lunes, 29 de febrero de 2016

la dignidad de los sefardies - capitulo 7


la dignidad de los sefardies
Capítulo 7

Cuando Gerard regresó de la oficina principal se aproximó hasta donde me encontraba, con la fotocopia de la ficha en una mano y el original en la otra.

- Perdón Ramón, por mis emociones hace un rato. Colocaremos aparte la ficha y así cuando recojamos mas información la uniremos para ver si las piezas encajan ¿te parece bien hacerlo así, verdad? – me comentó Gerard.

- Así es. Iremos recopilando toda la información que nos sea posible de esas fichas y luego poco a poco iremos eliminando objetivos. – le contesté.

A lo largo de la jornada seguimos rebuscando una por una, emtre las montoneras de fichas que existían, consiguiendo tener muchas dudas sobre posibles prisioneros españoles o con apellido español, pero finalmente, ninguna de ellas terminaba de encajar con lo que buscábamos.

El trabajo era lento y complicado pero, poco a poco, y con la inestimable ayuda de Gerard, iba viendo la luz al final del túnel en mi búsqueda.

A última hora de la tarde, antes de retirarnos, fue cuando de repente tuve una ficha en mis manos que me llamó la atención. No era la ficha de un soldado español. Era la ficha de un prisionero portugués.

Llamé a Gerard que corrió raudo a mi vera para analizar conmigo el documento. La vieja ficha contenía los siguientes datos, que leí en alto a Gerard:

“Francisco Feijoo Da Pinto – nacido el 29 de julio de 1.913 en Lisboa (Portugal) – profesión: Marino Mercante – destino: unidad servicios de mantenimiento Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº 88/759392 – Republicano Portugués.”

Una amplia sonrisa nos cubrió el rostro a ambos, pues sin duda alguna había una conexión entre las fichas que habíamos encontrado. Poco a poco estábamos consiguiendo descifrar o complicar aun más toda la busqueda.

- Ves Gerard, entre estos dos hombres debió de existir alguna conexión. Tienen números de prisioneros identificativos, prácticamente contiguos. Nos falta una pieza del puzzle que debería encajar entre ambos…

- Sin duda estamos en el buen camino. Pero te pediré un favor personal. Yo llevo muchos años sosteniendo estas fichas entre mis manos. Prácticamente las conozco de memoria. Hasta ahora, cuando has encontrado una ficha sólo has observado la parte de adelante que es donde figuran los datos personales del prisionero. Te ruego que continuemos en esa línea de investigación. La parte trasera de la ficha, a la que no has prestado atención alguna hasta ahora, indica cuál ha sido la fecha de ingreso en el Campo y el destino final del prisionero… continúa sin leerlo por favor. Primero llenemos el baúl de la esperanza de alegría y optimismo y, finalmente, cuando tengamos todo ubicado, veremos si el esfuerzo que hemos realizado merece la pena ¿Te parece bien, Ramón?

- Por supuesto. Prometo no mirar en ningún momento la parte trasera de la ficha, hasta que tengamos situados a los que buscamos. Luego tú y yo comprobaremos si el destino ha sido generoso…

Su cara no me transmitió mucho optimismo, pero no podía negarme bajo ningún pretexto a lo que me pedía con el alma en vilo. Supuse que con el comentario efectuado por Gerard alguna de las noticias no serian muy esperanzadoras, pero sin su colaboración la realización me hubiera sido imposible o mucho más lenta y dura.

Tomó la ficha entre sus manos, la observó unos instantes y me preguntó:

- ¿Fotocopia Ramón?

-  Fotocopia Gerard.

Partió del barracón y se encaminó a realizar la fotocopia que utilizaríamos desde aquel momento para intentar no dañar el archivo original de fichas.     

Tomé nuevamente entre mis manos la ficha de aquel hombre llamado Jesús, que habíamos encontrado con anterioridad. La observé en silencio unos instantes.

“Jesús Rebollo Merodio – nacido el 3 de Mayo de 1.910 en Belmonte de San José (Teruel) España – profesión: Médico-Dentista – destino: Servicio Médico Natzweiler-Struthof. Prisionero tatuado nº 88/759394 – Republicano Español”.

Durante unos breves instantes tuve la tentación de dar la vuelta a la fotocopia y ver el destino final de aquel hombre, pero recordé que había prometido a Gerard esperar hasta el final de nuestra búsqueda y no podía decepcionar a alguien como él. Pura voluntad.

Gerard regresó con la fotocopia ya realizada, nos sentamos ambos juntos en la misma mesa y colocando ambas fichas sobre la mesa, intentamos cavilar.

- Debían conocerse Gerard. La lógica dice que si ambos están tatuados con un número de prisionero y encima tan cercano, ambos debían conocerse.

- Eso creo yo también, pero… ¿Quién puede ser el que falta entre los números de ambos prisioneros?

- Todo apunta que debe de ser otro de los hombres que buscamos Gerard. Recuerde usted el mensaje que me ha traído hasta aquí, para encontrarme ahora con usted mirando estos datos: "Serafín huye. Arbeitsdiensfuhrer nos ha descubierto y va en tu búsqueda. Esconde la dignidad de los sefardíes en mi pueblo. Un abrazo de Jesús y mío". 12 de junio de 1943. Tenemos una ficha con el nombre de Jesús y otra con el nombre de Francisco Feijoo… quizá fuera este último quien escribiera este mensaje que le enseño…

- Me extraña. Si te vuelves a fijar en los datos de la parte frontal de la ficha de Francisco Feijoo, él está destinado a la Unidad de Servicios de Mantenimiento del Campo, con lo que el acceso a los servicios de comunicación para enviar un mensaje le eran imposibles… tenemos que seguir buscando. El hombre que falta en medio de la numeración de ambos es la clave de todo esto…

- Probablemente tengas razón Gerard. Pero ya es tarde por hoy. Vayámonos a descansar y mañana volvemos a la pelea. Termino de introducir los datos de este portugués en mi ordenador y nos vamos. ¿Te parece bien?

- Perfecto.

Dejamos todo colocado y preparado para continuar al día siguiente y, una vez tuve  guardados todos los datos, cogimos el coche y nos fuimos al domicilio de Gerard. 

Dada la hora que era Marianne ya nos aguardaba, plena de alegría y ánimos.Como siempre, nos preguntó como nos había ido a lo largo del día.

- No ha estado mal cariño – le contestó Gerard – hasta el punto de no haberte echado en falta…

Marianne le golpeó en la espalda con gesto risueño, conocedora del carácter de Gerard.

- Muy bien Marianne. Vamos despacito pero con muy buena letra. Desde luego lo que está claro es que la labor no es tan sencilla como yo la pintaba o creía…

- Paciencia Ramón, paciencia. ¿Acaso piensas que  eres tú el primero que ha venido hasta aquí haciendo cientos de preguntas? – contestó Gerard.

- No creo.

- Pues yo si he visto cientos de personas, con cientos de preguntas sin respuestas, por desgracia. Así que nosotros de momento vamos de maravilla.

- Mirándolo bien llevamos dos días completos mirando fichas y recabando datos. Hemos conseguido hasta ahora dos posibles hombres y según mis conclusiones, me falta uno más… por lo menos.

- Así me gusta, que ambos seáis chicos optimistas – dijo Marianne – Ahora al salón que he preparado ya la merienda-cena, que sé que los españoles sois de los que cenáis tarde y no quiero obligarte...

- Tal y como cocinas Marianne, yo como a cualquier hora. – la contesté poniendo cara de chico bueno ante la mirada de Gerard que nuevamente me reprobaba diciéndome.

- ¡Pelota!

Encogí los hombros y me tiré como los tigres a la mesa.

Las horas que pasaba en la oficina buscando y buscando me abrían el apetito.

Aquella noche departimos sobre España, mis amigos, mi trabajo y la obsesión que me había traído hasta aquel remoto y olvidado lugar de Rothau. Por supuesto, invité a Marianne y Gerard a pasar por Madrid, donde yo seria su anfitrión. Prometieron que a la primera oportunidad que tuvieran lo harían encantados.

Aquella era una pareja curiosa. Gente rodada pero llena de vitalidad y con el corazón lleno de sentimientos nobles y puros.

Al igual que la noche anterior me retiré a dormir pronto, no sin antes quedar nuevamente con Gerard a primera hora para continuar la labor. Ya incluso sabia que no hacia falta decir nada. Gerard y Marianne cuando yo me levantara, estarían ambos dispuestos. Marianne a sus faenas habituales, la buena mujer. Gerard aguardando impaciente que comenzáramos otra jornada.

Nuevamente el apetecible desayuno que habia preparado Marianne me llenó el hueco del estómago que no paraba de rugir a primera hora de la mañana. Bollería y café satisfacían por demás las exigencias de cualquiera.

Cogimos el coche y nos pusimos camino hacia el Campo de Concentración. Cuando llegamos a las puertas pudimos ver que Alain Duple ya había llegado a las instalaciones y estaba abriendo la puerta de entrada.

- Buenos días Señores. ¿Cómo marchan las cosas? ¿Puedo ayudarles?

- Buenos días Alain – contestamos casi al unísono ambos.

- Si quieres y estás dispuesto a revisar ficha a ficha con nosotros, ya sabes, tenemos sitio donde colocarte – le dijo Gerard.

- Claro, claro y mientras tanto... ¿del Museo quién se ocupa, amigo mío?

- ¡Ah! No haberte ofrecido tan de buen gusto… así, a primera hora de la mañana.

- Te lo tomas todo al pie de la letra. Menos mal que te conozco… ¿Pero que va a pensar de mí Ramón? – comentó Alain mirándome.

- Pues que te apetece muy poco ponerte a revisar unas 22.000 fichas a mano, una por una, y menos a estas horas de la mañana. – le dije.

- Parece que me conoces bien en los pocos días que llevas entre nosotros, Ramón – me contestó Alain con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.

- Hala pues, cada mochuelo a su olivo – comentó entonces Gerard, sin saber cómo tomarnos el comentario ni Alain ni yo, cruzándonos una mirada entre ambos y una sonrisa como resumen del comentario.

Nos dispusimos a lanzarnos nuevamente en busca de la ficha perdida y localizar a los prisioneros que buscábamos lo antes que nos fuera posible. Si es que estaban sus datos entre aquel montón de fichas…

Casi había pasado toda la mañana cuando Gerard esbozó una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja. Yo levanté en aquel momento la mirada del montón de fichas en el que andaba buscando y pude ver su cara de alegría de medio lado.

- Lo tengo… ven aquí – fueron sus palabras.

- ¿Que tienes el qué, Gerard?

- Creo que es el eslabón perdido del que hablábamos ayer, mira.

Puso sobre su mesa la ficha y ambos comenzamos a leer los datos que figuraban en ella:

“Marcelino Esteve Ruiz – nacido el 17 de noviembre de 1.906 en Calahorra (La Rioja) España – profesión: Ingeniero de Comunicaciones – destino: Unidad de Comunicaciones Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº 88/759393 – Republicano Español.”

Nos miramos durante un instante en silencio y nos fundimos en un abrazo de alegría, conscientes de que aquel hombre era realmente uno de los que me había llevado hasta allí, e incluso la persona que tuvo posibilidades reales de enviar aquel extraño y misterioso mensaje.

- Es la persona que encaja en este rompecabezas. El es el hombre que estábamos buscando como locos, Gerard.

- Eso creo Ramón. Este hombre, según indica su ficha, sí tenía posibilidades de acceder a los sistemas de comunicación de este Campo de Concentración. Y si no te has dado cuenta, su número de prisionero tatuado es justo el que se sitúa entre el primero que encontramos, Jesús, y el portugués de la segunda ficha que encontramos más tarde, Francisco Feijoo.

- Y además hemos conseguido aclarar dos cosas más. La primera es que sólo nos queda por localizar al último hombre que figura en el mensaje, ese tal Serafín o, al menos, eso creo, porque con la sorpresa del portugués no contábamos. Además, para alegría mía, ya conozco hasta el lugar hacia el que se encaminó ese tal Serafín cuando recibió el mensaje, si es que lo recibió: Calahorra.

- Eso lo sabremos a ciencia cierta, cuando demos la vuelta a esa ficha que tienes en la mano. – me comento Gerard.

- No. Ya sabes lo que te prometí… hasta que no aparezcan todos los hombres que buscamos, no daremos la vuelta a sus fichas para saber qué ha sido de ellos y para saber,  realmente, si toda esta aventura no empieza y termina aquí. Dios quiera que no terminara antes de empezar. Ahora vamos a seguir el procedimiento habitual, fotocopia de la ficha, meto los datos al ordenador y nos ponemos nuevamente a la faena, que aun nos queda por localizar al tal Serafín y con ello terminamos…

- Voy raudo a hacer la fotocopia y regreso para continuar.

- Gracias, Gerard.

- Gracias a ti por abrir las puertas y haber desempolvado el viejo armario de mi alma… - contestó saliendo por la puerta.

Me quede tirado pensando el trabajo que me estaban dando aquellos españoles desconocidos, que por una cuestión del destino habían entrado en mi vida. Coloqué las tres fichas sobre la mesa junto a la copia del mensaje cifrado que encontré en Paris e intenté hacer el resumen de ideas, intentando aclarar qué había conseguido hasta el momento. Otra conclusión era que no sabía lo que se habían traído entre manos aquellos españoles y un portugués, pero que se suponía que el tal Serafín había conseguido escapar de aquel Campo de Concentración y por ello le enviaban un mensaje diciéndole que un tal Friederich Ulm había salido en su busca y captura. Pero, ¿consiguió librarse? ¿Hasta dónde llegó?... demasiadas preguntas que debían empezar a tener una respuesta. Todo esto si aparecía la ficha del tal Serafín…

El sonido de la puerta fue el que me aclaró las ideas y me devolvió a la realidad. Era Gerard que regresaba con la fotocopia. Se dio cuenta que andaba metido en mil ideas que revoloteaban a mi alrededor.

- ¿Qué andas pensando? – me preguntó.

- Lo cerca que andamos. Tanto viaje y tanto trabajo para vete a saber qué consecuencias. Me da algo de miedo conocer la verdad…

- Bueno, sea lo que sea, si esta aventura sale mas allá de las puertas de Natzweiler-Struthof… me mantendrás informado ¿verdad? – preguntó.

Sonreí mirándole a la cara de buena persona que tenía, marcada por la vida y el odio, pero con el rostro sin rencor.

- Tú y Marianne seréis los primeros en saber la verdad, o el desenlace, si esto llega a algo…

Le pasé la mano por encima del hombro y al ver mi gesto, me dijo:

- Venga déjate de mimos y vamos a buscar a Serafín.

Dicho y hecho, nos lanzamos como posesos a terminar la faena, buscando los datos del hombre que cerraba aquella historia.

Perdimos el día entero y no conseguimos ningún dato más sobre algún otro español y tampoco sobre Serafín.

Nos retiramos aquella tarde con la extraña sensación de habernos aproximado un poco  más al objetivo, pero sin llegar a conseguirlo del todo.

También nos preocupaba la cantidad de fichas que nos quedaban por repasar. Aquella cantidad nos suponía, como mucho, media jornada mas de trabajo y si Serafín u otro español no aparecían en aquella montonera de fichas, era o porque no existían datos sobre ellos, con lo que se me complicaba la posible investigación, o habíamos pasado de largo la ficha, con lo que nos tocaría volver a revisar la montaña de datos, nuevamente de principio a fin, complicándose todo.

Marianne, cuando llegamos a casa, debió de notarnos las dudas en la cara y preguntó incesantemente a ambos como nos marchaban las cosas. Las dudas que se generaban ante la situación que vivíamos tras tanto trabajo, no nos hacían ser resolutivos a la hora de darle una respuesta a Marianne.

- Vamos a ver muchachos, cónclave… - nos llamó al orden a ambos.

- ¿Qué ocurre? – volvió a preguntarnos nuevamente en busca de la respuesta que no llegó en la primera ocasión.

- Andamos cerca, Marianne y eso nos genera a ambos dudas y preocupación sobre cómo va a terminar todo esto… - le dije.

- Pues ¡cómo queréis que termine!. De maravilla. La historia de miles de personas que nadie ha recordado durante años, han pasado por vuestras manos. Cada una de esas fichas es la vida de un ser humano que quizá cayó en el olvido para siempre, sin que sus familias tengan conocimiento de lo que fue de él. Vosotros dos, cabezones, habéis destapado ese tarro, dejando que entre aire fresco y de esa manera nadie olvide lo que pasó en el Campo de Concentración. Que consigáis encontrar a todos los que buscáis, no es más que un objetivo. Vosotros ya sabéis que hubo unos españoles que sufrieron, vivieron o murieron en este lugar y con esa información yo ya me daría por contento. Regresaría a mi casa, si no consigo nada más, hablaría con orgullo de unos hombres que dieron, con valentía, su vida por unos principios.

Nos miramos Gerard y yo con cara incrédula. Marianne tenía el don de la palabra oportuna, consiguiendo que todo se transformara a su alrededor en optimismo e ilusión.

- Entiendes ahora por que me quedé aquí, amigo Ramón. Por ella.

- Mereció la pena, Gerard. Mereció la pena.

Aquellas palabras nos infundieron la calma necesaria para que pudiéramos afrontar el día siguiente plenos de optimismo e ilusión.

Así lo hicimos, madrugamos como siempre, desayunamos ambos junto a Marianne y cuando salimos camino del Campo de Concentración, Marianne nos plantó dos besos en la mejilla a cada uno y partimos con la sensación de un final cercano.

Nos pusimos pronto a la búsqueda de la ficha de Serafín, intentando cerrar el círculo lo antes que nos fuera posible, pero la cosa se fue complicando poco a poco. A medida que veíamos bajar la cantidad de fichas que nos quedaban por revisar, nuestra desesperación crecía, olvidando las palabras que Marianne nos había dicho.

Tras cuatro horas de búsqueda y cuando nos quedaban por revisar unas cien fichas solamente, Gerard fue quien se topó con la ficha del hombre que nos había llevado hasta allí.

- Ramón, ¡aquí está! – gritó, levantándose del asiento y saltando de alegría. – pero… ¡aquí hay otra ficha, pegada a ésta!

Acudí como el rayo junto a su vera y entre los nervios, los abrazos y los saltos no éramos capaces de atisbar los datos de las fichas. Le temblaba tanto el pulso que tuve que decirle que dejara las fichas sobre la mesa.

Hice entonces un primer intento de separar ambas fichas y leer los datos, pero me di cuenta que ese honor debía cedérselo al hombre que había colaborado desinteresadamente conmigo, día a día, para encontrar lo que venia buscando.

- Todo tuyo, Gerard. El honor te toca a tí y Dios quiera que sean el o los hombres que buscamos.

Se secó la comisura de los labios, presa de los nervios, y separó ambas fichas tirando con suavidad  para evitar que se rompiese ninguna de las dos. Una vez libres una de la otra, comenzó a leer la primera ficha.

- “Serafín Cifuentes Pigazos - Nacido el 1 de febrero de 1.912 en Caravaca de la Cruz (Murcia) España – Profesión: Abogado – Destino: Unidad Servicios de Mantenimiento Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº 3813/157 – Republicano Español.”

Ambos nos miramos atónitos, sorprendidos, pues había cosas que indicaban claramente que debía ser el hombre que buscábamos, pero su número de prisionero nos descabalaba las ideas preconcebidas.

- Tiene que ser él… ¿No te parece, Gerard?

- Creo que sí pero, ya sabes, ahora son todo dudas. ¿Y ese número de prisionero que te parece a ti? ¿No coincide con los otros, verdad? – me preguntaba mirándome.

- No lo sé. Me estoy liando con tanto jaleo.

- Vale. Qué hago ahora… ¿Leo la segunda ficha, la que estaba pegada?

- Sí, sí. Mira a ver quién es… - le contesté.

- “Samuel Llevia – Nacido el 18 de Abril de 1897 en Mechelen (Bélgica) – Profesión: Rabino-Médico – Destino: Servicio Médico Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº 88/759395 – Sefardí Español”.

Aquello nos volvío un poco más locos e incrédulos de lo que ya estábamos. Otro nombre que unir al grupo y encima un Sefardí. ¿Qué pintaba aquel hombre en toda esta historia?

- ¿Te has dado cuenta Ramón que su número es correlativo?

Con un gesto de la cabeza le dije que sí, luego me eché las manos a la cabeza para sujetar tanta información contenida en tan poco tiempo.

- Bien, tranquilicémonos, como dice Marianne. Vamos a dejar estas dos fichas aquí apartadas del resto y terminamos de buscar entre las pocas fichas que quedan ya. Para asegurarnos que no queda otro Serafín. ¿Te parece?.

Nuevamente asentí con la cabeza y nos pusimos en la faena de terminar de ver las pocas fichas que nos quedaban. Tardamos unos diez minutos más en terminar de revisar la totalidad.

Cuando terminamos, Gerard incrédulo y nervioso, se marchó a hacer la correspondiente fotocopia de la fichas. Yo me quedé, mientras tanto, colocando sobre la mesa, todas las fotocopias que ya teniamos de las fichas que habíamos encontrado y observando los datos de la parte frontal de la ficha. En pocos minutos daríamos la vuelta a aquellas fichas y sabríamos con certeza qué había sido de aquellos hombres…

Cuando regresó con las fotocopias y las fichas, le acompañaba Alain Duple. Este entró junto a Gerard y me preguntó:

- Me ha dicho Gerard que ya habéis terminado de revisar las fichas y vais a ver que ha sido de ellos… ¿os importa que esté con vosotros?

- Por supuesto, Alain. Encantados. Siéntate – le contesté.

Gerard me paso las dos fotocopias y las coloqué, junto con el resto, con cuidado sobre la mesa. Cinco nombres, cinco prisioneros, una sola historia…

Revisamos con cuidado todos los datos de la parte frontal buscando la lógica. No fue difícil de encontrar el nexo común entre aquellos hombres: sus números de prisioneros.

Optamos por colocarlos en orden y dejamos al único que no tenía número correlativo con el resto como el ultimo en colocar.

El resumen era el siguiente:

1º - “Francisco Feijoo Da Pinto – nacido el 29 de julio de 1.913 en Lisboa (Portugal) – profesión: Marino Mercante – destino: Unidad Servicios de Mantenimiento Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº 88/759392 – Republicano Portugués.”

2º - “Marcelino Esteve Ruiz – nacido el 17 de noviembre de 1.906 en Calahorra (La Rioja) España – profesión: Ingeniero de Comunicaciones – destino: Unidad de Comunicaciones Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº 88/759393 – Republicano Español.”

3º - “Jesús Rebollo Merodio – nacido el 3 de Mayo de 1.910 en Belmonte de San José (Teruel) España – profesión: Médico-Dentista – destino: Servicio Médico Natzweiler-Struthof. - Prisionero tatuado nº 88/759394 – Republicano Español”.

4º - “Samuel Llevia – Nacido el 18 de Abril de 1897 en Mechelen (Bélgica) – Profesión: Rabino/Sanitario – destino: Servicio Médico Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº 88/759395 – Sefardí Español”.

5º - “Serafín Cifuentes Pigazos - nacido el 1 de febrero de 1.912 en Caravaca de la Cruz (Murcia) España – profesión: Abogado – destino: Unidad Servicios de Mantenimiento Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº 3813/157 – Republicano Español.”

Permanecimos los tres un momento observando las fichas. Miré el rostro de Gerard y éste me hizo un gesto afirmativo con la cabeza, diciéndome: “adelante”.

Hice girar las 5 fotocopias de las fichas a la vez, hasta dejar su parte trasera boca arriba.

Se hizo un silencio que nos envolvió a los tres… como si la sala súbitamente se hubiera quedado vacía de ideas e ilusiones.

Alain Duple fue quien rompió el gélido silencio, diciendo:

- ¡Dios mío!

miércoles, 24 de febrero de 2016

la dignidad de los sefardies - capitulo 6


la dignidad de los sefardies

Capítulo 6
Durante los siguientes meses, siguieron llegando prisioneros a Natzweiler-Struthof y cada vez llegaban en peores condiciones. Eran, en su mayoría, franceses y polacos.
Samuel se fue adaptando poco a poco a nuestra forma de sobrevivir, a las continuas perrerías y maltratos del Arbeitsdienfuhrer y a la dureza del Campo de Concentración. Descubrió que, aún en aquellas condiciones, intentar sobrevivir merecía la pena.
Nosotros nos adaptamos a su fe, su ilusión y a sus bendiciones y tradiciones hebreas, que aunque nosotros tres éramos rojos y ateos, nos reconfortaban el alma. Al fin y al cabo no nos podía hacer ningún daño que el bueno de Samuel rezara por todos nosotros.
Una noche, en el barracón, le pregunté a Samuel sobre su fe y su Dios. Le insisti si no era el mismo Dios que el resto de las religiones, lo llamaran Buda, Dios o como quisieran.
- Te confundes amigo Serafín. Te confundes y te lo demostraré. Siempre he dicho que los hombres inteligentes se forman estudiando o haciendo preguntas para que alguien se las aclare. Tu inteligencia es de ese tipo y yo, tu amigo Samuel, te lo voy a aclarar. Veras, Serafín, el pueblo de Israel o judío, es el pueblo elegido de Dios. Nosotros no buscamos a Dios, fue el quien nos eligió a nosotros. Abandonamos nuestras tierras y nos encaminamos a una tierra libre llamada Canaán o Israel. Nuestro Rey en aquellos años era David, por eso, la estrella que simboliza a los judíos o hebreos, es la estrella de David. Dos personajes simbolizan nuestra religión: Abraham, que es nombrado por Dios, antepasado por excelencia, padre, patriarca y héroe, descendiente de uno de los hijos de Noé, superviviente del gran diluvio y, por otro lado, Moisés, que fue quien nos salvo de la esclavitud en Egipto, lideró a mi pueblo por el paso del desierto y recibió la “Torá” de manos del Señor en el Monte Sinai.
- Pero yo, Samuel, he leído mucho en la religión cristiana sobre lo que me cuentas…
- Por supuesto Serafín, pero cada hermano es muy libre de tomar el camino que desee aunque éste no sea el acertado. Nosotros seguimos fieles a la Torá, que son los cinco primeros libros de la Biblia, a la Misná, que significa en hebreo instrucción y es una recopilación de las leyes e interpretaciones religiosas hechas por los maestros hebreos y, finalmente, al Talmud, que es la parte legislativa, las leyendas, las anécdotas de la Torá a través del compendio de la Misná. ¿Me sigues?
- Sí, sí, continúa por favor… - replique.
Samuel no se había percatado mientras hablaba, de que se habían ido aproximando compañeros del barracón a oír sus palabras, arremolinándose a su alrededor, unos por simpatía, otros por curiosidad y ansia de saber, algún que otro por afinidad religiosa.
- La Torá ocupa el lugar máximo en la sinagoga, que es nuestro templo o iglesia, pues en ella está la base de nuestra religión. Para que lo entiendas, es una reina a la que se adora y atavía. La Torá se soporta sobre unas guías, llamadas “es ha-jayim” que significa el árbol de la vida y éstas giran para leer y enrollar la Torá. Como la Torá es un texto sagrado no se puede tocar con la mano al leerlo, pues se impurificaría, nosotros utilizamos un “yad” o puntero, en forma de mano normalmente, para señalar la línea de lectura. Habitualmente estas dos piezas de la Torá son de metales y piedras preciosas.
- Pero entonces, algunas creencias son comunes con los cristianos… ¿No? -  le preguntó Marcelino, también interesado en el tema.
- Sí, os lo repito. Pero la diferencia estriba en la interpretación y en seguir unos principios de fe. Nosotros creemos en Dios como máximo exponente religioso. Los cristianos creen en la figura de Jesús, mitificando sobremanera a un humano. Otro de nuestros principios es que creemos que allí dónde hay 10 hombres judíos para rezar, hay una sinagoga.
- De ésas hay unas cuantas en España, Samuel. – Le dijo Jesús.
- Hay unas cuantas en Sefarad, sí señor. Sinagogas, esperanzas, Torá e ilusiones quedaron en Sefarad a miles, por un estúpido edicto de los Reyes Católicos…
- Granada, 31 de Marzo de 1492 – le contesté.
- Me sorprendes, Serafín, con tus conocimientos – me dijo con una amplia sonrisa.
- España abría en aquella época las puertas a un nuevo mundo y se las cerraba a su propia gente y su propia historia… - afirmé.
- Sabias palabras. Yo, personalmente, daría cualquier cosa porque mi gente pudiera volver a Sefarad. Incluso me gustaría morir allí… - dijo aganchando la cabeza.
Se hizo un silencio que nos envolvió a todos los presentes. Sus palabras calaban hondo.
- Pues claro, en cuanto esto termine nos vamos a marchar todos a Sefarad, primero, a vivir, después, si es menester, a morir – le dijo Marcelino rompiendo el hielo. – Pero venga, síguenos contando cosas de los hebreos Samuel…
- ¡Que más deciros!. No sé… ¡Nuestro día sagrado por excelencia es el Sabat, lo que todos conocemos por el sábado. En ese día tenemos prohibidas todas las actividades, tanto laborales como domesticas. Es un día dedicado a la oración y el estudio de la Torá. Somos los varones los que tenemos la principal obligación religiosa, el Sabat, mientras nuestras mujeres ultiman los preparativos para la cena. Tantas y tantas cosas os podría contar…
¡Ah!. Sí, otra cosa muy importante que contaros, algunos incluso ya lo sabéis – se agachó sobre las mantas de su cama y saco de allí su apreciado Kipá –, ésto sirve para identificar a los hebreos o judíos, es el llamado Kipá y marca el territorio donde Dios los es todo, que es todo el espacio por encima del kipá y donde yo no dejo de ser un insignificante hombre que está por debajo de éste…
- Tu no eres insignificante Samuel – le dije intentando animarle.
- Perdón Samuel… ¿Te puedo hacer yo una pregunta? – era Francisco Feijoo el que esta vez se atrevía a interrogarle – Entonces, los hebreos sois gente sin tierra, ni patria ¿No?
- Tenemos tierra y patria, amigo Francisco. Tenemos la tierra de Canaán e Israel que son las tierras que nuestro Dios nos ha prometido. Otra cosa es que estén ocupadas por infieles, pero tarde o temprano podremos unirnos todos los hebreos al amparo de una bandera y una religión…
Estaba claro que Samuel era hombre de ideas fijas y claras y con esas ideas acabarían sus días. Después de un silencio nuevamente nos comentó a todos los presentes:
- Pero si hay algo que añoro más que Sefarad y la tierra prometida, eso es mi familia, de la que no se nada desde hace ya casi un año. Sólo le pido a Yahvé que hayan tenido la misma suerte que yo al caer entre tan buena gente.
- Seguro que sí, Samuel – le contesté.
- Seguro que sí – me contestó y se acurrucó en su cama, hundiéndose en los recuerdos y la añoranza de su familia.
Aquel hombre tenía el corazón partido entre la ausencia de su familia y de su tierra. Tan sólo el recogimiento espiritual le ofrecía paz. Nosotros no dudábamos en ayudarle.
Aquella noche cuando todos se habían acostado, Jesús nuevamente volvió a vomitar…
El resto de los que formábamos el grupo habitual, nos volvimos a tapar la cabeza intentando no escuchar su sufrimiento noche tras noche.
Samuel, en numerosas ocasiones, intentó consolar y tranquilizar a Jesús para evitar que se destrozara el estómago. Jesús nos respondía a todos con una frase que nos sorprendía y aturdía:
- Amigos, lo que a mí me quita la vida a otros se la dignifica.
No volvimos a comentarle nada ante la extrañas respuesta, pero soportábamos, sufriendo, sus vómitos.
Marcelino continuaba con las tareas habituales de transmisión de mensajes codificados y reparación de los equipos de comunicación y se obsesionaba sabiendo que, como parte conocedora de los secretos alemanes de comunicación, jamás saldría de allí con vida. Por ello, aprovechaba cada receso para poner al día los datos de los prisioneros y duplicar las fichas y esconderlas, porque también tenía claro que, llegado el momento en que los aliados descubrieran aquel Campo de Concentración, los nazis no tardarían nada en destruir todos los documentos que les pudieran comprometer con las barbaries que ocurrían en aquel lugar. Las fichas de Marcelino quizá pudieran resultar una parte esencial para que la gente que había llegado hasta aquel Campo, a vivir o a morir, no quedara para siempre jamás en el olvido.
Francisco Feijoo y yo continuábamos con las tareas de limpieza y reparación de los exteriores del Campo. Bajo el frío, bajo el calor sofocante, bajo el hambre pudimos los dos ver como caían muchos de los compañeros de labor y, por suerte o fortuna, la sombra de la muerte no nos había tocado ni a Francisco, ni a mi.
Friederich Ulm continúo matando, presionando y torturando a diestro y siniestro.
Para Jesús y Samuel la hecatombe final llego pocos meses mas tarde, cuando Friederich Ulm les comentó que los Servicios Médicos del Campo tenían previsto realizar, en un plazo de unos meses, para la Universidad de Estrasburgo, un estudio antropológico sin parangón en el cúal se demostraría la superioridad de la raza aria. Para ello sería necesario el sacrificio de unos cuantos judíos.
Friederich Ulm sonrió al ver la cara de ambos y pasándoles el brazo por encima de los hombros a ambos, les felicitó por tener la suerte de hacer grande la historia de Alemania, aunque lo que en realidad hacía era meter el dedo en la llaga, conocedor del carácter de ambos.
Aquello significaba tener que ver como se gaseaba a pobres inocentes y ver incluso las disecciones de estos “en pro de la ciencia”.
Sufrir recogiendo los cadáveres, ya no de los que morían de hambre y agotamiento cada mañana, sino de aquéllos que los alemanes consideraran aptos para demostrar lo indemostrable en nombre de la ciencia. Pura miseria.
Y después de recogerlos, amontonarlos y comprobar su fallecimiento, verificar uno por uno que no se marcharan al otro mundo con oro o cualquier otro metal en los dientes.
Realmente, Jesús era quien realizaba aquella dura tarea de tener que abrir las bocas y arrancarles los dientes mientras el Arbeitsdienfuhrer no estuviera presente. Mientras tanto, Samuel daba la Semá o bendición entre los que ya no podían responderle, pero él con paciencia divina iba cerrándoles a todos los ojos, siendo el último punto de conexión entre aquellos hebreos y los brazos de Dios. Eso sí, cuando aparecía en las proximidades la figura de Friederich Ulm tomaba los alicates en la mano y arrancaba los dientes como lo hacia Jesús, cayéndosele el alma en cada operación.
Y Jesús, por las noches, vomitaba incesantemente.
Llegó por aquella época un convoy de soldados franceses de la resistencia a los cuales el  Arbeitsdienfuhrer trataba con especial crudeza, matándoles poco a poco mediante trabajos durísimos y haciéndoles sufrir de hambre todos los días.
Lo recuerdo especialmente, porque la patrulla de limpieza de cocinas una de las tardes, sacando los desechos de los comedores de los soldados alemanes tropezaron y toda la basura cayó por la pendiente en la que estaba ubicado el Campo de Concentración. Los hombres destrozados que estaban alrededor se arrojaban como alimañas sobre los restos de la comida, matándose entre ellos por conseguir un maldito bocado de porquería que alimentara sus desdichados cuerpos.
Cómo no, viendo la escena apareció la negra sombra de Friederich Ulm, que se negaba en rotundo a que aquella gente tuviera derecho aunque fuera a dar un bocado sobre la basura. Gritaba como un poseso, intentando separar a la jauría de hombres desesperados que se tiraban unos sobre otros para conseguir algo entre la basura que llevarse a la boca.
Ciego de ira sacó el arma y disparó a todo lo que se movía a su alrededor, matando a muchos de los prisioneros que se arremolinaban sobre los restos de basura.
Con los disparos muchos dieron marcha atrás en el intento, pero cómo no, Friederich Ulm no contento con lo sucedido y con la carnicería producida por los disparos lanzados sobre aquellos desgraciados, levantó su mano señalando a los dos hombres que transportaban el cubo de comida que se había caído.
- ¡ Ilr zwei an den Galgen!…
Vosotros dos, a la horca, les gritó, mientras hacía el gesto a los soldados alemanes presentes para que los llevaran a la visita de la soga.
- El escarmiento os hará más fuertes al resto – gritaba a continuación en alemán.
Mandó a los que estaban alrededor que recogieran todos los cadáveres y los llevaran al crematorio, no sin antes haber hecho una señal a Jesús y Samuel para que retiraran lo que tuvieran de valor para el ejército nazi.
Nos ordenó a todos los presentes que quedábamos, que fuéramos encaminándonos con paso rápido hasta donde se encontraba la horca. Quería que viéramos otra más de sus locas tropelías, por lo que dio las órdenes precisas a otro grupo de soldados para que nos obligaran a ir hasta el lugar indicado.
Luego acompañó personalmente al grupo de soldados alemanes que había detenido a los dos pobres desgraciados que él había señalado, para comprobar que se cumplían sus órdenes.
Colgó a ambos de la horca sin pestañear, dando una patada a la caja en la que ambos se habían subido, de tal manera que no morían realmente ahorcados, sino asfixiados ya que la cuerda era muy corta.
Todos los prisioneros que estábamos presentes tuvimos que comprobar horrorizados cómo se prolongaba la agonía de los dos prisioneros colgados de aquella maldita soga.
Friederich Ulm personalmente había pateado la caja que los sostenía a la vida.
Tras comprobar que estaban muertos, Friederich Ulm indicó a Jesús y Samuel que bajaran el primer cuerpo. Después, cuando iban a retirar el cuerpo del segundo hombre, el Arbeitsdienfuhrer proclamó en voz alta que prefería que lo dejáramos  allí en lo alto, para público escarmiento de todos los judíos de aquel Campo.
Nos habíamos planteado en mas de una ocasión intentar fugarnos de aquel lugar, pero los intentos anteriores de otros compañeros o prisioneros habían tenido éxito en excepcionales ocasiones. Aún así, nosotros lo planteamos infinidad de veces.
El mejor resumen es que quizá era mejor dejarse la vida en el intento y acabar con el sufrimiento de una vez por todas. Primero la Guerra Civil española, ahora la II Guerra Mundial. Demasiadas guerras para mentes cansadas y cuerpos destrozados.
A la mañana siguiente, Samuel y Jesús se dispusieron a pasar con la carretilla de la muerte, así era como la llamábamos los prisioneros, para recoger los cadáveres que esa noche había vuelto a dejar y como ellos dos venían haciendo todos los días.                .
Algunas veces, mirábamos los cuerpos inertes con una mezcla de dulzura y envidia. Al fin y al cabo, el sufrimiento para ellos había terminado y aquel último viaje no era lo peor que le podía pasar a un ser humano, sino el camino que teníamos que recorrer de vejaciones y necesidades hasta llegar a ello.
Cuando se dirigían hacia el crematorio, pasando primeramente por el Servicio Médico, se acordaron del pobre desgraciado que pendía de la horca desde el día anterior y fueron en su busca. 
Antes de ello colocaron los cadáveres en el ascensor que les conduciría al primer piso donde estaba el horno crematorio. A ellos, encargados de recoger los cadáveres solo les cabía el honor de acompañarlos hasta aquel lugar, el resto del viaje era sólo “un privilegio de los muertos”.
Regresaron ambos ya con el carro vació hasta la horca y Jesús con paciencia, volvió a colocar el cajón en su lugar y soltó totalmente la soga para que Samuel, con el cuidado que le caracterizaba, tomara el cuerpo inerte de aquel hombre en brazos y lo descendiera suavemente sobre el duro y frío suelo.
Jesús tras colocar nuevamente en su lugar la soga, bajo del cajón. Samuel procedía a cerrar los ojos del fallecido y otorgarle por voluntad propia, la Semá.
Mientras Samuel procedía con el ritual, Jesús se arrodilló a su lado y ambos juntos despidieron a aquel desconocido en su último viaje.
Subitamente, como aparecida de la nada, vieron una sombra a sus espaldas, pero temerosos, no osaron levantar la cabeza para ver de quien se trataba.
- ¿Qué están haciendo mis cachorros sin mi permiso?
La voz de Friederich Ulm retumbaba en la cabeza de ambos como un castigo. No fueron capaces de articular palabra, ni tan siquiera moverse, tan sólo comenzaron ambos a llorar.
- ¿Acaso os he dicho yo que había que descolgarlos de la horca? Judíos de mierda. Os voy a enseñar un lugar que no habéis visitado aún en el Campo…y no os perdono ni una más, la próxima os columpio en la horca.
Hizo una señal a unos soldados que le seguían y éstos ataron las manos de Samuel y Jesús a la espalda mientras los conducían a una zona donde existía un barracón grande  que llamaban el “bunker”.
Ninguno de nosotros había tenido oportunidad, ni quería tenerla, de ver lo que había en su interior hasta aquel momento. Los gritos de dolor que salían desde su interior se podían escuchar algunas noches. Jamás nos atrevimos a preguntar qué era aquel lugar, hasta que Jesús y Samuel lo conocieron en sus propias carnes.
Friederich Ulm los introdujo al interior y el primero en soportar el castigo fue Samuel.
Lo colocaron sobre lo que ellos llamaban un “caballo de apaleamiento”. Doblaron su cuerpo, exponiendo la espalda al aire. Atado de pies y manos a aquel artilugio solo quedaba soportar el dolor.
Friederich Ulm le dio un último aviso a Samuel:
- ¡Cuenta en alemán mientras te golpeo, porque si no empiezo la cuenta de nuevo! ¿Entendido, Samuel?
Con un gesto de su cabeza en la posición en la que estaba, Samuel contestó afirmativamente al Arbeitdiensfuhrer.
Friederich Ulm levantó en alto la fusta y golpeó con ira a Samuel en la espalda mientras le decía:
- ¡Ein! No te escucho, Samuel.
Samuel respondió repitiendo el número en alemán, apretando los dientes y soportando el dolor.
- ¡Zwei! No te oigo, Samuel – le gritaba Friederich Ulm.
Samuel respondió gritando con fiereza el número dos, intentando soportar el dolor. Y así continuó respondiendo con fuerza, golpe tras golpe hasta un total de 20 azotes que le propinó el Arbeitdiensfuhrer.
Cuando le soltaron del caballo de tortura cayó como una madeja desvencijada sobre el suelo. Friederich Ulm ordenó que lo levantaran y sentaran para que pudiera presenciar el mismo castigo en su amigo Jesús.
Repitió la misma operación con Jesús, dejando a ambos destrozados. Después del castigo, se lavó las manos y la cara en una palangana que le habían aproximado y comentó a Jesús y Samuel:
- Es el último aviso que os doy. La próxima no seré tan benevolente con vosotros. Sois algo especial para mí pues lleváis mis marcas, pero si os torcéis del camino designado, ya sabéis... –.
A continuación ordenó a los soldados presentes:
– Ponedlos a ambos tres días en una de las celdas de aislamiento individual
Aquel lugar supimos tiempo después por boca de ambos, que consistía en una celda donde por su estrechez sólo podías permanecer en pie todo el tiempo. No podías agacharte. Allí permanecieron los tres días que Friederich Ulm indicó y cuando regresaron de nuevo junto a nosotros, no parecían ser los mismos hombres.
Tuvieron suerte de pertenecer al Servicio Médico, pues sus cicatrices pudieron ser tratadas con rapidez antes de que se infectaran, una vez salieron del bunker de castigo.
Lo peor de todo no era el castigo, sino la sensación que teníamos todos de que el Arbeitdiensfuhrer ya tenía entre ojo y ojo a Jesús y Samuel, de manera que cualquier excusa o fallo por parte de ambos, justificaría su asesinato por las propias manos de Friederich Ulm…

La dignidad de los sefardies - capitulo 5


la dignidad de los sefardies
Capítulo 5

Después de haber observado durante un largo rato, la maldita soga que pendía de la horca y haber retorcido mi mente en mil ideas que, no tardando mucho, empezarían con un poco de suerte, a tomar forma y a concretarse definitivamente, emprendí camino hacia las oficinas del Museo para encontrarme nuevamente con el señor Alain Duple.

Me vio llegar y enseguida se interesó por mi opinión acerca de lo que había visto en la pequeña visita al Campo. Departimos nuevamente en francés.

- ¿Qué le ha parecido el Campo Sr. Aller?

- Sinceramente, jamás llega uno a imaginarse que esto haya sido posible en pleno siglo veinte, cuando se supone que el ser humano ha alcanzado su máximo esplendor intelectual y de comprensión, en cuanto a todo lo que le sucede y rodea. Pero quizá lo que más me ha impresionado ha sido la horca ¿Sabe usted si realmente hubo gente que murió en ella Sr. Duple?

- Por desgracia, sí. Muchas personas perdieron la vida en esa horca. Era especialmente utilizada en los casos de intentos de fugas, como escarmiento hacia el resto de prisioneros. Por decirlo de alguna manera era un escarmiento publico para conseguir que el resto de prisioneros no tuvieran la intención de intentar la fuga… pero. por favor, llámeme Alain.

- Lo haré encantado Alain, si usted también  me tutea y me llama por mi nombre de pila, Ramón. Otra pregunta ¿sabe usted si algún español murió en esa horca o consiguió fugarse de este Campo?

- Unos cuantos españoles republicanos vivieron, sufrieron y padecieron en este Campo de Concentración. No muchos, pero algunos hubo. Respecto a si ellos fueron protagonistas de alguna fuga, no lo puedo asegurar. Sé decirle, eso sí, que de este Campo de Concentración consiguieron escapar, desde su apertura, unas 30 personas. No sé decirle qué nacionalidades tenían los que lo consiguieron Pero si sé decirle el número de los que no lo consiguieron: en este Campo murieron 22.000 seres humanos en un calculo aproximado… Por desgracia digo aproximadamente, pues es imposible que jamás lleguemos a conocer con exactitud la cantidad de vidas perdidas en este lugar.

- Casi prefiero callarme, amigo Alain. Ahora me parece ridículo a lo que yo he venido, comparado con esas cifras. Yo he venido a buscar lo que fue de al menos 3 españoles en este Campo de Concentración.

- Tres personas son un motivo más que suficiente, amigo mío, para acudir a investigar un pasado y otorgarles a muchos de ellos un presente y un futuro. Te comento esto, Ramón, por que miles de familias acuden aquí y a otras muchas instituciones vinculadas a nosotros y al Campo de Natzweiler-Struthof para saber quá ha sido de familiares o allegados. Ponerles nombre, saber si murieron aquí y honrar su memoria. Si tú eres capaz de situar a esos tres españoles, sabremos algo más de lo sucedido aquí, e incluso, quizá puedas contarle a su familia, si aún la tienen, lo que les sucedió.

- Tienes razón, Alain. Si me indicas donde tenéis el archivo me pongo en marcha inmediatamente.

- Vamos pues, amigo Ramón.

Acudí junto a Alain, hasta otra nueva oficina contigua a la Exposición Permanente del Museo. Dentro se guardaban los documentos, enseres y cualquier otro elemento que forjó la historia de aquel Campo de Concentración. Cientos de papeles, información, material bélico, equipamientos militares alemanes, trajes de prisioneros, equipos de transmisión, etc. Todo un arsenal a mi disposición para estudio e información.

- Venga usted conmigo, Ramón. Le voy a presentar a alguien muy especial.

Acompañé a Alain hasta el fondo de la estancia. Sentado en una de las mesas se encontraba un hombre de avanzada edad que me recibió con una amplia sonrisa, incorporándose de la silla en la que estaba leyendo el periódico.

- Ramón, este es el señor Gerard Lavalle, deportado, prisionero de guerra en este Campo y persona que colabora al mantenimiento de la historia que encierran estas cuatro paredes.

- Sr. Lavalle, es un placer.

Estreche su mano árida, ruda y la sostuve unos instantes. Quizá podía ser la obsesión pero tuve la sensación de sentir la historia en un apretón de manos. Estaba seguro que aquella piel podía hablar por si sola y aquello me merecía el máximo de los respetos.

- Bonjour, Monsieur Ramón. Enchanté.

Alain aprovechó el momento de silencio para decir que nos abandonaba y que si necesitaba algo allí estaba el teléfono para llamarle, pero que creía que con la presencia de Gerard tendría más que suficiente.

- Bien, joven ¿Qué busca usted exactamente? – me preguntó el señor Lavalle en francés.

- Vengo buscando al menos a tres españoles que estuvieron en este Campo de Concentración…

- Españoles republicanos, claro. Porque nacionales en un Campo de Concentración alemán en la II Guerra Mundial debió de haber pocos. 

- Creo que sí.

- Creo recordar algún compatriota suyo, pero han pasado tantos años, tantas caras por mi mente que me es imposible.

- ¿Pero estuvo usted aquí realmente? ¿Cuántos años tiene? – le pregunté.

- Bien, bien, Ramón. Las preguntas de una en una, que no estoy para complicarme la cabeza con muchas cosas a la vez... Efectivamente, estuve ingresado en este lugar desde enero de 1943 hasta su liberación. Esto responde a su primera pregunta. Respecto a la segunda tengo 87 años. Los justos. ¿Quiere usted que le ayude a buscar la información?

- No se lo pido, se lo ruego monsieur Lavalle.

- Gerard, por favor, Gerard. No me haga usted sentirme más mayor de lo que soy…

- Por supuesto, Gerard

Tenía un ácido y corrosivo sentido del humor el bueno de Gerard, pero sin duda alguna me iba a ser de mucha ayuda para encontrar información que necesitaba entre tanto papel.

- Bien ¿Por donde le parece que deberíamos de empezar Ramón? – me preguntó.

- Tan solo poseo esta información, Gerard. Un mensaje codificado enviado desde este Campo de Concentración. Dicho mensaje contenía la siguiente frase y fecha:

"Serafín huye. Arbeitsdiensfuhrer nos ha descubierto y va en tu búsqueda. Esconde la dignidad de los sefardíes en mi pueblo. Un abrazo de Jesús y mío". 12 de junio de 1943.

Gerard pareció revolverse en su silla al escuchar las palabras que le había dicho, como si algo de lo que hubiera mencionado le hubiera agitado el alma y el cuerpo.

- Gerard, ¿se encuentra usted bien? ¿Necesita algo?

El hombre se quedó pensativo. Tenía en aquel momento la cabeza y la memoria en otro lugar. Su tez pálida delataba que algo no marchaba bien y no cabía duda que alguna de mis palabras había abierto una puerta que estaba cerrada en su alma y en su recuerdo. Sufrí por Gerard unos instantes, porque hay heridas que nunca terminan de cicatrizar en el alma de un hombre.

Después de un instante, levantó la cabeza y me preguntó de nuevo:

- ¿A dicho usted algo de un Arbeitsdienfuhrer?

- Si Gerard y lo siento. No pensé que le causaría ninguna conmoción. Si ayudarme en esto le va a suponer a usted algún problema, yo me marcho de inmediato.

- No, no, por Dios, Ramón. Verá usted, mientras yo permanecí en este Campo, pasaron muchos oficiales alemanes por él. Entre ellos, recuerdo especialmente a uno con categoría de Arbeitsdienfuhrer, que conseguía que cada vez que su negra sombra aparecía cerca de algo o alguien toda la vida a su alrededor se acababa. Se llamaba Friederich Ulm. Un auténtico hijo de puta asesino. Espero, por el bien de los que usted busca, que no sea el mismo personaje del que yo le estoy hablando.

- Pero tan malo era ese tal Friederich Ulm… ¡Hasta el extremo de conseguir que cuando pronuncio su nombre usted se quede en blanco!

- Malo como la mismísima muerte. Afortunadamente para los que vivíamos en este Campo, un día, inesperadamente, desapareció.

- Me alegro por usted y por el resto de que fuera así.

Sentí un escalofrío, pensando si ese tal Friederich Ulm que me estaba comentando Gerard, podría ser el mismo hombre que se ocultaba en el mensaje que estaba intentando desvelar bajo el nombre del Arbeitdiensfuhrer.

- Continuemos ¿Por dónde le parece que comencemos?

- Españoles en este Campo.

- Pues ya sabes Ramón, a echar una mano y revisar ficha por ficha, y lista por lista, nombre y apellidos de españoles en este Campo de Concentración.

- ¿Quién hizo estas listas y fichas, Gerard?

- No se sabe bien. Lo único concreto que se sabe al respecto es que debió realizarlas algún prisionero del Campo. Debía ser el encargado de actualizar los archivos con los datos de los prisioneros. Se encontraron las fichas, guardadas o escondidas, dentro de un equipo de radio transmisión que había sido vaciado por dentro y estaba repleto de ellas, con los datos de muchos de los prisioneros del Campo. Gracias a eso nuestros datos sobre ellos son bastante buenos. También se encontraron archivos alemanes con datos sobre los prisioneros.

- Siempre hay alguien dispuesto a sacrificarse por los demás entre tanta muerte y miseria…

- Casi siempre…-  me rectificó Gerard.

Nos pusimos a buscar, ficha por ficha, nombres de españoles que estuvieron en Natzweiler-Struthof. Debíamos repasar, de esa manera, unas 30.000 fichas.

Pasamos la mañana completa en busca de datos. Invité a Gerard a comer a mediodía y continuamos por la tarde revisando las fichas en busca de pistas, sin darnos tiempo suficiente aquel día para repasar siquiera una pequeña parte de ellas.

De cuando en cuando hacíamos una parada y nos tomábamos un café caliente, pero yo lo que hacía era disfrutar con aquella enciclopedia viviente que resultaba ser Gerard. Cada pregunta tenía respuesta y cada respuesta una nueva pregunta.

Conocía Natzweiler-Struthof como si fuera su casa ya que, por desgracia, lo fue durante bastante tiempo.

Nos retiramos a descansar aquella primera jornada con tan sólo una posible ficha. La de un español llamado José Martínez Solís.

Quizá fuera aquél, el tercer hombre del que desconocía más datos, el que escribía aquel misterioso mensaje. Pero con ayuda de Gerard, lo descarté. En su ficha personal decía que estaba destinado a la carga de piedras de una de las canteras cercanas, por lo que estaba descartado su acceso a los sistemas de comunicación del Campo o, al menos, eso nos parecía. También quedaba descartado por no figurar su nombre en el misterioso mensaje.

A eso de las 6 de la tarde, Alain Duple acudió hasta donde estábamos enfrascados en la busqueda, para ver que habíamos hecho durante la jornada y avisarnos de paso, que había llegado la hora de cerrar.

Me ofrecí a llevar a Gerard hasta su domicilio y el aceptó encantado. Yo debía regresar a casa de Armand para volver a alquilar la habitación de la noche anterior ya que parecía que mi estancia se iba a prolongar en aquel lugar.

Cuando dejé a Gerard en la puerta de su domicilio en el centro de Rothau, se bajó del coche y me preguntó:

- ¿Dónde va a pasar usted la noche Ramón?

- Regreso de camino hacia el Campo por la carretera que hemos venido. Anoche me alojé con la familia de una casa que hay al lado de la carretera. El hijo del matrimonio se llama Armand.

- ¡Ah! La familia Lafleur. Buen sitio y buena gente. Pero quizá a usted le venga bien quedarse en mi casa, así se ahorra un poco de dinero y me hace compañía. Mucho me temo que, revisando las fichas a la velocidad que lo hacemos, tendrá trabajo para algunos días más.

- Pero no quiero molestarle Gerard.

- No es ninguna molestia, amigo Ramón…

- Gracias.

Aparqué el coche y me dirigí hacia la puerta de la casa de dos alturas dónde me aguardaba Gerard. Con un gesto de su mano me invitó a que franqueara el umbral.

- Marianne, tenemos visita. – dijo en tono alto.

Una mujer menuda, se presentó ante mí. Su cara risueña iluminaba todo a su alrededor.

Me plantó dos besos sin que a Gerard le hubiera dado tiempo a decir mi nombre y presentarme. Tenía la sensación de que aquella mujer era pura vitalidad.

- Pase, pase y siéntese. Déme la maleta. Póngase cómodo en el salón. Vea usted, si quiere, la televisión. Necesita algo…

Respiré profundamente y me di cuenta que no era pura vitalidad lo que rebosaba por su piel, era un ciclón lo que definía a aquella menuda mujer. Ni siquiera me daba tiempo a contestarla.

Gerard, al ver el gesto de mi cara, sonrió y se aproximó a mí para decirme al oído:

- Usted lleva con ella dos minutos… yo llevo toda la vida.

Sonreí ante el comentario. Resultaban una pareja sorprendente. Él rebosaba calma y tranquilidad; ella era pura dinamita. Como se dice popularmente, los polos opuestos se atraen y qué razón tenía en este caso.

Marianne consiguió que mi maleta desapareciera en un instante de mi vista y me encontré con una taza de café, sentado en el sillón con Gerard a mi lado y todo esto sin haber dicho ni mú.

- Marianne, Marianne. Ven aquí – le llamó Gerard.

Marianne apareció con rapidez en el salón, atenta a lo que su marido le pedía.

- Marianne, nuestro invitado se llama Ramón, es español y está haciendo un trabajo de investigación en el Campo de Concentración.

Nos miró a ambos sorprendida, sin saber que decir, casi avergonzada.

- Perdóneme Sr. Ramón. Por ser intentar ser amable, he olvidado los buenos modales y ni siquiera he preguntado su nombre. ¿Me perdona usted, verdad?

- Por favor llámeme simplemente Ramón y yo la llamaré Marianne. Por supuesto que esta usted disculpada, es más, no debe de pedirme ninguna disculpa, está usted en su casa.

- Si me perdona, voy a preparar la cena. Usted cenará con nosotros por supuesto.

Intenté decirle que no se molestara por mí pero cuando quise darme cuenta había dado la vuelta con la velocidad del rayo y se había marchado a la cocina.

Gerard me invitó a ver su casa. Un lugar lleno de emotivos recuerdos de la vida que ambos compartían juntos desde hacia muchísimos años. Una casa donde todo parecía estar en perfecto orden. Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. Un orden y una limpieza perfectos debido a la mano de Marianne.

Me sorprendió sobremanera la biblioteca que Gerard tenía a su disposición. Una sala llena de estanterías de libros que versaban sobre los más variados temas. Sobre todo había libros de documentación sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre el holocausto y sobre el pueblo hebreo.

- La belleza de un libro no es comparable con nada, amigo Gerard. – le comenté tomando entre mis manos un tomo anquilosado por el paso del tiempo –. Guardan tantos secretos dispuestos a ser entregados a quien lo abra, sin pedir nada a cambio, que es uno de los mayores regalos que el ser humano puede hacerse. Leer un libro y ampliar el armario de su alma con un nuevo tomo que le otorgue conocimiento, sapiencia y entendimiento para conversar, juzgar u opinar con cualquier otro ser humano… Por cierto, tiene usted unos cuantos libros guardados.

Gerard se quedó sonriente apoyado sobre la puerta, mientras me escuchaba con una mezcla de curiosidad y admiración.

- Nunca nadie que hubiera entrado aquí y había juzgado con palabras tan exactas y con tanta sapiencia, lo que cualquiera de estos libros supone para mí… Así que me tiene que decir de qué trabaja usted, porque el conocimiento se debe de obtener del estudio y de la lectura y usted,  Ramón, por su manera de hablar, es de los que ha leído más de un libro.

- ¡Oh!. Perdón, Gerard. Perdón por el descuido. Soy profesor en la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de historia medieval.

- Ya decía yo que tanta disertación... ¡Así que profesor de historia medieval!

- Sí. Y un enamorado de la historia…

La voz de Marianne nos interrumpió en aquel instante, llamándonos a la mesa para compartir una temprana cena, que para mis hábitos españoles era demoledora.

Gerard me invitó a que pasara delante de él hacia el salón.

Marianne había dispuesto todo en perfecto orden y nos sentamos todos a la mesa para compartir un rato de charla y comida. Cuando ambos estuvieron sentados a la mesa, pregunté a Marianne cómo se habían conocido.

- ¿Cómo nos conocimos? Fue gracias a los aliados, el 23 de noviembre de 1944. Cuando llegaron a Natzweiler-Struthof jamás pensaron encontrarse con el horror que supone un Campo de Concentración. Unos cientos de prisioneros vagaban sin rumbo de un lugar a otro. Otros miles habían sido llevados por los nazis hacia otros Campos de Alemania y Polonia, dejando el camino regado de cadáveres y muerte. Los americanos pidieron ayuda al pueblo para sacar adelante a los que habían quedado exhaustos en el Campo de Concentración, abandonados a su suerte, con la muerte llamando a las puertas de sus destrozados cuerpos y mentes. Gerard era uno de ellos. Lo aproximaron hasta la puerta de casa de mis padres. Era un puro desecho. Se ve que la sopa de mi madre y mis cuidados consiguieron recomponerle el cuerpo. Lo demás se lo puede usted imaginar, no hubo manera de echarle de aquí…

- No me extraña Marianne, cocina usted de maravilla…

- Pelota – me llamó Gerard.

Departimos el resto de la cena y gran parte de la noche entre sonrisas, lagrimas, alegrías y sufrimientos, recordando como habían formado su familia y conseguido escapar con vida de Natzweiler-Struthof.

Yo me acosté no muy tarde, habiendo quedado con Gerard por la mañana a primera hora, para ir juntos de nuevo al Campo. Ya conocía la historia de Gerard y Marianne; ahora debía descubrir la de Serafín, Jesús y quien quiera que enviara aquel extraño menaje.

A la mañana siguiente, Gerard me aguardaba impaciente en el salón de casa con el desayuno ya preparado y ganas de comenzar la tarea. Marianne, cómo no, era quien había preparado el café e incluso había hecho un bollo para tomar en el desayuno.

Desayunamos con calma, intentando que cada bocado nos diera fuerza para la tarea que nos aguardaba y había que reconocer que, a pesar de la edad de aquella pareja, ambos tenían una vitalidad y un apetito sorprendente. Estaban plenos de vida.

Partimos hacia el Campo y aguardamos unos minutos la llegada de Alain Duple, para que abriera el acceso al recinto.

- Buenos días, Gerard. Buenos días, Ramón. ¿Cómo se presenta la tarea?

- Fácil, fácil.- contestó Gerard – Ya sabes que la paciencia y la constancia son la base de toda investigación que se precie.

Me limité a sonreír ante tal afirmación, aunque la verdad es que Gerard tenía toda la razón en lo que comentaba.

Una vez ubicados en nuestras sillas, continuamos repasando ficha a ficha, historia a historia, dato a dato.

Llegada la hora de comer, habíamos conseguido la ficha de otro español y sus datos nos insuflaron a ambos un optimismo rebosante, que nos aportó a ambos mas ilusión y optimismo para continuar en el empeño.

Nos sentamos juntos en la mesa de Gerard, puesto que él había sido quien había encontrado la ficha del prisionero. A continuación saqué mi ordenador e introduje los datos del prisionero. Tardé un poco de tiempo en hacerlo, pues los datos venían escritos a mano en alemán y con esa letra me costaba entenderlos. Fue Gerard, que conocía las fichas como la palma de su mano, quien me leyó los datos con el conocimiento de haber visto esa letra escrita a mano millones de veces.

“Jesús Rebollo Merodio – nacido el 3 de Mayo de 1.916 en Belmonte de San José (Teruel) España – Profesión: Medico-Dentista – destino: Servicio Médico Natzweiler-Struthof. Prisionero tatuado nº 88/759394 – Republicano Español”.

- ¡Creo que es uno de los hombres que buscamos, Gerard! - le interrumpí.

- Dios lo quiera, amigo mío – me contestó con un semblante serio – Pero es raro, muy raro, porque en el Campo de Concentración de Natzweiler-Struthof no solían tatuar a los prisioneros a no ser que fuera alguien muy especial.

- ¿Alguien muy especial? ¿A qué se refiere Gerard?

- Pues que si mal no recuerdo, fue en el Campo de Auschwitz donde solían tatuar a los prisioneros y excepcionalmente sabemos que aquel mal nacido de Friederich Ulm, el Arbeitsdienfuhrer, se dió el capricho de tatuar a algunos de sus prisioneros, los considerados por él de  confianza. Pero tengo que decirte, Ramón, que por desgracia, que yo recuerde, muchos de ellos… - Los ojos se le inundaron en lágrimas antes de pronunciar cualquier otra palabra, de tal manera que parecía que el alma se le ahogaba.

Decidí acabar por la vía rápida con su sufrimiento.

- Lo que sea, será. Lo descubriremos no tardando demasiado tiempo y por favor no quiero que sufra usted con esto… ¿podría hacerme una fotocopia de esa ficha, amigo Gerard?

- Sí, por supuesto. Iré al despacho central para que me la fotocopien. Tú continúa con la labor, que ya ves, Ramón, parece que empieza a dar sus frutos.

- Así lo haré. Gracias Gerard.

- No, gracias a ti, Ramón – cerró la puerta y partió a hacer la fotocopia.

Me quedé mirando la pantalla del ordenador, pensando si Jesús sería uno de los protagonistas del misterioso mensaje. Tenía la corazonada de que no íbamos a tardar en descubrirlo…