Buenas de nuevo:
Si algun@ creia que esto era flor de un dia o que sanseacabo, nada mas lejos de la realidad. Pronto vuelvo con una gran sorpresa, que espero os guste.
Gracias a todos los que habeis leido hasta aqui... que ya es mucho.
Friederich Ulm no ha hecho mas que empezar la guerra....
Nos veremos pronto
miércoles, 20 de abril de 2016
viernes, 4 de marzo de 2016
la dignidad de los sefardies - capitulo 9
la dignidad de los sefardies
Capítulo
9
Cuando Alain Duple gritó
aquel ¡Dios mío!, yo caí derrumbado sobre la silla que me había dado reposo
durante los últimos días, al comprobar la información que figuraba en la parte
posterior de las fichas.
Gerard también se
quedo vacio, como si la esperanza hubiera desaparecido súbitamente.
Tras un silencio de
unos minutos, me levanté de la silla y le dije a Gerard que no podíamos perder
más tiempo en lamentaciones y que ahora nos tocaba cotejar los datos que
habíamos encontrado.
Cogí la primera
ficha, que era la de Francisco
Feijoo Da Pinto y ante Gerard y Alain Duple leí en voz alta los datos de los
hombres a los que habíamos estado buscando con tanto empeño y cuál había sido
su destino final.
Al principio, me tembló un poco la
voz, a la vista de lo poco de luz y de lo mucho negativo que habíamos podido
ver en las fichas de ellos.
En la parte delantera estaban los
datos, de los cuales teníamos constancia, y en la parte trasera figuraba la fecha de su ingreso en el
Campo: el día 14 de febrero de 1942.
A renglón seguido indicaba su destino
final en alemán: “muerto en intento de evasión” el día 11 de Junio de 1943.
Es decir que tras más de un año de
sufrimientos, Francisco Feijoo no consiguió salir vivo de Natzweiler-Struthof.
Al menos parecía que lo había intentado y ello le costó la vida.
Deposité la ficha de Francisco Feijoo
de nuevo sobre la mesa.
Tomé a continuación la ficha personal
de Marcelino
Esteve Ruiz, el segundo de nuestros hombres. Al igual que la primera la leí en
voz alta. El Republicano, especialista en comunicaciones, había ingresado en
Natzweiler-Struthof el mismo día que Francisco Feijoo el 14 de febrero de 1942
y su destino final indicaba “ahorcado” por orden de F. Ulm el día 12 de Junio
de 1943.
- Gerard, Alain, os dáis cuenta. Francisco Feijoo no
consiguió huir del Campo y justo un día después Friederich Ulm mandó ahorcar a
Marcelino… ¡El mismo día que envió el mensaje de advertencia a Serafín y que yo
encontré! – les comenté sobrecogido.
- Lo sabemos, Ramón.
Hemos oído tantas historias acerca de la gente que hubo en este Campo que no te
podrías creer la mitad de ellas – me contestó Alain Duple.
- ¡Y el que debe
firmar esta orden de ahorcamiento es Friederich Ulm! Lo digo por las siglas.
Miré entonces a
Gerard y éste permaneció con la cabeza agachada mientras me hacía gestos
afirmativos con la cabeza, sin querer mirarme a los ojos.
Alain cuando vio la
situación, me hizo un gesto con la mano para que continuara leyendo el resto de
la información sobre aquellos hombres.
Tomé entre mis
manos, temeroso, la ficha de Jesús Rebollo Merodio, el Dentista republicano. Comprobé que la fecha de
ingreso en Natzweiler-Struthof era la misma que la de Francisco Feijoo y la de
Marcelino, el día 14 de Febrero de 1942. A continuación comprobé que a Jesús le
había aguardado el mismo destino que Marcelino, ahorcado por orden de F. Ulm el
día 12 de Junio de 1943.
- Hemos leído mas de la mitad de las
fichas y de momento, hemos perdido a todos los hombres que teníamos Ramón. Te
das cuenta de lo cruel y terrible que era Friederich Ulm… ¿Verdad? Porque está
claro que él fue quien dio órdenes de colgar a Marcelino y a Jesús. Eso esta
claro, ¿no? – me decía Gerard, con el rostro descompuesto como la primera vez
que le mencioné la palabra Arbeitdiensfuhrer.
- Continuemos. Quizá en estos dos
hombres que nos quedan este la pista y la esperanza que necesitamos para
continuar esta aventura – comenté intentando aportar la calma que necesitábamos
desesperadamente.
- Continúa, Ramón, continúa.- me dijo
Alain Duple con rostro serio y preocupado.
Deposité la ficha de Jesús sobre la
mesa y tome entre las manos la de Samuel Llevia el rabino-Sanitario sefardí,
leyendo sus datos en voz alta. Pude observar que su fecha de ingreso en el
Campo de Concentración era posterior a la de Francisco Feijoo, Marcelino y
Jesús.
Samuel había ingresado el día 27 de octubre de 1942 en el Campo de
Concentración, o sea, unos meses más tarde que el resto de los hombres que
teníamos delante, pero cuando continué leyendo la ficha, pude ver que Samuel
había sido el primero de todos nuestros hombres en morir. Ocurrió el día 10 de
junio de 1943. Figuraba como anotación “ejecutado por desobediencia” y la orden
cómo no, era de Friederich Ulm.
Miré al cielo clamando un poco de
justicia ante tanta adversidad. No era normal que hubiera viajado tantos
kilómetros para que ninguno de nuestros hombres hubiera conseguido escapar del
horror. O, al menos, eso deseaba con lo más profundo de mi alma. Porque si no
era así, ¿qué sentido tendría el mensaje que le enviaban? Otra cosa es que no hubiera
conseguido llegar nunca a leerlo. Lo íbamos a comprobar a continuación.
Dejé la ficha de Samuel y tomé entre
las manos la de Serafín.
En esta ocasión no hablé, tan sólo leí
entre líneas antes de dar la información a Alain y Gerard, que aguardaban nerviosos.
Serafín había ingresado el mismo día
que Marcelino, Jesús y Francisco Feijoo en el Campo de Concentración de
Natzweiler-Struthof, el día 14 de febrero de 1942. Serafín, según indicaba su
ficha a continuación, era considerado “evadido” del Campo de Concentración con
fecha 11 de junio de 1943.
- ¡Evadido! ¡Evadido! - les grité a
Alain y a Gerard.
Ambos saltaron como un resorte de sus
sillas. Nos fundimos todos en un abrazo, gritando locos de alegría, como si la
vida nos hubiera ido en todo aquello. Aquella alegría, gritos y abrazos
reflejaban la incertidumbre y los malos ratos que habíamos pasado ante tanta
duda acumulada.
Mientras tanto Alain tomó la ficha en
sus manos y verificó que lo que yo decía era correcto. Su rostro se ilumino
mientras leía.
“Serafín Cifuentes Pigazos –
ingreso 14 de febrero de 1942 – anotación: FLUCHTIG, día 11 de junio de 1943 “.
Fluchtig en alemán, era un preso
fugado.
Un hueco a la esperanza asomaba por
detrás de los nubarrones que nos habían perseguido en las últimas horas.
Nos sentamos los tres, pasado ya el
rato de emociones, intentando recapitular y reconstruir lo que había ocurrido
con ellos y cuál había sido el resultado final. Era necesario centrar las ideas
y organizar el embrollo de datos que había.
- Bien. Tenemos absolutamente claro
que dados los datos de ingreso y fallecimiento existió una relación directa
entre todos ellos – comenté a Gerard y Alain duple, tomando un bolígrafo y
anotando en un folio en blanco los siguientes datos, mientras hablaba con ambos.
- Veamos pues, lo que tenemos hasta
ahora claro en toda esta montaña de datos.
1º - El primero en morir fue Samuel
Llevia el día 10 de Junio de 1943, ejecutado por desobediencia por F. Ulm.
2º - El segundo en morir fue Francisco
Feijoo al día siguiente el 11 de junio de 1943, pero indica que fue “muerto en
intento de evasión” y ese mismo día Serafín Cifuentes Pigazos tiene anotado
en su ficha personal que consiguió evadirse o huir indicándolo en su ficha como
Fluchtig, preso fugado.
3º - Al día siguiente, 12 de junio de
1943, Marcelino Esteve Ruiz y Jesús Rebollo Merodio mueren ambos ahorcados en
el Campo de Natzweiler-Struthof, cómo no, por orden de Friederich Ulm. No
obstante, suponemos que Marcelino, conocedor del desenlace que les esperaba a
él y a Jesús, envía el siguiente mensaje codificado a Serafín, con no se qué
objetivo:
"Serafín huye. Arbeitsdiensfuhrer
nos ha descubierto y va en tu búsqueda. Esconde la dignidad de los sefardíes en
mi pueblo. Un abrazo de Jesús y mío”
El mensaje está datado e interceptado
por la Resistencia, el día que ambos fallecen, el 12 de Junio de 1943.
4º - La lógica dice que este mensaje
le da la orden a Serafín de encaminarse al pueblo de Marcelino, para esconder
algo que ellos llaman “la dignidad de los sefardíes”. El pueblo de Marcelino es
Calahorra que esta en La Rioja ,
por lo tanto se supone que Serafín, si recibió correctamente el mensaje, debió
encaminarse hacia ese lugar.
Ahora yo os preguntó a ambos… Samuel
Llevia era sefardí ¿les pudo entregar algo a los otros compañeros para
depositarlo en España? ¿Qué os parece?
Fue Gerard quien se lanzó a dar su
opinión:
- Yo pienso que él no les entregó
nada. Creo simplemente, a mi parecer, que su muerte desencadenó la decisión del
resto del grupo de intentar la fuga. Quizá leyendo sus fichas, sus destinos y
quien los mandó matar a algunos de ellos, decidieron que era el momento de
intentarlo y lo hicieron. Aunque por lo visto en las fichas de Marcelino y
Jesús y el mensaje que enviaron a Serafín, ambos debían tener claro cuál iba a
ser su final y así sucedió. Debían tener un contacto directo con Friederich
Ulm, el Arbeitdiensfuhrer y aquello debió de ser una tortura. Hasta que un día
y de eso sabes tú, Ramón, que tengo conocimiento propio, aquel hombre negro
desapareció para siempre y por lo que tengo en claro ahora, creo que debió de
partir desde este Campo de Natzweiler-Struthof en busca de Serafín. No puedo
imaginar lo que Serafín se llevaba del Campo, eso llamado “la dignidad de los
sefardíes”, pero para que Friederich Ulm saliera en su busca, debía ser algo de
mucho valor o haberse sentido muy traicionado. Todo esto lo comento por el
resumen de lo visto hasta ahora y por el conocimiento propio, por lo que tuve
que sufrir aquí, conociendo al asesino de Friederich Ulm, el Arbeitdiensfuhrer.
- Apoyo tu tesis, maestro. – le dijo
Alain Duple.
- No seré yo quien ponga en tela de
juicio tu resumen, Gerard. Nadie mejor que tú para hacer un resumen perfecto. –
contesté uniéndome a Alain Duple en sus opiniones.
- A partir de ahora, entonces… ¿Que
tienes pensado hacer? – me preguntó Gerard, como marcando una línea final.
Sonreí agachando la cabeza, mientras
pensaba qué le iba a contestar al viejo sabio. Respire profundamente y
conteste.
- A partir de ahora, voy en busca de
Serafín… a Calahorra en la
Rioja. Tengo claro que empecé a buscarlos por una mera
curiosidad, pero después de todo esto hasta que no termine no me detendré…
- Quizá existe un pequeño detalle que
se te escapa, amigo Ramón – me dijo sonriendo Gerard – vas en busca de Serafín,
pero y si en vez de encontrarlo a él, encuentras a Friederich Ulm…
- Pero… - me detuve unos instantes
recapacitando y aquella era una más que probable lógica y cabían bastantes
posibilidades de que así fuera.
- No hay peros. Friederich Ulm es un
asesino que se libró de los juicios de Niuremberg, porque desapareció y nadie
lo encontró jamás. Probablemente porque debió vivir bajo otra identidad y ha
conseguido subsistir así durante años. Asegúrate incluso que si, por causas del
destino, encuentras a Serafín, éste no sea Friederich Ulm, suplantando su
personalidad. Dios no lo quiera. Pero aun así, si te encuentras con ese
asesino, ya sabes que debes comunicarlo de inmediato a la policía…
- Lo prometo, andaré con lo ojos
abiertos. Hasta ahora no había pensado en esa posibilidad, ni remotamente…
- Sabe mas el diablo por viejo, que
por diablo… - terminó de decirme Gerard – Aquel cabrón del Arbeitdiensfuhrer
nos hizo sufrir, pero también nos convirtió en supervivientes.
- ¿Os parece bien que nos vayamos a
comer?… Yo invito - Alain Duple era quien se ofrecía a tan amable
acontecimiento.
- Gracias Alain, pero soy yo quien
invitará a ambos. – apuntó Gerard – pues a Ramón ya no le debe de quedar nada
de tiempo para estar entre nosotros, una vez concluida la investigación aquí. Y
ese placer de invitar a la comida debe de tenerlo Marianne, que ya le ha tocado
dar de comer a este señor más de un día…
- ¡Y cualquiera dice que no, con la
mano que tiene! - le contesté.
Así que entre risas y alegrías,
cerramos la oficina de trabajo y nos pusimos en marcha con el coche de alquiler
hacia el domicilio de Gerard y Marianne.
Cuando llegamos los tres, Marianne se
sorprendió e incluso se mostró preocupada por lo inesperado de la visita.
- Los muchachos que han rogado y rogado
para que les invitara a gozar de tu mesa. Ya sabes como son… - dijo Gerard, intentando explicar a Marianne
la situación.
- Pero ¿Qué os preparo yo a estas
horas? – nos preguntaba.
- Cualquier cosa es bienvenida,
Marianne. No te compliques, si quieres me lio yo en la cocina… - le comenté.
- Territorio vetado. Es el único lugar
donde mando yo, así que la presencia masculina no es bienvenida, a no ser… a la
hora de fregar que, por supuesto, se admiten voluntarios. – nos dijo Marianne.
Ninguno de los tres contestamos,
haciéndonos los locos.
- No tenía que prepararos nada,
desagradecidos. – nos dijo echándonos al salón.
Nos sentamos a charlar largo y tendido
sobre todo lo que nos había acontecido en los últimos días, desde que había
llegado a Rothau.
Cuando nos quisimos dar cuenta,
Marianne se presentó ante nosotros con la comida ya preparada y nos puso al
orden para que colocáramos la mesa.
Por fin, una vez estuvimos todos
sentados, se bendijo la mesa y comenzamos a cenar. Gerard comentó a Marianne
que ya habíamos concluido la tarea de investigación que me habia llevado hasta
el Campo de Natzweiler–Struthof.
- ¿Pero ya nos vas a dejar, Ramón? –
preguntó levemente desencantada por la noticia.
- Queda mucha faena, Marianne. He
prometido a tu marido que llamaría por teléfono dando noticias sobre cómo
marchan las investigaciones y, por supuesto, a Alain también. Esto sólo ha sido
un primer paso… ahora veremos lo que el mundo y la historia nos depara. Este es
un primer paso en esta busqueda, que sin vuestra ayuda me hubiera sido
imposible dar. Gracias por vuestro tiempo y dedicación.
- Gracias a ti, Ramón. Primero, por
desempolvar el viejo baúl de los recuerdos. Segundo, por mantener viva la
historia de lo que sucedió en Natzweiler-Struthof. Y tercero, por conseguir que
el mundo no olvide… y si encima eres capaz, de encontrar al asesino Friederich
Ulm, entonces… - dudó unos instantes, Gerard, buscando la expresión apropiada –
entonces un monumento, un monumento.
- Ese os lo merecéis vosotros – apuntó
Alain, levantando la copa de vino, en el momento más oportuno y con las
palabras más oportunas.
Departimos durante la comida con
Marianne sobre lo que habíamos conseguido encontrar en los archivos del Campo,
constatando que la aventura no había hecho mas que empezar y que el camino iba
a ser más largo y complicado de lo que parecía en un principio.
Luego me hizo jurar que pasaría en
alguna ocasión a visitarlos. Prometí que cuando todo aquello hubiera terminado,
yo regresaría para verlos.
- No te creo, golfo – me dijo Marianne.
Me encogí de hombros y la dejé con la
eterna duda.
Cuando terminamos de comer, abracé a
Marianne con el alma, dándole gracias por todo lo vivido a lo largo de aquellos
días, sus siempre amables palabras y su consuelo siempre oportuno ante las dificultades.
- Ve con Dios, Ramón – fueron sus
últimas palabras antes de que nos subiéramos en el coche, cargado ya con mi
equipaje, de regreso al Campo.
Durante el breve recorrido hacia el
Campo de Concentración, Gerard, Alain Duple y yo, guardamos silencio. Un
silencio que reflejaba todo lo vivido.
Nos pusimos nuevamente a trabajar en
el barracón, colocando las fichas en el orden en el que estaban originalmente y
dejando todo tal y como lo encontré a mi llegada.
Introduje todos los datos que tenía
pendientes en mi ordenador y comprobé que tenía todas las fotocopias de las
fichas de aquellos hombres, hasta días antes desconocidos, en mi poder, para
futuras y posibles comprobaciones que me pudieran surgir.
Alain Duple se había marchado ya un
rato antes a su despacho, para terminar de supervisar como iban las visitas del
día y a las que, por motivos obvios, había dejado abandonadas, pero con gentes
de su confianza en su labor.
- Y ahora, ¿qué vas a hacer, Ramón? –
me preguntó Gerard.
- Pues coche hasta Estrasburgo y a
buscar algún vuelo barato de última hora que me lleve a Paris o a Madrid…
- No me refiero a eso Ramón, tú sabes
de lo que te hablo. – me volvió a insistir Gerard.
Le miré a los ojos y sonreí ante la
insistencia en su pregunta.
- Te prometo Gerard, que voy a buscar
hasta en el ultimo lugar de la tierra a Serafín… y si con lo que me encuentro
es Friederich Ulm, tu serás el primero en saberlo. Pero te prometo que no
cejaré hasta tener las cosas claras… no desistiré, si es lo que te preocupa.
Se fundió en un abrazo conmigo, el
cual era por si mismo significativo. Era todo un agradecimiento, una despedida
sin palabras.
Recogí junto a Gerard, todo el
material de la oficina y lo llevamos hasta el coche donde guardé todos los
documentos, mi agenda y el ordenador. Luego pasé por el despacho de Alain Duple
para en un sincero saludo de agradecimiento, despedirme de él y ofrecerle la
posibilidad de visitarme en mi despacho de la Universidad Complutense de
Madrid.
- No te olvides de llamarnos con los
resultados de la investigación, por favor.
Ese fue el expreso deseo que me pidió
Alain Duple, tras conocernos y demostrar su más que apreciada colaboración para
con mi persona.
Salimos del despacho y le dije a
Gerard que me acompañara en un último paseo por las instalaciones, cosa a la
cual, como siempre, accedió encantado.
Me dirigí directamente hacia el lugar
donde estaba la horca, deteniéndome justo bajo sus pies.
Miré la soga como lo hice el primer
día que visité el Campo de Natzweiler-Struthof. Lo que marcaba la diferencia en
esta ocasión es que no tenía que hacerme la pregunta que realicé cuando la
contemplé por primera vez. En esta ocasión sabia que aquella soga le había
costado la vida a dos de los hombres a los que iba buscando. Marcelino y Jesús.
Miré al rostro de Gerard con una
sonrisa irónica, conocedor como era ya del destino de aquellos compatriotas, y
tan solo fui capaz de esbozar una frase:
- ¡Maldito seas Friederich Ulm, estés
donde estés! ¡Maldito seas!
lunes, 29 de febrero de 2016
la dignidad de los sefardies - capitulo 8
la dignidad de los sefardies
Capítulo
8
Las heridas del
cuerpo suelen cicatrizar con rapidez. Las que quedan realmente expuestas al
exterior y a la infección son las del alma y ésas estaban causando honda mella
entre nosotros. Como hombres, como amigos y como seres humanos.
Jesús y Samuel
habían sufrido y compartido dolor físico, pero lo peor de todo era que habían
conocido el dolor psíquico, viendo lo que veían a diario.
Los castigos físicos
del Arbeitdiensfuhrer, dejaban profundas
marcas en el cuerpo. El sufrimiento y la vejación vivida, día a día, dejaban
aún más profundas huellas, imperceptibles a la vista, que marcaban el alma y el
espiritu de cualquier hombre.
Friederich Ulm, conocedor
de la naturaleza humana como nadie, sabía hundir y hurgar en la más profunda de
las miserias de la vida a cualquier prisionero o persona que osase mirarle
raro, o no obedecer una orden suya.
Afortunadamente, llegada
la primavera los días empezaron a ser más permisivos con nosotros.
A los que habíamos
conseguido sobrevivir al duro invierno, aquellos días nos parecían una
autentica bendición.
La patrulla de
limpieza, donde estábamos Francisco Feijoo y yo, vio muy incrementado su
trabajo pues tocaba ahora segar los alrededores del campamento, donde la
llegada de las temperaturas suaves de primavera había hecho que brotara con
renovada fuerza, la hierba y los matorrales.
Marcelino continuaba
con la ardua tarea de la comunicación, sintiéndose, como él decía, un poco
traidor por tener que reparar aquellos aparatos nazis, sin olvidar poner al día
los datos de prisioneros y continuar duplicando las fichas sin que nadie lo
supiera.
Un trabajo poco
vistoso y menos agradecido, pero como decía él, quizá algún día alguien podria
sacar provecho de todo esto.
Jesús y Samuel
continuaron en su labor con el incesante goteo de muertos, de depravaciones y
de naúseas, esta vez inspiradas muy de cerca por el Servicio Médico del Campo
que había establecido el programa de diferenciación racial y ya asesinaba sin
reparo a cualquier judío, para ver las diferencias fisicas y étnicas entre
judíos y arios, intentando justificar la superioridad de estos últimos.
Jesús continuaba
vomitando noche tras noche. Todos creíamos que lo que soportaba en sus labores
era la razón, más que justificada, de ello.
Pero cuando menos lo
esperábamos y parecíamos tener todo más encauzado, resignándonos en el día a
día, el desastre y la desdicha llamaron a nuestra puerta, inesperadamente.
Una de aquellas
mañanas, al levantarnos, nos dimos cuenta de que uno de los jóvenes polacos que
convivía con nosotros en el barracón, desde hacia ya mucho tiempo, estaba
moribundo, exhausto en el lecho, sin poder apenas moverse.
Alguno de sus
compatriotas al verlo en ese estado casi inerte y conocedores como éramos todos
de que el fin se aproximaba, llamó a Samuel para que oficiara con él la Semá , el último sacramento
como buen judío.
Samuel, como siempre
sin dudar, se aproximó hasta el moribundo, se sentó junto a él y le preguntó en
hebreo:
- ¿Quieres hacer la
confesión de fe judía, hermano?
El joven asintió con
su cabeza y con un hilo de voz habló al oído de Samuel, que pacientemente reconfortaba
con gestos de cariño al moribundo.
Esbozó aquel joven
una pequeña sonrisa, quizá como despedida final, dando la sensación de descanso
y, posteriormente, falleció en brazos de Samuel.
Samuel miró a su
alrededor, por si había alguien conocido o interesado, por ser familiar o
amigo, en cerrar los cansados ojos de aquel desdichado. Nadie.
Como siempre, Samuel
fue quien pasó la mano sobre la faz del fallecido y cerró sus ojos, bajando el
telón final de la vida.
- Bendito sea el
juez verdadero…
Luego Samuel tomó un
trozo de tela y con algo de agua, se dispuso a lavar el cuerpo del fallecido
como mandan los preceptos hebreos.
Una vez más, la
sombra negra apareció en el umbral del barracón cuando menos lo esperábamos,
sembrando el terror y la duda.
Friederich Ulm tenía
el don de la oportunidad y parecía ser capaz de oler la muerte a kilómetros de
distancia.
Todos se retiraron
hacia las paredes del barracón, alejándose del Arbeitdiensfuhrer, mientras éste
caminaba con paso firme hacia donde se encontraba Samuel con el difunto.
El cabrón esbozó una
pequeña sonrisa, mientras contemplaba impasible la escena, y no dejaba de mirar
a los ojos de Samuel.
Samuel tuvo los
cojones de devolverle la misma sonrisa e incluso mantenerle la mirada.
- Hijo de puta
Sefardí. Te lo advertí, miles y miles de veces, te vas a acordar de mí toda tu
vida… - le gritó el Arbeitdiensfuhrer a Samuel.
Luego Friederich Ulm
cogió de la solapa del traje de prisionero a Samuel y lo sacó arrastrando hasta
el exterior del barracón, arrojándole al suelo.
Marcelino, Jesús y
yo, salimos corriendo al exterior mientras mirábamos horrorizados la escena,
temiéndonos lo peor. La vida de Samuel pendía de un hilo.
Samuel se incorporo
tras caerse, quedándose de rodillas en el suelo. Continúo sonriendo.
No había perdido el
trapo con el que limpiaba el cuerpo del fallecido, antes de que apareciese
Friederich Ulm.
Y Samuel, comenzó a
lavarse la cara, las manos y el cuerpo mientras rezaba en hebreo como en señal
de despedida. Se limpiaba a si mismo el cuerpo, como manda la tradición hebrea,
conocedor de su fatal destino.
Friederich Ulm dio
dos pasos al frente hasta ponerse a su altura. Tenía la ira que ya conocíamos
brotándole por cada poro de la piel. Sin mediar palabra alguna, desenfundó su
arma reglamentaria y la puso en la sien de Samuel. El Arbiendiensfuhrer giró su
cabeza mirándonos a Marcelino, a Jesús y a mí, observando lo que hacíamos.
Jesús hizo un amago
de salir corriendo a por el Arbeitdiensfuhrer, pero Francisco Feijoo, que
andaba por allí, se lanzó a por él impidiendo que se suicidara de aquella
manera.
Mientras, Friederich
Ulm continuaba con el arma apuntando en la sien de Samuel, éste comenzó a
recitar en hebreo:
- ¡Oh tú, que a la
sombra vives del Altísimo y al abrigo del Todopoderoso!
Di al señor: ¡Oh
refugio, alcázar mío, mi Dios, en quien pongo toda mi esperanza ¡
Porque él…
Samuel se detuvo un
instante porque Friederich Ulm tiro hacia atrás del percutor de su arma, sin
separarlo de su cabeza. Samuel nos sonrió a nosotros, cerró los ojos y continúo
recitando.
- Porque él, del
lazo de los cazadores te…
Un sonido ciego inundó
todo. Cientos de pájaros salieron volando de los árboles de los alrededores
debido al estruendo.
Mientras, Friederich
Ulm guardaba el arma, aún humeante, giraba sobre sus pasos y desaparecía del
lugar gritando:
- ¡Scheiss-Jude!
Judío de mierda. Eran
las últimas palabras que el Arbeitdiensfuhrer le dedicaba a Samuel según se
marchaba, continuando en otra dirección su camino de horror y desasosiego.
Jesús se lanzaba
como un poseso en ayuda de Samuel, intentando con las propias manos taparle el
agujero que tenía en el cráneo, por donde manaba la sangre a borbotones,
impregnándole a él, y a los que estábamos alrededor, de rojo.
Poco nos importaba.
Samuel se marchaba y nosotros nos quedábamos aun más solos a partir de aquel
momento. Una dulce sonrisa quedaba en su rostro, mientras Jesús hacia la
confesión judía a Samuel y le cerraba los ojos como ordenaban las tradiciones
hebreas.
Jesús súbitamente
dejó de llorar, sacó un alicate de su bolsillo y arrancó a Samuel los tres
dientes de oro que tenía, guardándoselos en el bolsillo. El Sefardí español
había sido asesinado…
Pasamos el día en
silencio, sin hablar. Nos habían arrancado a un amigo personal y un amigo comun
a todos los que sobrevivíamos en el barracón. Curiosamente, Jesús había dejado
de vomitar desde aquella noche.
Nuevamente y a
última hora de la noche Friederich Ulm hizo acto de presencia en el barracón y,
sin mediar palabra alguna, se personó ante Jesús.
Parecía como si
Jesús supiera que iba a acudir a buscarle y Friederich Ulm sin mediar palabra
le hizo un gesto con la mano, estirando ésta, aguardando algo.
Jesús agachó la
cabeza y se dirigió hacia donde tenía colgada la bata de trabajo, impregnada
aún de la sangre de Samuel. Introdujo la mano en el bolsillo de la bata y saco
los tres dientes de oro que entregó al Arbeitdiensfuhrer.
Luego, aquel hombre
negro desapareció por la puerta de salida del barracón, con una sonora
carcajada.
Jesús levantó la
cabeza según se marchaba el Arbeitdiensfuhrer, con una sonrisa que le brotaba
del corazón. Parecía que la muerte de Samuel, le había centrado de una vez por
todas hasta el extremo de que Marcelino, Francisco Feijoo y yo sufríamos por su
aparente entereza y seriedad.
Aquella misma noche,
a las cinco de la mañana, Jesús nos despertó a los tres y se empeñó en que
teníamos que hablar. Aun somnolientos, le prestamos toda la atención que nos
fue posible.
- Ha llegado el
momento, amigos. No podemos esperar más. Todo en la vida tiene un límite y
nosotros ya hemos sufrido demasiado. Alguien tiene que marcharse y llevarse la
“dignidad de los sefardíes” a España…
- Pero… ¿A qué te
refieres, Jesús? – le pregunté preocupado.
- Pues a que ya es
hora de que alguno de nosotros se marche de aquí y lleve un paquete a España.
- ¿Te has vuelto
loco? – le insistio Marcelino.
- Estoy más cuerdo
que nunca y nunca lo he tenido mas claro. Lo de Samuel es la gota que colma el
vaso y no me voy a morir sin que alguno de nosotros tenga, al menos, la
oportunidad de salir libre de aquí…
Nos miramos todos
durante unos instantes pensando si Jesús no se habría vuelto loco, pero
nuestras caras de conformismo y extrañeza parecían hacer que su ira se
encendiera. Una ira que hasta entonces no habíamos conocido.
- ¡Lo digo en serio,
Ostias! Tenemos que hacer algo y tiene que ser ya. Yo ya tengo, hace mucho
tiempo, todo pensado…
- ¿Pero, estás
seguro de lo que dices, Jesús? – le preguntó Francisco Feijoo.
- Tan claro como la
luz del día que vemos, de momento, todas las mañanas, pero llevamos sin
disfrutar años. Yo soy partidario de morir por una causa y ya no soporto más
vivir a cara o cruz, como habéis visto ayer, según los deseos de un gran hijo
de puta… y ayer decidió que Samuel había terminado…
Sus palabras
parecían cada vez mas seguras y convencidas de que debíamos hacer algo
definitivamente, así que tras cientos de preguntas, dudas y razonamientos
pusimos toda la atención en sus palabras. Palabras que, vista la situación,
sonaban a esperanza.
- Mi idea es la
siguiente: yo no puedo escaparme de aquí fácilmente, el único momento en que tendría
una oportunidad, es cuando acudiera al horno crematorio. Salir corriendo y que
mis piernas y mi corazón respondan. Marcelino también lo tiene complicado, él
no tiene acceso al exterior, pero resulta vital en la idea que he desarrollado.
Los que debéis intentar escapar por todos los medios sois vosotros dos,
Francisco Feijoo y tu, Serafín.
- Pero yo no os
quiero dejar aquí… abandonados a vuestra suerte. Ha sido demasiado tiempo
juntos - le contesté.
- Efectivamente ha
sido demasiado tiempo juntos y nuestra suerte está echada Serafín. Y ni tú, ni
nadie, impedirá que esta llegue. Vosotros dos al estar trabajando en el
exterior siempre tendréis alguna oportunidad más que nosotros. Debéis salir
corriendo ambos en dirección opuesta uno al otro y siempre que tengáis cerca la
arboleda exterior. Sois rudos y aún os quedan fuerzas para intentarlo. Tú,
Serafín, llevarás un paquete que te voy a entregar y si consigues escapar,
dirígete hacia Dijon donde estuvimos colaborando con nuestros compañeros de la
resistencia. Francisco, tú has de dirigirte hacia allí de igual manera. No
vayáis juntos, llamarías más la atención. Una vez en Dijon, contactad con los
amigos de la resistencia y buscad un mensaje cifrado, que os enviará Marcelino,
diciendo cómo nos han ido las cosas. Sabeís de sobra como transcribir esos
códigos y en ese mensaje estarán las instrucciones claras y concisas de lo que
debeís hacer con el paquete…
- Pero…¿Cuándo
tienes pensado que pongamos en práctica todo esto, Jesús? – preguntamos
Francisco Feijoo y yo, asustados e incrédulos.
- Mañana es un bello
día para empezar a ser libres – nos dijo con rotundidad.
Marcelino era quien
guardaba silencio. Tras un rato de reflexión habló.
- Creo que Jesús
tiene razón. Los que peor lo tenemos para escapar de aquí somos él y yo.
Intentaremos largarnos con la confusión de vuestra huida, si el cabronazo ése
no se da cuenta y nos surge la más mínima oportunidad. Luego lo que dice Jesús,
os enviamos un mensaje codificado mañana mismo, un mensaje diciendo como han
ido las cosas y que debeís hacer con “el paquete” de Jesús que, la verdad, no
tengo ni idea de lo que se trata…
Jesús nos miro a
todos sonrientes. Ninguno era conocedor de qué era el paquete ni lo que
contenía.
- Júrame una cosa,
Serafín. Júrame que no abrirás este paquete hasta que estés seguro de que
estáis ambos a salvo, tú y el paquete. Recuerda que su contenido es la llamada
por mí “dignidad de los sefardíes”. Todo un logro… que luego te hará entender
un montón de cosas. Lo de enviaros el mensaje con posterioridad es para que
nadie pueda sospechar lo que lleváis en el paquete.
- Bien, bien. Pero…
¿y si no lo conseguís? ¿Y si murierais? – pregunté a ambos.
- Habrá merecido la
pena amigo, habrá merecido la pena… Aunque sólo uno de nosotros lo consiga, con
el intento habrá merecido la pena…
- Si alguno de los
dos llega a Dijon, buscaremos el mensaje cifrado con las instrucciones en los
servicios de inteligencia de la Resistencia y os esperaremos en España, donde
por cierto, tampoco se nos quiere mucho a los Republicanos – dijo Francisco
Feijoo.
- Tú Francisco
Feijoo o tú Serafín, cualquiera de los dos si llegáis a Dijon, esperáis unos
días la llegada del otro. Si veis que pasados unos días no tenéis noticias uno
del otro, es que alguno habrá fracasado o muerto. Si no encontráis ninguno de
los dos el código cifrado que os vamos a enviar, es que los muertos seremos
entonces nosotros, así que tú Serafín, ya sabes, a guardar el paquete y tú
Francisco, a Lisboa, a cantar Fados en nuestro honor…
Nos abrazamos todos
conocedores de que nos íbamos a jugar la vida a cara o cruz y teniendo muchas
posibilidades de que saliera cruz para los cuatro. Pero que demonios… ¡debíamos
intentarlo!
Jesús desapareció
durante un largo rato de nuestra vera y apareció con el dichoso paquete entre
las manos.
- Llévalo como si de
tu vida misma se tratara, Serafín. Y recuerda, no mires lo que hay dentro hasta
no estar seguro de que nadie te sigue y que tú te encuentras a salvo…
- Yo os esperaré en
España, dejaré pistas para que me encontréis, porque vosotros sabéis donde
encontrarme…- les dije.
Nos fundimos
nuevamente todos en un abrazo de despedida. No había sido necesario divagar
mucho sobre lo que íbamos a hacer. La muerte de Samuel nos había aclarado
bastante las ideas y no podíamos pasar ni un día más siendo los perros de
Friederich Ulm.
Aquella noche no
pudimos conciliar más el sueño, temerosos de lo que íbamos a hacer. Habíamos
estado tanto tiempo sometidos que no recordábamos la libertad y la posibilidad
de ésta nos acogotaba.
Cuando el sol salió,
el Campo de Concentración comenzó a ponerse en funcionamiento y cada uno de
nosotros acudió a sus quehaceres diarios como cualquier otra jornada.
Marcelino me abrazó
antes de partir y con lágrimas en los ojos me comentó:
- Suerte a todos.
Tengo que esconder unas fichas y anotar en la parte trasera unos últimos datos…
Nos veremos pronto. No se dónde, pero nos veremos…
Me quedé un poco
desconcertado ante sus palabras, pero el abrazo con Jesús me devolvió a la
realidad.
- Cuida el paquete.
Nos veremos pronto… - me dijo a modo de despedida.
Escondí con
paciencia bajo mis ropas, el paquete que Jesús me había dado, pero su peso
hacía que me costara moverme con ligereza. Era un paquete pequeño de tamaño,
pero pesado.
Junto a Francisco
Feijoo, salí al exterior a continuar con las labores de desbroce y limpieza.
Los nervios nos comían a ambos, pues dudábamos, nos mirábamos buscando la
oportunidad ideal, todo era un puro nervio.
En una de los ratos
vimos pasar al bueno de Jesús hacia el horno crematorio y, mientras empujaba el
carro con los fallecidos, nos miraba a Francisco y a mí con cara de decir que a
qué estábamos esperando para intentarlo.
En una de las breves
paradas que tuvimos en la faena, le dije a Francisco Feijoo que iba a pedir
permiso para ir a hacer mis necesidades, alejado unos metros del grupo de
trabajo.
- Inténtalo en ese
momento Serafín, sal corriendo en la dirección que tengas mas próxima al bosque
y yo, con la confusión del momento, intentaré la huida en dirección contraria a
la tuya y que Dios reparta suerte, hermano…
Estrechamos con
fuerza nuestras manos y le dije que estaba de acuerdo, que aquél era el
instante adecuado. Le di dos cachetes en la cara en señal de despedida. Una
sonrisa recorrió plácidamente la cara de ambos. Era claramente el momento,
entonces o nunca.
Me levanté y me
dirigí hacia uno de los dos soldados que nos custodiaban y que nos conocían a
todos sobradamente del tiempo que llevábamos en el pelotón. Le solicité permiso
para separarme unos metros del grupo para hacer mis necesidades. No me puso
ningún reparo, como siempre solían hacer.
Comencé a andar
entonces en dirección hacia el bosque, intentando ganar todos los metros que me
fueran posibles. Cuando llevaba una veintena de metros andados, escuché el
grito del soldado a mis espaldas:
- Ruhe, ruhe…
Quieto, quieto, me
decía con voz confiada y refiriéndose a que no me distanciara más de ellos. Me
agaché entonces en la zona de hierba alta, simulando hacer mis necesidades y
aguardé unos instantes. Pude escuchar el latido de mi corazón, a doscientas
pulsaciones por minuto, durante unos breves instantes. Luego sentí toda la
adrenalina subir hasta mi cabeza, me puse en pie y comencé a correr como un
poseso, intentando alcanzar los árboles.
Breves instantes
después, los gritos de los soldados alemanes al verme intentar huir, comenzaron
a retumbar a mi alrededor.
- ¡Anhalten!
¡Anhalten! – me gritaban, para que me detuviera.
Escuché entonces el
sonido metálico del cierre de los fusiles, cargándose y preparandose para disparar
contra mí. Giré la cabeza sin dejar de correr y pude ver a mi amigo Francisco
Feijoo abalanzándose al cuello de uno de los soldados que iba a dispararme.
Me detuve unos
instantes viendo su suerte, mientras Francisco Feijoo no paraba de gritarme que
corriera, mientras forcejeaba con el soldado en el suelo.
Otros compañeros del
pelotón se lanzaban a la huida desesperada, en cualquier dirección aprovechando
la confusión del momento.
-¡Corre Serafín,
corre! - me gritaba Francisco Feijoo, luchando a brazo partido con aquel
soldado nazi.
Volví a emprender la
desenfrenada carrera pensando por qué el maldito Francisco Feijoo, de manera
estúpida, había hecho aquella locura.
Luego escuché a mis
espaldas muchísimos gritos lejanos y muchos disparos sordos en todas direcciones.
Los gritos de Francisco Feijoo cesaron.
Una lágrima corrió
por mi mejilla mientras mis piernas me llevaban a la ansiada y deseada
libertad. Aquella era una lágrima por Francisco Feijoo, el amigo que jamas
podria regresar a su natal Lisboa para cantar fados…
Durante todo el día
no cesé de correr en busca de la libertad. Monte a través evitando los núcleos
y las poblaciones que podían resultarme peligrosos.
Tenía la extraña
sensación de sentir el aliento del Arbeitdiensfuhrer en mi cogote y aquello me espoleaba
a seguir corriendo y corriendo.
Cuando la noche
llegó, no sabía a qué distancia estaba de Natzweiler- Struthof, pero sentí por
primera vez que empezaba a ser persona. Algo que habia olvidado mucho tiempo
atrás.
Tuve suerte de
encontrar en medio de la nada un caserío, del cual no obtuve más que unos
pantalones roídos que estaban colgados junto al granero y una camisa limpia e
impoluta que estaba tendida.
Me quité las ropas
que había llevado durante tanto tiempo y las enterré en lo más profundo del
bosque.
Prefería andar
desnudo a tener que volver a ponerme aquella maldita ropa que me acompañó en el
sufrimiento durante tanto tiempo.
Cuando desabroché la
chaqueta, cayó al suelo el paquete que me había entregado Jesús y pensé en mis
amigos. Francisco Feijoo se había sacrificado por mí sin pedir nada a cambio,
demostrando la amistad que nos había unido, pero quedaban en
Natzweiler-Struthof, solos, Jesús y Marcelino . ¿Podrían escapar? ¿Qué habría
sido de ellos?
Me puse ambas
prendas y continué camino a Dijon, orientándome por las estrellas.
La camisa olía a
limpia y hacía tanto tiempo que no había tenido esa sensación sobre mi piel que
me trajo recuerdos de cuando yo era persona, en España.
Después de
muchísimas horas ininterrumpidas de correr y caminar, mi cuerpo no soportó más
el cansancio y me tumbé sobre una mullida y fresca cama de hierba y hojas que
preparé en medio del bosque.
Las estrellas, la
soledad y la esperanza de que mis amigos sobrevivieran al horror serian mis
únicas compañeras desde ese momento.
Y si los malditos
nazis seguían mis pasos, no me importaba que acabaran conmigo en aquel lugar
que, al menos, resultaba digno para morir. Cualquier sitio era mejor para morir
que Natzweiler-Struthof…
la dignidad de los sefardies - capitulo 7
la dignidad de los sefardies
Capítulo
7
Cuando Gerard regresó de la oficina
principal se aproximó hasta donde me encontraba, con la fotocopia de la ficha
en una mano y el original en la otra.
- Perdón Ramón, por mis emociones hace
un rato. Colocaremos aparte la ficha y así cuando recojamos mas información la
uniremos para ver si las piezas encajan ¿te parece bien hacerlo así, verdad? –
me comentó Gerard.
- Así es. Iremos recopilando toda la
información que nos sea posible de esas fichas y luego poco a poco iremos
eliminando objetivos. – le contesté.
A lo largo de la jornada seguimos
rebuscando una por una, emtre las montoneras de fichas que existían,
consiguiendo tener muchas dudas sobre posibles prisioneros españoles o con
apellido español, pero finalmente, ninguna de ellas terminaba de encajar con lo
que buscábamos.
El trabajo era lento y complicado
pero, poco a poco, y con la inestimable ayuda de Gerard, iba viendo la luz al
final del túnel en mi búsqueda.
A última hora de la tarde, antes de
retirarnos, fue cuando de repente tuve una ficha en mis manos que me llamó la
atención. No era la ficha de un soldado español. Era la ficha de un prisionero
portugués.
Llamé a Gerard que corrió raudo a mi
vera para analizar conmigo el documento. La vieja ficha contenía los siguientes
datos, que leí en alto a Gerard:
“Francisco Feijoo Da Pinto – nacido el
29 de julio de 1.913 en Lisboa (Portugal) – profesión: Marino Mercante –
destino: unidad servicios de mantenimiento Natzweiler-Struthof - Prisionero
tatuado nº 88/759392 – Republicano Portugués.”
Una amplia sonrisa nos cubrió el
rostro a ambos, pues sin duda alguna había una conexión entre las fichas que
habíamos encontrado. Poco a poco estábamos consiguiendo descifrar o complicar
aun más toda la busqueda.
- Ves Gerard, entre estos dos hombres
debió de existir alguna conexión. Tienen números de prisioneros
identificativos, prácticamente contiguos. Nos falta una pieza del puzzle que
debería encajar entre ambos…
- Sin duda estamos en el buen camino.
Pero te pediré un favor personal. Yo llevo muchos años sosteniendo estas fichas
entre mis manos. Prácticamente las conozco de memoria. Hasta ahora, cuando has
encontrado una ficha sólo has observado la parte de adelante que es donde
figuran los datos personales del prisionero. Te ruego que continuemos en esa
línea de investigación. La parte trasera de la ficha, a la que no has prestado
atención alguna hasta ahora, indica cuál ha sido la fecha de ingreso en el
Campo y el destino final del prisionero… continúa sin leerlo por favor. Primero
llenemos el baúl de la esperanza de alegría y optimismo y, finalmente, cuando
tengamos todo ubicado, veremos si el esfuerzo que hemos realizado merece la
pena ¿Te parece bien, Ramón?
- Por supuesto. Prometo no mirar en
ningún momento la parte trasera de la ficha, hasta que tengamos situados a los
que buscamos. Luego tú y yo comprobaremos si el destino ha sido generoso…
Su cara no me transmitió mucho
optimismo, pero no podía negarme bajo ningún pretexto a lo que me pedía con el
alma en vilo. Supuse que con el comentario efectuado por Gerard alguna de las
noticias no serian muy esperanzadoras, pero sin su colaboración la realización
me hubiera sido imposible o mucho más lenta y dura.
Tomó la ficha entre sus manos, la
observó unos instantes y me preguntó:
- ¿Fotocopia Ramón?
-
Fotocopia Gerard.
Partió del barracón y se encaminó a
realizar la fotocopia que utilizaríamos desde aquel momento para intentar no
dañar el archivo original de fichas.
Tomé nuevamente entre mis manos la
ficha de aquel hombre llamado Jesús, que habíamos encontrado con anterioridad.
La observé en silencio unos instantes.
“Jesús Rebollo Merodio – nacido el 3
de Mayo de 1.910 en Belmonte de San José (Teruel) España – profesión:
Médico-Dentista – destino: Servicio Médico Natzweiler-Struthof. Prisionero
tatuado nº 88/759394 – Republicano Español”.
Durante unos breves instantes tuve la
tentación de dar la vuelta a la fotocopia y ver el destino final de aquel
hombre, pero recordé que había prometido a Gerard esperar hasta el final de
nuestra búsqueda y no podía decepcionar a alguien como él. Pura voluntad.
Gerard regresó con la fotocopia ya
realizada, nos sentamos ambos juntos en la misma mesa y colocando ambas fichas
sobre la mesa, intentamos cavilar.
- Debían conocerse Gerard. La lógica
dice que si ambos están tatuados con un número de prisionero y encima tan
cercano, ambos debían conocerse.
- Eso creo yo también, pero… ¿Quién
puede ser el que falta entre los números de ambos prisioneros?
- Todo apunta que debe de ser otro de
los hombres que buscamos Gerard. Recuerde usted el mensaje que me ha traído
hasta aquí, para encontrarme ahora con usted mirando estos datos: "Serafín
huye. Arbeitsdiensfuhrer nos ha descubierto y va en tu búsqueda. Esconde la
dignidad de los sefardíes en mi pueblo. Un abrazo de Jesús y mío". 12 de junio de 1943. Tenemos una ficha con el nombre de
Jesús y otra con el nombre de Francisco Feijoo… quizá fuera este último quien
escribiera este mensaje que le enseño…
- Me extraña. Si te vuelves a fijar en
los datos de la parte frontal de la ficha de Francisco Feijoo, él está
destinado a la Unidad de Servicios de Mantenimiento del Campo, con lo que el
acceso a los servicios de comunicación para enviar un mensaje le eran
imposibles… tenemos que seguir buscando. El hombre que falta en medio de la
numeración de ambos es la clave de todo esto…
- Probablemente tengas razón Gerard.
Pero ya es tarde por hoy. Vayámonos a descansar y mañana volvemos a la pelea.
Termino de introducir los datos de este portugués en mi ordenador y nos vamos.
¿Te parece bien?
- Perfecto.
Dejamos todo colocado y preparado para
continuar al día siguiente y, una vez tuve
guardados todos los datos, cogimos el coche y nos fuimos al domicilio de
Gerard.
Dada la hora que era Marianne ya nos
aguardaba, plena de alegría y ánimos.Como siempre, nos preguntó como nos había
ido a lo largo del día.
- No ha estado mal cariño – le
contestó Gerard – hasta el punto de no haberte echado en falta…
Marianne le golpeó en la espalda con
gesto risueño, conocedora del carácter de Gerard.
- Muy bien Marianne. Vamos despacito
pero con muy buena letra. Desde luego lo que está claro es que la labor no es
tan sencilla como yo la pintaba o creía…
- Paciencia Ramón, paciencia. ¿Acaso
piensas que eres tú el primero que ha venido
hasta aquí haciendo cientos de preguntas? – contestó Gerard.
- No creo.
- Pues yo si he visto cientos de
personas, con cientos de preguntas sin respuestas, por desgracia. Así que
nosotros de momento vamos de maravilla.
- Mirándolo bien llevamos dos días
completos mirando fichas y recabando datos. Hemos conseguido hasta ahora dos
posibles hombres y según mis conclusiones, me falta uno más… por lo menos.
- Así me gusta, que ambos seáis chicos
optimistas – dijo Marianne – Ahora al salón que he preparado ya la
merienda-cena, que sé que los españoles sois de los que cenáis tarde y no
quiero obligarte...
- Tal y como cocinas Marianne, yo como
a cualquier hora. – la contesté poniendo cara de chico bueno ante la mirada de
Gerard que nuevamente me reprobaba diciéndome.
- ¡Pelota!
Encogí los hombros y me tiré como los
tigres a la mesa.
Las horas que pasaba en la oficina
buscando y buscando me abrían el apetito.
Aquella noche departimos sobre España,
mis amigos, mi trabajo y la obsesión que me había traído hasta aquel remoto y
olvidado lugar de Rothau. Por supuesto, invité a Marianne y Gerard a pasar por
Madrid, donde yo seria su anfitrión. Prometieron que a la primera oportunidad
que tuvieran lo harían encantados.
Aquella era una pareja curiosa. Gente
rodada pero llena de vitalidad y con el corazón lleno de sentimientos nobles y
puros.
Al igual que la noche anterior me
retiré a dormir pronto, no sin antes quedar nuevamente con Gerard a primera
hora para continuar la labor. Ya incluso sabia que no hacia falta decir nada.
Gerard y Marianne cuando yo me levantara, estarían ambos dispuestos. Marianne a
sus faenas habituales, la buena mujer. Gerard aguardando impaciente que
comenzáramos otra jornada.
Nuevamente el
apetecible desayuno que habia preparado Marianne me llenó el hueco del estómago
que no paraba de rugir a primera hora de la mañana. Bollería y café satisfacían
por demás las exigencias de cualquiera.
Cogimos el coche y
nos pusimos camino hacia el Campo de Concentración. Cuando llegamos a las
puertas pudimos ver que Alain Duple ya había llegado a las instalaciones y
estaba abriendo la puerta de entrada.
- Buenos días
Señores. ¿Cómo marchan las cosas? ¿Puedo ayudarles?
- Buenos días Alain
– contestamos casi al unísono ambos.
- Si quieres y estás
dispuesto a revisar ficha a ficha con nosotros, ya sabes, tenemos sitio donde
colocarte – le dijo Gerard.
- Claro, claro y
mientras tanto... ¿del Museo quién se ocupa, amigo mío?
- ¡Ah! No haberte
ofrecido tan de buen gusto… así, a primera hora de la mañana.
- Te lo tomas todo
al pie de la letra. Menos mal que te conozco… ¿Pero que va a pensar de mí
Ramón? – comentó Alain mirándome.
- Pues que te
apetece muy poco ponerte a revisar unas 22.000 fichas a mano, una por una, y
menos a estas horas de la mañana. – le dije.
- Parece que me
conoces bien en los pocos días que llevas entre nosotros, Ramón – me contestó
Alain con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
- Hala pues, cada
mochuelo a su olivo – comentó entonces Gerard, sin saber cómo tomarnos el
comentario ni Alain ni yo, cruzándonos una mirada entre ambos y una sonrisa
como resumen del comentario.
Nos dispusimos a
lanzarnos nuevamente en busca de la ficha perdida y localizar a los prisioneros
que buscábamos lo antes que nos fuera posible. Si es que estaban sus datos
entre aquel montón de fichas…
Casi había pasado
toda la mañana cuando Gerard esbozó una sonrisa que le llegaba de oreja a
oreja. Yo levanté en aquel momento la mirada del montón de fichas en el que
andaba buscando y pude ver su cara de alegría de medio lado.
- Lo tengo… ven aquí
– fueron sus palabras.
- ¿Que tienes el
qué, Gerard?
- Creo que es el
eslabón perdido del que hablábamos ayer, mira.
Puso sobre su mesa
la ficha y ambos comenzamos a leer los datos que figuraban en ella:
“Marcelino Esteve
Ruiz – nacido el 17 de
noviembre de 1.906 en Calahorra (La
Rioja ) España – profesión: Ingeniero de Comunicaciones –
destino: Unidad de Comunicaciones Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº
88/759393 – Republicano Español.”
Nos miramos durante un instante en silencio
y nos fundimos en un abrazo de alegría, conscientes de que aquel hombre era
realmente uno de los que me había llevado hasta allí, e incluso la persona que
tuvo posibilidades reales de enviar aquel extraño y misterioso mensaje.
- Es la persona que encaja en este
rompecabezas. El es el hombre que estábamos buscando como locos, Gerard.
- Eso creo Ramón. Este hombre, según
indica su ficha, sí tenía posibilidades de acceder a los sistemas de
comunicación de este Campo de Concentración. Y si no te has dado cuenta, su
número de prisionero tatuado es justo el que se sitúa entre el primero que
encontramos, Jesús, y el portugués de la segunda ficha que encontramos más
tarde, Francisco Feijoo.
- Y además hemos conseguido aclarar
dos cosas más. La primera es que sólo nos queda por localizar al último hombre
que figura en el mensaje, ese tal Serafín o, al menos, eso creo, porque con la
sorpresa del portugués no contábamos. Además, para alegría mía, ya conozco
hasta el lugar hacia el que se encaminó ese tal Serafín cuando recibió el
mensaje, si es que lo recibió: Calahorra.
- Eso lo sabremos a ciencia cierta,
cuando demos la vuelta a esa ficha que tienes en la mano. – me comento Gerard.
- No. Ya sabes lo que te prometí…
hasta que no aparezcan todos los hombres que buscamos, no daremos la vuelta a
sus fichas para saber qué ha sido de ellos y para saber, realmente, si toda esta aventura no empieza y
termina aquí. Dios quiera que no terminara antes de empezar. Ahora vamos a
seguir el procedimiento habitual, fotocopia de la ficha, meto los datos al
ordenador y nos ponemos nuevamente a la faena, que aun nos queda por localizar
al tal Serafín y con ello terminamos…
- Voy raudo a hacer la fotocopia y
regreso para continuar.
- Gracias, Gerard.
- Gracias a ti por abrir las puertas y
haber desempolvado el viejo armario de mi alma… - contestó saliendo por la
puerta.
Me quede tirado
pensando el trabajo que me estaban dando aquellos españoles desconocidos, que
por una cuestión del destino habían entrado en mi vida. Coloqué las tres fichas
sobre la mesa junto a la copia del mensaje cifrado que encontré en Paris e
intenté hacer el resumen de ideas, intentando aclarar qué había conseguido
hasta el momento. Otra conclusión era que no sabía lo que se habían traído
entre manos aquellos españoles y un portugués, pero que se suponía que el tal
Serafín había conseguido escapar de aquel Campo de Concentración y por ello le
enviaban un mensaje diciéndole que un tal Friederich Ulm había salido en su
busca y captura. Pero, ¿consiguió librarse? ¿Hasta dónde llegó?... demasiadas
preguntas que debían empezar a tener una respuesta. Todo esto si aparecía la
ficha del tal Serafín…
El sonido de la
puerta fue el que me aclaró las ideas y me devolvió a la realidad. Era Gerard
que regresaba con la fotocopia. Se dio cuenta que andaba metido en mil ideas
que revoloteaban a mi alrededor.
- ¿Qué andas
pensando? – me preguntó.
- Lo cerca que
andamos. Tanto viaje y tanto trabajo para vete a saber qué consecuencias. Me da
algo de miedo conocer la verdad…
- Bueno, sea lo que
sea, si esta aventura sale mas allá de las puertas de Natzweiler-Struthof… me
mantendrás informado ¿verdad? – preguntó.
Sonreí mirándole a
la cara de buena persona que tenía, marcada por la vida y el odio, pero con el
rostro sin rencor.
- Tú y Marianne
seréis los primeros en saber la verdad, o el desenlace, si esto llega a algo…
Le pasé la mano por
encima del hombro y al ver mi gesto, me dijo:
- Venga déjate de
mimos y vamos a buscar a Serafín.
Dicho y hecho, nos
lanzamos como posesos a terminar la faena, buscando los datos del hombre que
cerraba aquella historia.
Perdimos el día
entero y no conseguimos ningún dato más sobre algún otro español y tampoco
sobre Serafín.
Nos retiramos
aquella tarde con la extraña sensación de habernos aproximado un poco más al objetivo, pero sin llegar a
conseguirlo del todo.
También nos
preocupaba la cantidad de fichas que nos quedaban por repasar. Aquella cantidad
nos suponía, como mucho, media jornada mas de trabajo y si Serafín u otro
español no aparecían en aquella montonera de fichas, era o porque no existían
datos sobre ellos, con lo que se me complicaba la posible investigación, o
habíamos pasado de largo la ficha, con lo que nos tocaría volver a revisar la
montaña de datos, nuevamente de principio a fin, complicándose todo.
Marianne, cuando
llegamos a casa, debió de notarnos las dudas en la cara y preguntó
incesantemente a ambos como nos marchaban las cosas. Las dudas que se generaban
ante la situación que vivíamos tras tanto trabajo, no nos hacían ser resolutivos
a la hora de darle una respuesta a Marianne.
- Vamos a ver
muchachos, cónclave… - nos llamó al orden a ambos.
- ¿Qué ocurre? –
volvió a preguntarnos nuevamente en busca de la respuesta que no llegó en la
primera ocasión.
- Andamos cerca,
Marianne y eso nos genera a ambos dudas y preocupación sobre cómo va a terminar
todo esto… - le dije.
- Pues ¡cómo queréis
que termine!. De maravilla. La historia de miles de personas que nadie ha
recordado durante años, han pasado por vuestras manos. Cada una de esas fichas
es la vida de un ser humano que quizá cayó en el olvido para siempre, sin que
sus familias tengan conocimiento de lo que fue de él. Vosotros dos, cabezones,
habéis destapado ese tarro, dejando que entre aire fresco y de esa manera nadie
olvide lo que pasó en el Campo de Concentración. Que consigáis encontrar a
todos los que buscáis, no es más que un objetivo. Vosotros ya sabéis que hubo
unos españoles que sufrieron, vivieron o murieron en este lugar y con esa
información yo ya me daría por contento. Regresaría a mi casa, si no consigo
nada más, hablaría con orgullo de unos hombres que dieron, con valentía, su
vida por unos principios.
Nos miramos Gerard y
yo con cara incrédula. Marianne tenía el don de la palabra oportuna,
consiguiendo que todo se transformara a su alrededor en optimismo e ilusión.
- Entiendes ahora
por que me quedé aquí, amigo Ramón. Por ella.
- Mereció la pena,
Gerard. Mereció la pena.
Aquellas palabras
nos infundieron la calma necesaria para que pudiéramos afrontar el día siguiente
plenos de optimismo e ilusión.
Así lo hicimos,
madrugamos como siempre, desayunamos ambos junto a Marianne y cuando salimos
camino del Campo de Concentración, Marianne nos plantó dos besos en la mejilla
a cada uno y partimos con la sensación de un final cercano.
Nos pusimos pronto a
la búsqueda de la ficha de Serafín, intentando cerrar el círculo lo antes que
nos fuera posible, pero la cosa se fue complicando poco a poco. A medida que
veíamos bajar la cantidad de fichas que nos quedaban por revisar, nuestra
desesperación crecía, olvidando las palabras que Marianne nos había dicho.
Tras cuatro horas de
búsqueda y cuando nos quedaban por revisar unas cien fichas solamente, Gerard
fue quien se topó con la ficha del hombre que nos había llevado hasta allí.
- Ramón, ¡aquí está!
– gritó, levantándose del asiento y saltando de alegría. – pero… ¡aquí hay otra
ficha, pegada a ésta!
Acudí como el rayo
junto a su vera y entre los nervios, los abrazos y los saltos no éramos capaces
de atisbar los datos de las fichas. Le temblaba tanto el pulso que tuve que
decirle que dejara las fichas sobre la mesa.
Hice entonces un
primer intento de separar ambas fichas y leer los datos, pero me di cuenta que
ese honor debía cedérselo al hombre que había colaborado desinteresadamente
conmigo, día a día, para encontrar lo que venia buscando.
- Todo tuyo, Gerard.
El honor te toca a tí y Dios quiera que sean el o los hombres que buscamos.
Se secó la comisura
de los labios, presa de los nervios, y separó ambas fichas tirando con suavidad para evitar que se rompiese ninguna de las
dos. Una vez libres una de la otra, comenzó a leer la primera ficha.
- “Serafín Cifuentes
Pigazos - Nacido el 1 de
febrero de 1.912 en Caravaca de la
Cruz (Murcia) España – Profesión: Abogado – Destino: Unidad Servicios
de Mantenimiento Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº 3813/157 –
Republicano Español.”
Ambos nos miramos atónitos,
sorprendidos, pues había cosas que indicaban claramente que debía ser el hombre
que buscábamos, pero su número de prisionero nos descabalaba las ideas
preconcebidas.
- Tiene que ser él… ¿No te parece,
Gerard?
- Creo que sí pero, ya sabes, ahora
son todo dudas. ¿Y ese número de prisionero que te parece a ti? ¿No coincide
con los otros, verdad? – me preguntaba mirándome.
- No lo sé. Me estoy liando con tanto
jaleo.
- Vale. Qué hago ahora… ¿Leo la
segunda ficha, la que estaba pegada?
- Sí, sí. Mira a ver quién es… - le
contesté.
- “Samuel Llevia – Nacido el 18 de
Abril de 1897 en Mechelen (Bélgica) – Profesión: Rabino-Médico – Destino:
Servicio Médico Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº 88/759395 – Sefardí
Español”.
Aquello nos volvío un poco más locos e
incrédulos de lo que ya estábamos. Otro nombre que unir al grupo y encima un
Sefardí. ¿Qué pintaba aquel hombre en toda esta historia?
- ¿Te has dado cuenta Ramón que su
número es correlativo?
Con un gesto de la cabeza le dije que
sí, luego me eché las manos a la cabeza para sujetar tanta información
contenida en tan poco tiempo.
- Bien, tranquilicémonos, como dice
Marianne. Vamos a dejar estas dos fichas aquí apartadas del resto y terminamos
de buscar entre las pocas fichas que quedan ya. Para asegurarnos que no queda
otro Serafín. ¿Te parece?.
Nuevamente asentí con la cabeza y nos
pusimos en la faena de terminar de ver las pocas fichas que nos quedaban.
Tardamos unos diez minutos más en terminar de revisar la totalidad.
Cuando terminamos, Gerard incrédulo y
nervioso, se marchó a hacer la correspondiente fotocopia de la fichas. Yo me
quedé, mientras tanto, colocando sobre la mesa, todas las fotocopias que ya
teniamos de las fichas que habíamos encontrado y observando los datos de la
parte frontal de la ficha. En pocos minutos daríamos la vuelta a aquellas
fichas y sabríamos con certeza qué había sido de aquellos hombres…
Cuando regresó con las fotocopias y las
fichas, le acompañaba Alain Duple. Este entró junto a Gerard y me preguntó:
- Me ha dicho Gerard que ya habéis
terminado de revisar las fichas y vais a ver que ha sido de ellos… ¿os importa
que esté con vosotros?
- Por supuesto, Alain. Encantados.
Siéntate – le contesté.
Gerard me paso las
dos fotocopias y las coloqué, junto con el resto, con cuidado sobre la mesa.
Cinco nombres, cinco prisioneros, una sola historia…
Revisamos con
cuidado todos los datos de la parte frontal buscando la lógica. No fue difícil
de encontrar el nexo común entre aquellos hombres: sus números de prisioneros.
Optamos por
colocarlos en orden y dejamos al único que no tenía número correlativo con el
resto como el ultimo en colocar.
El resumen era el siguiente:
1º - “Francisco Feijoo Da Pinto –
nacido el 29 de julio de 1.913 en Lisboa (Portugal) – profesión: Marino Mercante –
destino: Unidad Servicios de Mantenimiento Natzweiler-Struthof - Prisionero
tatuado nº 88/759392 – Republicano Portugués.”
2º - “Marcelino
Esteve Ruiz – nacido el
17 de noviembre de 1.906 en Calahorra (La Rioja ) España – profesión: Ingeniero de
Comunicaciones – destino: Unidad de Comunicaciones Natzweiler-Struthof -
Prisionero tatuado nº 88/759393 – Republicano Español.”
3º - “Jesús Rebollo Merodio – nacido
el 3 de Mayo de 1.910 en Belmonte de San José (Teruel) España – profesión:
Médico-Dentista – destino: Servicio Médico Natzweiler-Struthof. - Prisionero
tatuado nº 88/759394 – Republicano Español”.
4º - “Samuel Llevia – Nacido el 18 de
Abril de 1897 en Mechelen (Bélgica) – Profesión: Rabino/Sanitario – destino:
Servicio Médico Natzweiler-Struthof - Prisionero tatuado nº 88/759395 – Sefardí
Español”.
5º - “Serafín
Cifuentes Pigazos - nacido
el 1 de febrero de 1.912 en Caravaca de la Cruz (Murcia) España – profesión: Abogado –
destino: Unidad Servicios de Mantenimiento Natzweiler-Struthof - Prisionero
tatuado nº 3813/157 – Republicano Español.”
Permanecimos los
tres un momento observando las fichas. Miré el rostro de Gerard y éste me hizo
un gesto afirmativo con la cabeza, diciéndome: “adelante”.
Hice girar las 5
fotocopias de las fichas a la vez, hasta dejar su parte trasera boca arriba.
Se hizo un silencio
que nos envolvió a los tres… como si la sala súbitamente se hubiera quedado vacía
de ideas e ilusiones.
Alain Duple fue
quien rompió el gélido silencio, diciendo:
- ¡Dios mío!
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