuyo, la Semá?

El hombre asintió con la cabeza. Jesús se arrodilló junto a Samuel y le preguntó que era lo que estaba haciendo.

- Le he ofrecido la oportunidad de hacer la Semá o lo que se entiende por la confesión de fe judía, una bendición final a la hora de morir.

En aquel momento, una sombra negra como la desesperanza invadió todo y se ciño sobre las paredes del barracón, prolongándose desde la puerta de la entrada. Samuel y Jesús se levantaron con rapidez. Era el Arbeitsdienfuhrer, Friederich Ulm.

Avanzó unos pasos hacia el moribundo. Aparto de un empujón a Samuel y Jesús de su lado y observó durante unos breves instantes al hombre tirado sobre el lecho. Sin mediar palabra, sacó el arma y le descerrajó dos tiros a bocajarro, acabando con su vida.

No hubo ningún comentario, ni siquiera un quejido. Ttodos los presentes retrocedieron presos del horror y del pánico. Friederich Ulm los miró a todos con aire de superioridad y comento a Jesús y Samuel en español:

- Aquí no estamos para perder el tiempo en estupideces, cuéntaselo a tu nuevo amiguito judío. Ahora, recoger esta mierda y al crematorio con ella. Toma nota judío, o como te llamés, aquí yo soy el dueño y señor. No hay más Dios que yo…

Samuel agachó la cabeza y Jesús respiró al ver que no contestaba.

Una vez que Friederich Ulm se retiró del barracón, Samuel sin cejar en su empeño de cumplir con los requisitos de su doctrina, se tiró de rodillas ante el cadáver y pronunció las siguientes palabras, ya en español para que Jesús las entendiera:

- Bendito sea el Juez verdadero – y a continuación, cerró los ojos del difunto con sus manos al no haber ningún familiar presente, pues según la ley de los hebreos debería hacer esto un hijo o familiar allegado, pero el mas próximo en aquel momento final era Samuel.

Cargaron entre ambos el cadáver hasta el carro, bajo la atenta mirada de Friederich Ulm que permanecía de pie en la nieve, en el exterior del barracón.

- Cuando terminéis de recoger y quemar a todos estos judíos, volvéis al Servicio Médico para tatuaros. ¿Entendido?. Nada de bendiciones judías, ni ostias de esas. Aquí son una pérdida de tiempo. Ir pensando que número queréis… ya sabéis. Ahora voy a buscar a vuestros amiguitos a los que también les toca “tatuarse”. ¿Habéis entendido, judíos?

Samuel, esta vez, no contuvo la ira que le atormentaba por todo lo visto y sufrido instantes antes y decidió abrir la boca. Jesús miraba al cielo impotente sin creérselo.

- Soy Sefardí señor. Judío y Sefardí.

Friederich Ulm dio la vuelta con calma sobre sus pasos y aproximó su cara a la de Samuel.

- ¿Se dirige usted a mi judío? – le dijo hablando en voz baja, en español.

- Sí señor. Soy sefardí y judío español, señor.

Friederich Ulm se alejó unos pasos y puso sus manos sobre la cadera observando a Samuel en la distancia. Jesús temblaba horrorizado observando la escena, pensando que poco iba a sobrevivir Samuel en aquel lugar.

- ¡Tiene pelotas el judío enano! – dijo voz en grito, admirado por el valor de aquel desconocido. Luego levantó la mano señalando a Samuel – Te voy a hacer un regalo especial por tener esas pelotas, pero…

El Arbeitsdienfuhrer se aproximó a Samuel y le gritó echándole el aliento en la boca:

- ¡Que sea la ultima vez que te diriges a mi perro, porque a la próxima de mato! ¿Lo has entendido, verdad?

Samuel movió la cabeza en señal afirmativa mientras se le caían las lágrimas y los mocos presa del terror que estaba sintiendo.

- ¡Y vosotros que miráis, escoria! ¡Fuera, apartaos perros!

La gente desapareció con los gritos del Arbeitsdienfuhrer. Una vez que se alejó Friederich Ulm, Samuel cayó de rodillas al suelo, destrozado.

Jesús corrió junto a Samuel y le comentó al oído:

- Estas loco Samuel, pero eres un loco maravilloso. Terminemos de recoger a estos pobres desgraciados por los cuales ya no podemos hacer nada y vayamos al Servicio Médico antes de que este animal nos busque de nuevo.

Estuvieron el resto de la mañana cargando y transportando hasta el crematorio los cuerpos de los  fallecidos aquella noche. El aire soplaba desde las montañas próximas y las cenizas que salían por la chimenea del horno crematorio eran arrastradas por el viento y caían sobre la blanca nieve del Campo, tornando todo de un gris oscuro abominable. Cuando terminaron de recoger cadáveres, se unieron en el Servicio Médico a otros compañeros en la horrible labor de despojar de metales preciosos o valiosos a los cadáveres.

Jesús observó a Samuel llorando mientras arrancaba un diente de oro a un judío.

- Ve despacio Samuel, así no tendrás que hacer esto con muchas personas. Yo me encargo de todo, por desgracia estoy más acostumbrado que tú.

Mientras, en el exterior, el grupo de trabajadores habituales en nuestra patrulla, Francisco Feijoo y yo estábamos quitando a paladas la nieve que se había acumulado alrededor de la zona de seguridad. Nosotros dos estábamos muertos de frío.

El primero en atisbarlo fue Francisco Feijoo y fue él quien me puso en sobre aviso:

- Serafín, por allí viene el cabronazo del Arbeitsdienfuhrer y tengo la extraña sensación de que viene a por nosotros.

Friederich Ulm venía a buscarnos al exterior del Campo de Concentración, con cara de pocos amigos. Se veía que venía con los ojos encendidos en el fuego del odio. Yo ya conocía esa mirada.     

- Francisco, tienes toda la razón. Ese tiparraco viene a por nosotros dos.

Nos pusimos a la espera de sus órdenes dejando de dar paladas de nieves. Comenzó a gritarnos a distancia. Todos los presentes giraron sus cabezas pensando que aquellos gritos eran para ellos. Nosotros dos teníamos claro para quiénes eran y lo que pretendían. Uno de los soldados que nos custodiaba hizo un gesto para indicarnos que acudiéramos con prontitud hasta donde se encontraba el Arbeitsdienfuhrer.

- ¡ Jüden, jetzt die Merkzeichen! – gritaba en la distancia.

Francisco me miró buscando una explicación a lo que decía Frederich Ulm.

- ¿Qué grita Serafín? – preguntó.

-  ¡Judíos, toca colocarse la marca! - le contesté.

Ambos agachamos la cabeza y acudimos a la llamada del Arbeitsdienfuhrer. El destino estaba marcado y no nos quedaba otra. Por el camino nos encontramos con Marcelino que venía caminando desde la oficina de comunicaciones. Una llamada le había advertido que se presentara lo antes posible en el Servicio Médico.

Allí nos unimos a Jesús y a Samuel, roto por lo que estaba viviendo su primer día entre nosotros. Dejaron de revisar cadáveres y se unieron al resto.

Friederich Ulm nos colocó a todos alineados. Sonreía paseando frente a nosotros mientras nos miraba de soslayo. Daba miedo mirarle a los ojos. El uniforme de las SS, le confería un aire de superioridad y él lo remarcaba arrasando con todo lo que encontraba a su paso.

- ¿Habéis decidido ya el número que queréis llevar? Pensadlo bien; sabéis que va a ser para siempre. Considerarlo como un regalo, un privilegio. Ninguno de los que han cruzado esta puerta ha tenido la posibilidad de escoger. Vosotros, al ser privilegiados, disponéis de ese don que yo os concedo, así que adelante…. decid los números que queréis.

Nos miramos unos a otros sin saber que contestar. Friederich Ulm levantó el dedo, señaló a Francisco Feijoo gritando preso de ira:

- ¡Tú!... Di de una puta vez un número…

Francisco Feijoo dio un paso al frente, levantó la cabeza y dijo:

- Prefiero que usted sea quien designe mi número Arbeitsdienfuhrer.

Friederich Ulm se detuvo frente a él y sonrió. Extendió su mano y golpeó en la nuca a Francisco un par de veces en señal de complacencia. Como quien acaricia a un perro que le es fiel y responde a su llamada.

- Así me gusta, fidelidad hasta la muerte – dijo.      

Francisco Feijoo se adelantó unos pasos y se colocó en la mesa extendiendo el brazo para que le realizaran el tatuaje. Friederich Ulm tomó su cartera del interior de su chaqueta militar y miró el número de filiación militar.

- Tu llevarás mi número de soldado alemán del Tercer Reich. El resto de vosotros los números contiguos. Así, me recordaréis toda la vida, si salís vivos de aquí…

A continuación, pronunció en alemán los números que debería grabar el Sanitario a golpe de aguja en el brazo de Francisco Feijoo. La tortura para todos comenzaba. 

- Acht, acht, Querstrich, sieben, fünf, neun, drei, neun, zwei...

El resto de los que aguardábamos, traducíamos mentalmente lo que el Arbeitsdienfuhrer iba diciendo al Sanitario.

- "ocho, ocho, barra, siete, cinco, nueve, tres, nueve, dos…

Francisco aguantaba el dolor sin queja alguna. Tras hacerle los agujeros de los números le impregnaron bien de tinta sobre las heridas, para que ésta penetrara bajo la piel.

El siguiente fue Marcelino. No hizo falta que el Arbeitsdienfuhrer llamara a otro para que tomara asiento, Marcelino se adelantó. Se sentó sobre el duro taburete de madera y extendió su brazo ante el Sanitario que efectuaba la operación.

- Acht, acht, Querstrich, sieben, fünf, neun, drei, neun, zwei… – decía en voz alta Friederich Ulm para que todos los presentes le escucharan.

A Marcelino le estaban grabando el siguiente número, en orden correlativo al de Francisco Feijoo, era el 88/759393 y así íbamos a continuar siendo numerados el resto de los que quedábamos en la sala.

Jesús fue el siguiente y también aguantó en silencio, sobre todo las sonrisas de Friederich Ulm y ver como le taladraban la piel quedando ya para siempre grabado el número siguiente, el 88/759394.

Cuando me tocó a mí, me rodaban gotas de sudor por la frente. Tenía pánico a las agujas y no quería ser marcado como un animal. Ya tenía asumido que sin marcar no me iba a escapar de allí, por lo que decidí asumir riesgos.

- Arbeitsdienfuhrer, yo quiero tener en mi piel mi propio número, como usted me prometió…

Friederich Ulm se aproximó a mi cara y mantuvo un largo silencio desafiante que me descompuso, aunque tragué saliva aguantando.

Levantó su mano y golpeó mi cara con un gesto mezcla de cariño y desprecio, aunque uno no sabía como interpretarlos, viniendo de quien venían.

- Oveja negra, oveja negra… Pero tienes razón, te prometí ese derecho. Me desilusiona que, al igual que tus amigos, tú no continúes portando la dignidad de mi número, haciendo de ello un orgullo. Pero no por eso vas a dejar de pertenecerme… así que, habla ya ¿Qué número quieres llevar?

- 3813/157 es el número que deseo, Arbeitsdienfuhrer.

- ¿Algún motivo en especial por el que te interese tanto ese número?

- Es el que he tenido como soldado de la República española, señor. – le contesté.

- Es un número de perdedor – me dijo escupiéndome a la cara – pero, una promesa mía es una promesa, así que allá tu “Republikanische Spanier”…

Agaché la cabeza, limpie mi cara con la manga de la chaqueta y sonreí para mis adentros. No deseaba bajo ningún concepto portar sus malditos numeros. Mi numero de soldado republicano le habia conseguido escocer. 

Me senté en el taburete y extendí el brazo sobre la mesa sin dudarlo. Friederich Ulm no dictaba los números a grabar y ante su silencio opté por decirlos yo en alemán: 

- drei, acht, ein, drei, es fegt, ein, fünf, sieben.                                                       

El Sanitario alemán que me tatuaba se quedo impávido esperando la reacción del  Arbeitsdienfuhrer, pero este tan sólo le hizo un comentario en alemán:   

- Unglaublich, dass Gott einigen dieser Juden diese intelligenz gegeben hat¡

Sonreí irónicamente ante la expresión que el Arbeitdiensfuhrer había hecho al Sanitario, maldiciendo su estampa para mis adentros, tras su expresión:

- Parece increíble que Dios haya dado esa inteligencia a algunos de estos judíos…

Friederich Ulm vió mi gesto y me dio tal puñetazo que caí al suelo desarbolado. La sangre me manó a borbotones de la oreja. Me levanté y volví a sentarme en la silla sin rechistar.

Mientras el Arbeitsdienfuhrer se asomaba al exterior, Marcelino me preguntó:

- ¿Estás bien?

Con el pulgar de la mano en alto le contesté que todo perfecto y me eché la mano a la oreja que me ardía como una brasa.

Aguanté estoicamente a que terminaran de tatuarme y luego me uní a la fila con mis amigos que permanecían de pie.

El Arbeitsdienfuhrer señaló entonces a Samuel y éste, se aproximó a la silla con la lentitud del que se siente derrotado.

Levantó la manga del traje y Samuel ofreció su brazo al Sanitario para que realizara el tatuaje.

Friederich Ulm se aproximó y murmuro al Samuel al oído:

- Quizá le guste a usted que le tatuemos otra decoración. Me refiero en vez de números, ponerle letras. Algo que le recuerde su condición hebrea. Algo que le consuele en la desdicha… No sé, pongamos que le tatuamos la palabra “Abaddon”.    

Samuel dio un bote hacia atrás en la banqueta en la que estaba sentado y Friederich Ulm le apretó en el hombro, haciendo fuerza hacia abajo para que se volviera a sentar.

Los ojos de Samuel se habían desencajado, pero tras una pausa, en la que agachó la cabeza y reflexionó contestó al Arbeitsdienfuhrer.

- Si es su voluntad, así sea. De esa manera estará mi Dios más presente y me recordará que nadie está libre de pecado. Cuando me mire el brazo y vea la palabra Abaddon tatuada, recordaré que polvo nací y que en polvo me convertiré…

Jesús me comento en voz baja cuando el Arbeitsdienfuhrer estaba de espaldas, que Abaddon es un diablo o demonio según la tradición de los judíos y Friederich Ulm quería dejárselo marcado en la piel, intentando destrozar un alma mas.

El Arbeitsdienfuhrer reflexionó y tras crisparse en odio, ordenó al Sanitario que le tatuara a Samuel el número contiguo a sus compañeros.

- Creo que es mejor judío – dijo Friederich Ulm dirigiéndose a Samuel – que le tatúen el número contiguo a sus compañeros, así me recordara usted mucho tiempo y de esa manera cada vez que mire su brazo recordara que su “Abaddon” personal seré yo: Friederich Ulm.

El Arbeitsdienfuhrer pareció retirarse en aquel momento satisfecho con la sucia tarea realizada, pero agachó la cabeza y giro sobre si mismo regresando hasta la altura de Samuel.

Se agachó con suavidad, tranquilidad y hasta parsimonia para susurrar al oído de Samuel con la fuerza suficiente para que lo escucháramos claramente todos los presentes:

- Ah! Y por cierto, Samuel. Porque se llama usted Samuel, ¿Verdad? Bien, solo le diré que me encantan esos dientes de oro que tiene usted en la boca…